A CASTILLA
A Eugenio Montes
Yo que te vi, Castilla, desolada
bajo el ala del pájaro perdido
y el trigo sin sabores, el gemido
vencida de tu paz desarbolada.
Hoy contemplo la tierna madrugada
que alza tu tierra al aire prometido
y rasga tu horizonte sometido
al fuerte privilegio de la espada.
Un mar de sangre te dilata y crece
y en tus cauces y chopos vigilado
estrecha albas de flor y las merece.
Y sé en mis venas ya que, libertado,
dará un orbe a tu espiga que se ofrece
con saetas al yugo enamorado.
Agosto, 1936.
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AL RIO DUERO DURANTE LA GUERRA ESPAÑOLA
A José Mª Alfaro
Oh, Duero de mi nombre, larga vía
nacida en rocas de la estirpe amada
y en corriente de fuerza adelantada
hacia la mar donde concluye el día.
Te conoció la sangre y desafía
la Historia en ti su desazón colmada,
mientras en paz el filo de tu espada
por molinos y huertos se confía.
¿No llega a ti el estruendo, no remueve
tus aguas con mensajes de bravura
el combate que tanto honor te debe?
No amo para verdores tu andadura;
quiero de ti la senda que nos lleve,
anticipando el ansia, a la aventura.
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EN LA MUERTE DE ANTONIO MACHADO
«una de las dos Españas
ha de helarte el corazón»
A. Machado
Subió tu voz, con gravedad hermosa,
desde el dorado fruto de Sevilla
al yermo planetario de Castilla,
donde la tierra de tu amor reposa.
A tu paso, la España dolorosa
era, en campo lunar, tierna semilla,
pero al granar su fresca maravilla
tu verso ausente le negó su rosa.
Hoy, cerrado el rencor en la alegría,
al cumplir el volumen de su gloria,
con un ala de fiel melancolía,
trae España tu muerte hacia su Historia
y hace hierro de amor tu poesía,
vengando de ti mismo tu memoria.
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A JOSÉ ANTONIO. SONETO I
El rastro de la patria, fugitivo
en el aire sin sales ni aventura,
fué arrebatado en fuego por la altura
de su ágil corazón libre y cautivo.
De la costra del polvo primitivo
alzó la vena de la sangre pura,
trenzando con el verbo su atadura
de historia y de esperanza en pulso vivo.
Enamoró la luz de las espadas,
armó las almas sin albergue frías,
volvió sed a las aguas olvidadas.
Dió raíz a la espiga y a la estrella
y, por salvar la tierra con sus días,
murió rindiendo su hermosura en ella.
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A JOSÉ ANTONIO. SONETO VI
El corazón te busca en su alabanza
hecha de soledad y desconsuelo,
y halla tu gloria en el amado suelo
que rige con laureles tu esperanza.
Te reclama el amor y ya te alcanza
con fe nacida de tu voz y duelo,
y mientras dura irreparable el hielo
con más ardor te crea y afianza.
En torno de la muerte, quién dijera
cuánto tiene la voz de tu elegía
de gozo por la vida verdadera.
Pues con el alma y sangre en agonía
aún los habita en ti la primavera
al alumbrarte cada nuevo día.
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[1]
De
Poesía en armas,
Madrid, Jerarquía, 1940.

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