IUS SANGUINIS
Emigran del pasado los abuelos.
Me sueñan en transpirados camarotes,
viajan con dos piedras apagadas,
son dos lágrimas calizas de montaña.
En una empuñan la tierra prometida,
en otra la promesa de una nueva casa.
A través de mi sangre
sucede un celuloide en la retina.
Platillos de balanzas invisibles
tasan exilios en mi ADN.
Aquel verbo que fecundó el carbono
es lo poco de astro que me queda;
malgasté la esperanza que confiaron
a la pálida cordillera, a mi tísico hueso.
¿Qué parte brindaré a mis ancestros?
Confundí el amor con el barro de mis muros,
no debí quemar las naves.
Soy tampoco de aquel destino,
me parezco a los íngrimos desiertos.
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HOMERO DESPUÉS DE WHITMAN
Había presenciado la súplica de Héctor:
Otorgad clementes
que el hijo mío sea como su padre ha sido,
campeón escogido y orgullo de su gente;
que poderoso reine sobre la vasta Ilión;
que cuando vencedor vuelva de la pelea,
digan todos al verlo: «vale más que el varón
a quien debe la vida».
Vi el reflejo que deja el infinito
en la mirada de los hombres justos.
Eran tiempos anteriores a Whitman
y solo podía reinar el victorioso.
La poesía señaló en el bosque
otras maneras de la dignidad,
las palabras que la madera calla.
Hago patria con todos los vencidos,
porque el que pide volverse victorioso
suplica por la derrota del otro.
Whitman consuela ese desequilibrio:
Por qué voy a empeñarme en que Dios
sea otra cosa mejor que este día.
Hay una belleza oculta que mis hijos
deben reconocer en sus heridas:
No solo el perdón cose y cicatriza:
Hay que hacer casa con árboles caídos.
Qué importa si regresan humillados
por un amor, por una consonante.
La derrota es un reino de redimido.
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CARMEN
Me persigue un dolor exacto,
una tribu de definiciones.
Cada letra en el espinazo,
sangre que rescribe sus heridas.
Una canción huérfana de viento.
Una cicatriz que se concibe como flauta.
Escribí escondido entre las fieras,
escarbando vértebras
como una sombra oscura
en una pintura negra.
Publiqué como quien desliza un papel
por la ranura de una puerta.
Estas palabras que tus ojos leen
no son inmortales como las de Petrarca,
ni fueron dictadas por el ángel.
Tu lectura las vuelve sagradas.
Todo el que lee un poema
es cómplice de un milagro.
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EN FUGA IRREVOCABLE
Mientras otros edifican un muro,
busco mi casa entre las constelaciones.
Otros quieren preservar una ley;
yo, un camino que anduve enamorado.
Mientras otros editan las historias,
yo salvo las cartas de los abuelos.
Otros quieren izar una bandera,
yo escuchar el ocre de la serpiente.
Mientras otros ocupan territorios,
yo escribo poemas a los olivos.
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FE DE PREFIJOS
Nos acercábamos al Ágora de A Coruña
en un suburbio a lo alto del costero paisaje:
«Este barrio fue creciendo con los emigrantes».
Yo, que jamás dejé el corazón en una yarda,
interrumpí, precisando el prefijo: «inmigrantes».
Sentí ardorosa la sangre de mi brazo izquierdo,
caí en cuenta de que un prefijo es postura política.
Solo el que visita panteones sin sus muertos
y lo hace para que la tierra le sea leve.
Quien resucita a su aldea cantándole al polvo,
y el mar de esperanza es frontera innavegable.
Solamente esa mujer que pare en otra lengua,
dolorosamente se reconoce emigrante:
el prefijo es estaca en la yarda abandonada
donde se faja un corazón huérfano de pecho.
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[1]
De
Omisión del ángel,
Madrid, Visor, 2025.






