domingo, 28 de junio de 2026

MARIO BENEDETTI. UN CUENTO [1]


PUNTERO IZQUIERDO

A Carlos Real de Azúa

Vos sabés las que se arman en cualquier cancha más allá de Propios. Y si no acordate del campito del Astral, donde mataron a la vieja Ulpiana. Los años que estuvo hinchándola desde el alambrado y, la fatalidad, justo esa tarde no pudo disparar por la uña encarnada. Y si no acordate de aquella canchita de mala muerte, creo que la del Torricelli, donde le movieron el esqueleto al pobre Cabeza, un negro de mano armada puro pamento, que ese día le dio la loca de escupir cuando ellos pasaban con la bandera. Y si no acordate de los menores de Cuchilla Grande, que mandaron al nosocomio al back derecho del Catamarca, y todo porque le habían hecho al capitán de ellos la mejor jugada recia de la tarde. No es que me arrepienta, ¿sabés? de estar aquí en el hospital, se lo podés decir con todas las letras a la barra del Wilson. Pero para poder jugar más allá de Propios hay que tenerlas bien puestas. ¿O qué te parece haber ganado aquella final contra el Corrales, jugando nada menos que nueve contra once? Hace ya dos años y me parece ver al Pampa, que todavía no había cometido el afane pero lo estaba germinando, correrse por la punta y escupir el centro, justo a los cuarenta y cuatro de la segunda etapa, y yo que la veo venir y la coloco tan al ángulo que el golerito no la pudo ni pellizcar y ahí quedó despatarrado, mandándose la parte porque los de Progreso le habían echado el ojo. ¿O qué te parece haber aguantado hasta el final en la cancha del Deportivo Yí, donde ellos tenían el juez, los línema y una hinchada piojosa que te escupía hasta en los minutos adicionados por suspensiones de juego, y eso cuando no entraban al fiel y te gritaban: «¡Yí! ¡Yí! ¡Yí!» como si estuvieran llorando, pero refregándote de paso el puño por la trompa? Y uno haciéndose el etcétera porque si no te tapaban. Lo que yo digo es que así no podemos seguir. O somos amater o somos profesional. Y si somos profesional que vengan los fasules. Aquí no es el Estadio, con protección policial y con esos mamitas que se revuelcan en el área sin que nadie los toque. Aquí si te hacen un penal no te despertás hasta el jueves a más tardar. Lo que está bien. Pero no podés pretender que te maten y después ni se acuerden de vos. Yo sé que para todos estuve horrible y no preciso que me pongas esa cara de Rosigna y Moretti. Pero ni vos ni don Amílcar entienden ni entenderán nunca lo que pasa. Claro, para ustedes es fácil ver la cosa desde el alambrado. Pero hay que estar sobre el pastito, allí te olvidás de todo, de las instrucciones del entrenador y de lo que te paga algún maffioso. Te viene una cosa de adentro y tenés que llevar la redonda. Lo ves venir al jalva con su carita de rompehueso y sin embargo no podés dejársela. Tenés que pasarlo, tenés que pasarlo siempre, como si te estuvieran dirigiendo por control remoto. Si te digo que yo sabía que esto no iba a resultar, pero don Amílcar que empieza a inflar y todos los días a buscarme a la fábrica. Que yo era un puntero izquierdo de condiciones, que era una lástima que ganara tan poco, y que cuando perdiéramos la final él me iba arreglar el pase para el Everton. Ahora vos calculá lo que representa un pase para el Everton, donde además de don Amílcar, que después de todo no es más que un cafisho de putas pobres, está nada menos que el doctor Urrutia, que ése sí es Director de Ente Autónomo y ya colocó en Talleres al entreala de ellos. Especialmente por la vieja, sabés, otra seguridad, porque en la fábrica ya estoy viendo que en la próxima huelga me dejan con dos manos atrás y una adelante. Y era pensando en esto que fui al café Industria a hablar con don Amílcar. Te aseguro que me habló como un padre, pensando, claro, que yo no iba a aceptar. A mí me daba risa tanta delicadeza. Que si ganábamos nosotros iba a ascender un club demasiado díscolo, te juro que dijo díscolo, y eso no convenía a los sagrados intereses del deporte nacional. Que en cambio el Everton hacía dos años que ganaba el premio a la corrección deportiva y era justo que ascendiera otro escalón. En la duda, atenti, pensé para mi entretela. Entonces le dije el asunto es grave y el coso supo con quien trataba. Me miró que parecía una lupa y yo le aguanté a pie firme y le repetí que el asunto es grave. Ahí no tuvo más remedio que reírse y me hizo una bruta guiñada y que era una barbaridad que una inteligencia como yo trabajase a lo bestia en esa fábrica. Yo pensé te clavaste la foja y le hice una entradita sobre Urrutia y el Ente Autónomo. Después, para ponerlo nervioso, le dije que uno también tiene su condición social. Pero el hombre se dio cuenta que yo estaba blando y desembuchó las cifras. Graso error. Allí no más le saqué sesenta. El reglamento era éste: todos sabían que yo era el hombre gol, así que los pases vendrían a mí como un solo hombre. Yo tenía que eludir a dos o tres y tirar apenas desviado o pegar en la tierra y mandarme la parte de la bronca. El coso decía que nadie se iba a dar cuenta que yo corría pa los italianos. Dijo que también iban a tocar a Murias, porque era un tipo macanudo y no lo tomaba a mal. Le pregunté solapadamente si también Murias iba a entrar en Talleres y me contestó que no, que ese puesto era diametralmente mío. Pero después en la cancha lo de Murias fue una vergüenza. El pardo no disimuló ni medio; se tiraba como mula y siempre lo dejaban en el suelo. A los veintiocho minutos ya lo habían expulsado porque en un escrimaye le dio al entreala de ellos un codazo en el hígado. Yo veía de lejos tirándose de palo a palo al mellado Valverde, que es de esos idiotas que rechazan muy pitucos cualquier oferta como la gente, y te juro por la vieja que es un amater de órdago, porque hasta la mujer, que es una milonguita, le mete los cuernos en todo sector. Pero la cosa es que el mellado se rompía y se le tiraba a los pies nada menos que a Bademian, ese armenio con patada de burro que hace tres años casi mata de un tiro libre al golero del Cardona. Y pasa que te contagiás y sentís algo adentro y empezás a eludir y seguís haciendo dribles en la línea del córner como cualquier mandrake y no puede ser que con dos hombres menos (porque al Tito también lo echaron, pero por bruto) nos perdiéramos el ascenso. Dos o tres veces me la dejé quitar, pero ¿sabés? me daba un dolor bárbaro porque el jalva que me marcaba era más malo que tomar agua sudando y los otros iban a pensar que yo había disminuido mi estándar de juego. Allí el entrenador me ordenó que jugara atrasado para ayudar a la defensa y yo pensé que eso me venía al trome porque jugando atrás ya no era el hombre gol y no se notaría tanto si tiraba como la mona. Así y todo me mandé dos boleos que pasaron arañando el palo y estaba quedando bien con todos. Pero cuando me corrí y se la pasé al Ñato Silveira para que entrara él y ese tarado me la pasó de nuevo, a mí que estaba solo, no tuve más remedio que pegar en la tierra porque si no iba a ser muy bravo no meter el gol. Entonces, mientras yo hacía que me arreglaba los zapatos, el entrenador me gritó a lo Tittaruffo: «¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco?» Esto, te juro, me tocó aquí dentro, porque yo no tengo moco y si no preguntale a don Amílcar, él siempre dijo que soy un puntero inteligente porque juego con la cabeza levantada. Entonces ya no vi más, se me subió la calabresa y le quise demostrar al coso ése que cuando quiero sé mover la guinda y me saqué de encima a cuatro o cinco y cuando estuve solo frente al golero le mandé un zapatillazo que te lo bogliodire y el tipo quedó haciendo sapitos pero exclusivamente a cuatro patas. Miré hacia el entrenador y lo encontré sonriente como aviso de Rider y recién entonces me di cuenta que me había enterrado hasta el ovario. Los otros me abrazaban y gritaban: «¡Pa los contras!», y yo no quería dirigir la visual hacia donde estaba don Amílcar con el doctor Urrutia, o sea justo en la banderita de mi córner, pero en seguida empezó a llegarme un kilo de putiadas, en las que reconocí el tono mezzosoprano del delegado y la ronquera con biter de mi fuente de recursos. Allí el partido se volvió de trámite intenso porque entró la hinchada de ellos y le llenaron la cara de dedos a más de cuatro. A mí no me tocaron porque me reservaban de postre. Después quise recuperar puntos y pasé a colaborar con la defensa, pero no marcaba a nadie y me pasaban la globa entre las piernas como a cualquier gilberto. Pero el mellado estaba en su día y sacaba al córner tiros imposibles. Una vuelta se la chingué con efecto y todo, y ese bestia la bajó con una sola mano. Mire a don Amílcar y al delegado, a ver si se daban cuenta que contra el destino no se puede, pero don Amílcar ya no estaba y el doctor Urrutia seguía moviendo los labios como un bagre. Allí nomás terminó uno a cero y los muchachos me llevaron en andas porque había hecho el gol de la victoria y además iba a la cabeza en la tabla de los escores. Los periodistas escribieron que mi gol, ese magnífico puntillazo, había dado el más rotundo mentís a los infames rumores circulantes. Yo ni siquiera me di la ducha porque quería contarle a la vieja que ascendíamos a lntermedia. Así que salí todo sudado con la camiseta que era un mar de lágrimas, en dirección al primer teléfono. Pero allí nomás me agarraron del brazo y por el movado de oro le di la cana a la bruta manaza de don Amílcar. Te juro que creía que me iba a felicitar por el triunfo, pero está clavado que esos tipos no saben perderla. Todo el partido me la paso chingándola y tirando desviado o sea hipotecando mis prestigios y eso no vale nada. Después me viene el sarampión y hago un gol de apuro y eso sí está mal. Pero ¿y lo otro? Para mí había cumplido con los sesenta que le había sacado de anticipo, así que me hice el gallito y le pregunté con gran serenidad y altura si le había hablado al delegado sobre mi puesto en Talleres. El coso ni mosquió y casi sin mover los labios, porque estábamos entre la gente, me fue diciendo podrido, mamarracho, tramposo, andá a joder a Gardel y otros apelativos que te omito por respeto a la enfermera que me cuida como una madre. Dimos vuelta una esquina y allí estaba el delegado. Yo como un caballero le pregunté por la señora, y el tipo, como si nada, me dijo en otro orden la misma sarta de piropos, adicionando los de pata sucia, maricón y carajito. Yo pensé la boca se te haga un lago, pero la primera torta me la dio el Piraña, apareciendo de golpe y porrazo, como el ave fénix, y atrás de él reconocí al Gallego y al Chicle, todos manyaorejas de Urrutia, el cual en ningún momento se ensució las manos y sólo mordía una boquilla muy pituca, de ésas de contrabando. La segunda piña me la obsequió el Canilla, pero a partir de la tercera perdí el orden cronológico y me siguieron dando hasta las calandrias griegas. Cuando quise hacerme una composición de lugar, ya estaba medio muerto. Ahí me dejaron hecho una pulpa y con un solo ojo los vi alejarse por la sombra. Dios nos libre y se los guarde, pensé con cierta amargura y flor de gusto a sangre. Miré a diestro y siniestro en busca de S. O. S. pero aquello era el desierto de Zárate. Tuve que arrastrarme más o menos hasta el bar de Seoane, donde el rengo me acomodó en el camión y me trajo como un solo hombre al hospital. Y aquí me tenés. Te miro con este ojo, pero voy a ver si puedo abrir el otro. Difícil, dijo Cañete. La enfermera, que me trata como al rey Farú y que tiene, como ya lo habrás jalviado, su bruta plataforma electoral, dice que tengo para un semestre. Por ahora no está mal, porque ella me sube a upa para lavarme ciertas ocasiones y yo voy disfrutando con vistas al futuro. Pero la cosa va a ser después; el período de pases ya se acaba, sintetizando, que estoy colgado. En la fábrica ya le dijeron a la vieja que ni sueñe que me vayan a esperar. Así que no tendré más remedio que bajar el cogote y apersonarme con ese chitrulo de Urrutia, a ver si me da el puesto en Talleres, como me había prometido.

(1954)
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[1] En Cuentos, Barcelona, Alianza, 1991.

domingo, 21 de junio de 2026

GEMA PALACIOS. CINCO POEMAS [1]


SER un animal
enroscado en el centro
de su propia fe.

Salir afuera
sólo para estar de vuelta.

Hacer de lo íntimo
un campo de siembra
un nuevo paisaje.

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ADHERENCIA de tu cuerpo a la
idea que tengo de mi cuerpo

retenernos para avanzar en suave
onda y molde de este barco
y su silencio

adentro no el sonido sí
la música los párpados
su sombra de ceniza
           y su aleteo

grabo en mi cuerpo la idea
que tengo de otro cuerpo

           eres tú

así nos miro

                      y grabo

y creo.

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LO que no germina aquí
bajo los órganos
no existe

el deseo es esta niebla
sus fauces en mi piel
son territorio.

La luz fue mi cordón umbilical.

Alimento es palabra es alimento.
Origen y final para este viaje.

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ANTES de lo frágil estará

la curva            tránsito del miedo
y otra vez los ojos y otra vez

este volver a cuestas
llevándome.

La hendidura
el latir entonces
sordo sordo desasidamente sordo.

Un no dejar entrar la luz
pero nos muerde.

Muesca antigua
tejiendo
lo más alto del cuerpo.

Marchar con la ceguera
en el vientre

dejar que crezca
hasta que ocupe todo

se vuelva espejo.

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HABER dicho sí al salto de los ciervos
dentro de la boca.

Ahora se deshacen los ojos
almendras de hielo

las manos en torno
           colgadas
como casas museo del vacío.
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[1] De Lumbres, Madrid, Polibea, 2018.

domingo, 14 de junio de 2026

WILLIAM SHAKESPEARE. CINCO POEMAS [1]


XII

When I do count the clock that tells the time,
And see the brave day sunk in hideous night;
When I behold the violet past prime,
And sable curls all silvered o'er with white;

When lofty trees I see barren of leaves
Which erst from heat did canopy the herd,
And summer’s green all girded up in sheaves
Borne on the bier with white and bristly beard,

Then of thy beauty do I question make,
That thou among the wastes of time must go,
Since sweets and beauties do themselves forsake
And die as fast as they see others grow;

And nothing 'gainst Time's scythe can make defence
Save breed, to brave him when he takes thee hence.

◊◊◊◊◊

XII

Cuando observo el reloj que da la hora
y veo el día hundirse en noche horrible;
cuando contemplo la violeta ajada
y el bucle oscuro que la plata cubre;

cuando veo altos árboles desnudos
que dieron antes sombra a los rebaños,
y el verde estío atado ahora en gavillas
marchar, áspero y blanco, en las carretas,

me digo: ¿qué se hará de tu hermosura?
sabiendo que has de ser presa del tiempo,
pues gracias y bellezas se doblegan
y mueren mientras ven cómo otras crecen.

Nada puede oponerse a su guadaña,
o solamente un hijo, cuando faltes.

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XXIII

As an unperfect actor on the stage
Who with his fear is put beside his part,
Or some fierce thing replete with too much rage,
Whose strength's abundance weakens his own heart;

So I, for fear of trust, forget to say
The perfect ceremony of love's rite,
And in mine own love's strength seem to decay,
O'ercharged with burthen of mine own love's might.

O! let my looks be then the eloquence
And dumb presagers of my speaking breast,
Who plead for love and look for recompense
More than that tongue that more hath more express'd.

O! learn to read what silent love hath writ:
To hear with eyes belongs to love's fine wit.

◊◊◊◊◊

XXIII

Como un actor confuso que en la escena
olvida su papel presa del pánico,
o igual que alguna fiera enfurecida
con tanto ardor que, al cabo, desfallece,

así, todo aprensiones, yo me olvido
de los procedimientos entre amantes,
y por la fuerza de mi amor flaqueo,
y es tal su magnitud que me desborda.

Que sean mis miradas elocuentes
y mudos emisarios de este pecho
que amor suplica y pide recompensa
más que la lengua que mejor lo dice.

Tú lee lo que el amor callado ha escrito:
que es gracia del cariño oír con los ojos.

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LV

Not marble, nor the gilded monuments
Of princes, shall outlive this powerful rhyme,
But you shall shine more bright in these contents
Than unswept Stone, besmear'd with sluttish time.

When wasteful war shall statues overturn,
And broils root out the work of masonry,
Nor Mars his sword, nor war's quick fire shall burn
The living record of your memory.

'Gainst death, and all oblivious enmity
Shall you pace forth; your praise shall still find room
Even in the eyes of all posterity
That wear this world out to the ending doom.

So, till the Judgement that yourself arise,
You live in this, and dwell in lovers' eyes.

◊◊◊◊◊

LV

Ni el mármol ni el dorado monumento
han de sobrevivir a mis poemas.
Aquí fulgurarás tú más radiante
que el busto del que sólo el moho se ocupa.

Cuando la guerra tumbe las estatuas
y desarraigue muros la violencia,
ni el acero de Marte ni su fuego
podrán con tu memoria, siempre viva.

Irás contra la muerte y el olvido.
Habrá un lugar para tus alabanzas
en todas las miradas sucesivas
que agoten hasta el fin del tiempo el mundo.

Y mientras llega el día en que te juzguen,
aquí estarás, y en la pupila amante.

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LXXVI

Why is my verse so barren of new pride,
So far from variation or quick change?
Why with the time do I not glance aside
To new-found methods, and to compounds strange?

Why write I still all one, ever the same,
And keep invention in a noted weed,
That every word doth almost tell my name,
Showing their birth and where they did proceed?

O! know, sweet love, I always write of you,
And you and love are still my argument;
So all my best is dressing old words new,
Spending again what is already spent:

For as the sun is daily new and old,
So is my love, still telling what is told.

◊◊◊◊◊

LXXVI

¿Por qué no van mis versos a la moda
del tema inesperado, y se repiten?
¿Por qué no me acomodo a nuestro tiempo
buscando algún hallazgo y otro estilo?

¿Por qué escribo lo mismo hoy que mañana
y no amplio el vestuario de mi ingenio,
y así, en cada palabra se descubre
mi nombre cuando muestra su linaje?

Porque, mi amor, tú eres mi materia,
y amor y tú de nuevo mi argumento;
mi fuerte es remendar viejas palabras,
usar de nuevo aquello que se ha usado.

¿No nace el sol y muere cada día?
También mi amor insiste en lo ya dicho.

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CXLIX

Canst thou, O cruel! say I love thee not
When I against myself with thee partake?
Do I not think on thee, when I forgot
Am of myself, all tyrant, for thy sake?

Who hateth thee that I do call my friend,
On whom frown'st thou that I do fawn upon,
Nay, if thou lour'st on me, do I not spend
Revenge upon myself with present moan?

What merit do I in myself respect,
That is so proud thy service to despise,
When all my best doth worship thy defect,
Commanded by the motion of thine eyes?

But, love, hate on, for now I know thy mind,
Those that can see thou lov'st, and I am blind.

◊◊◊◊◊

CXLIX

¿Cómo dices, oh cruel, que no te amo,
si yo estoy de tu parte en contra mía?
¿No pienso acaso en ti cuando me olvido,
tirana, de mí mismo por tu causa?

¿A quién llamo yo amigo si te odia?
¿A quién que tú desprecies yo lo halago?
Y si me miras mal, ¿es que no tomo
venganza contra mí gimiendo al punto?

¿Qué méritos encuentro en mi persona
orgullosos de no querer servirte,
si adora lo mejor de mí y tus faltas
y obedezco a una seña de tus ojos?

Pero ódiame, mi amor, que ya te entiendo:
tú quieres a quien ve, y yo me he cegado.
——————————
[1] From Sonnets, 1609.
De Sonetos, 1609.
En Sonetos, Madrid, Bartleby, 2009.
(Trad. Christian Law Palacín)

domingo, 7 de junio de 2026

JUAN GALLEGO BENOT. CINCO POEMAS [1]


I

PLURALIDAD DEL NOMBRE

Yo he podido recorrer
por ti todos los campos,
todas las amplias nubes fronterizas,
la mar hastiada de molicie,
el llano fierro inoportuno.

He cantado al blancor
y a la dulzura del mundo,
he dicho que podría
dar el alma por ti
y tantas cosas.

Hoy, que el sol
relumbra amenizando
el más terrible verano,
podrías ser cualquier otro:
mis cantos son tan generales...
                                 Aún puedes ser
cualquier otro en otros ríos,
otros días intranquilos,
calurosos y tristes.

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XVII

Si pudiera darte un hijo
con tus ojos y mis manos
no sería más cercano en este sitio
que este joven rostro moreno
tan solo en un rubor aún desconocido.

Sus dedos no asirían la vida
con tanto amor como este ser
tan lleno de nosotros;
¿serán sus ojos caña verde o rama dorada?
¿Tendrá su frente el brillo del trigo?
¿Recibirá la herencia del carbón nocturno?

¿Podrá mi hijo alcanzar los árboles
con su brazo fuerte?
¿Sabrán sus manos a la luz santa del río,
hablará la lengua de los ardientes leones?

Será su milagro un ruiseñor tranquilo,
su voz será la esperanza de la tierra.
Sabrá amar,
sabrá decir que es amado.

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XVIII

Lo que no es de mi carne
que no vuelva a mi carne.
Lo que viene de mi cuerpo
que no pertenezca a mi cuerpo.

No poseeré la tierra:
allanaré los campos y regaré
las flores de tu vientre. Veré
florecer los almendros
y pasearé en tu compañía
los caminos blancos.

Será la luz nuestro mayor orgullo;
nuestro mayor placer, su limpio recorrer
libremente el mundo. Y cuando,
viejos, contemplemos el espacio,
sabremos felizmente que no es nuestro
todo lo que en él originamos.

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XXVI

En octubre vuelan como un rito
y buscan lugares buenos. Allí
esperarán a que la tierra les sea
plácida. ¿Dónde estará mi cuerpo fatigado?
Resguardado de sí, encerrado
en la ficción de este amor que ya no existe:
sabe
que no vendrán tiempos mejores

(hace siempre mejor tiempo en tus moradas).

Y sin embargo cada día una voz nueva,
cada día un tímido recuerdo de la virtud
del aire, y sin embargo
tu vientre acariciando mi vientre:
confío en tu venida, estoy despierto.

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XXIX

Estoy hablando contigo
entre los árboles.
Tu voz es el recuerdo.
¿Sabré volver? La lluvia
que me descubres dice
mi nombre. Señalas
y nombras todas las cosas.

Sabré vivir mejor, con este cuerpo
nuevo que se me ha dado.
Conoceré de nuevo
(de nuevo me explicarás)
los amplios misterios
y reirás conmigo:
pero ahora yo sólo conozco
el olor del viento en este bosque.
——————————
[1] De Oración en el huerto, Madrid, Hiperión, 2020.

sábado, 30 de mayo de 2026

PEDRO GARFIAS. CINCO POEMAS [1]


Cómo os habrán punzado
miradas mías los ojos esquivos
que tornáis
sangrantes las alas
a vuestro nido

Miradas que tembláis
como dos surtidores,
cómo os habrán herido

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Bajo sus pies florecía
la mañana
y en sus cabellos traía
la luna clara

la clara luna
intacta

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CLARIDAD

Epifanía

Hay un temblor en la montaña musical

Clavado en el monte el sol
faro de las nubes náufragas

Y en mis pupilas
tus pupilas ancladas

Epifanía

La luz se quiebra en tus mejillas

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ROMANCE DE TUS OJOS

Cómo he buscado tus ojos
anoche, tus ojos negros.
Todo era negro en la noche.
Por las ventanas del cielo
veía asomar tus ojos,
tus ojos negros,
y los míos los buscaban
desalados por el viento
hasta volver a sus nidos
como pájaros enfermos.
De los árboles colgaba
tu negra mata de pelo.
Pero tus ojos, adonde?
adonde tus ojos negros?

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Angustia de ese grito
que ha venido temblando
por el aire llagado
a llamar en mi pecho
con un febril anhelo...

Angustia de ese grito
sabe Dios de qué pecho mensajero.
——————————
[1] De El ala del Sur, 1926.
En El ala del Sur, San Nicolás de los Garza, Universidad Autónoma de Nuevo León, 1980.
Los interesados disponen de una versión completa del poemario en www.parnaíso.elaladelsur.es.

sábado, 23 de mayo de 2026

ROSA BERBEL. CINCO POEMAS [1]


EL AMOR MODIFICA LA TRAYECTORIA DE LOS VIAJES

La suerte del amor es ese instante
en que vuelves a casa
como un niño
y te preguntas de nuevo cuánto falta
cuánto falta otra vez
para el futuro.

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ORÁCULO DE DELFOS

En Delfos inventaban el futuro,
nunca lo anticiparon.
No hay adivinación posible en los oráculos
ni en sucesivas formas de misterio,
sino una luminosa fe creativa.
Astrología, bolas de cristal, tarot,
las palmas arrugadas y secas de las manos,
todo funciona igual y se sustenta
anafóricamente,
sobre la misma idea:

siempre, sin ninguna excepción,
la imagen crea el acontecimiento.

Cuando digo mañana nos convoco.

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PRIMER AMOR

Era verano entonces y a nosotros
nos picaban las piernas del sudor
y la euforia.

Desde aquel día parece que los demás
tan tibios
se quieren siempre menos.

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SAQUEAR EL TEMPLO

La fiesta terminó
y la casa ya no era nuestra casa.

Todos los invitados se llevaron consigo
un trozo de la fiesta, como el que arranca
piedras de un bello templo griego.
Los veíamos marcharse con las primeras luces.
Tocándose la cara, acelerando el paso.
Un árbol cae en el bosque sin hacer ningún ruido.
Nadie lo escucha. Nunca ha existido el árbol.
¿Dónde caemos nosotros?

Nos han dejado aquí a la intemperie:
no hay paredes, ni casa, ni amor para las cosas
que ya no poseemos.
Tendemos en el suelo el mantel sucio
y admiramos con qué silencio pueden
desvanecerse los lugares sagrados.
Nadie en el bosque, nadie en la ciudad.

Deberíamos buscar una palabra para nombrar
el gesto de quien queda en la casa
cuando todos se han ido.
Esto es lo que somos.

Se llama devoción.

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EL FINAL DE LOS RITOS

Estamos en la calle y es de noche.
Me acompañas a casa por un sendero viejo,
lleno de oscuridad y de maleza.
Bordeamos las palabras igual que bordeamos
el final de la noche.
Lo hemos pasado bien, ha sido divertido,
y ahora estamos confusos en la selva
de los significados.
Ignoramos aún lo que seremos,
la posición exacta del idioma.

Pero la noche es más y más oscura
y el camino a la casa va alejándonos de ella.

En medio de la noche, en la selva brillante
donde florecen nombres y palabras
y objetos puntiagudos,
el reconocimiento es imposible.
Nos tocamos con rabia nuestros cuerpos,
queriendo dilatar ese entusiasmo torpe
de no poder poner límite al mundo.
Creemos tener más tiempo que el resto de la gente.

Pero cuando alcanzamos el final de la noche,
cuando al fin conquistamos las palabras
y el mundo es claro y bello y generoso,
la ciudad se derrumba y el sendero
nos pone justo enfrente del lenguaje,
delante de su abismo.

Hemos llegado tarde. La casa está en ruinas.

Y el universo entra por el hueco
en el que antes había una ventana.
——————————
[1] 1, 2 y 3, de Las niñas dicen siempre la verdad, Madrid, Hiperión, 2018.
4 y 5, de Los planetas fantasma, Barcelona, Tusquets, 2022.

domingo, 17 de mayo de 2026

HOMERO ARIDJIS. CINCO POEMAS [1]


DE UN DÍA DE DICIEMBRE

Desde temprano
pesada de sueño la mujer
arrastró su cuerpo fatigado
por las horas iguales
y de gris en gris
llegó a la noche sin despertar

Todo su día fue oscurecer

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ENTIERRO

En sucesión los coches funerarios
pasan junto al mercado de las flores
como si a la calle populosa la cruzara
un largo olor a muerto

Sólo por un momento
porque la tarde que huele a negro
a gasolina y grito
huele también a luz

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El rey Nezahualcóyotl pintó en su cara
siete líneas de vida

en cada raya iba el sonido
que hace la luz en el aire

y en el sonido el color
que hay en las cosas

pero un día la lluvia lavó en su cara
las siete líneas de vida

y el rey miró en el agua
los ojos de otro Netzahualcóyotl que lo miraba

(por sus miradas pasó la vida)

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SUEÑO EN TENOCHTITLAN

I

Toda la noche
entre las casas blancas
atravesé el canal
los remos cortaban en el agua
el verde silencioso de los sauces
y revolvían las sombras de los templos
Del otro lado del canal
en una barca amarilla venías tú
con la cara pintada de rojo
y por un momento nuestras barcas
se cruzaron bajo el puente azul
y ya no pude seguir
tus ojos que me miraron
clavaron en mi corazón
flechas de luz

II

Tus ojos dejaron en el aire
pájaros azules
y tu cuerpo dejó a su paso
cuerpos luminosos
alrededor de ti todo se calmó
las gentes que pasaron por las calles
entraron una en otra
sin salir de sí mismas
yo atravesé tu cabeza transparente
yo levanté tus manos impalpables
yo bebí luz de tu pecho
yo

un gallo negro nos despertó

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TEOTIHUACAN

Idos los hacedores de soles y de lunas
los constructores de templos y de tumbas
desvanecidos los dioses en los cerros
y perdidos los hombres en la noche
por la desierta calle sólo vaga un perro hambriento
con toda el hambre de la historia en sus entrañas
y todas las puertas cerradas a su paso

¿Quién siguiéndolo por la Calzada de los Muertos
atravesando los espectros que flotan en la tarde
entre serpientes mariposas y pájaros
al penetrar el espacio de la ciudad fantasma
no ha de llegar por siempre al destino del hombre?

Aquí donde se construyó una y otra vez
el templo sobre el templo y el hombre sobre sus cenizas
aquí en el poniente extremo
donde se precipitaron juntos sacerdotes y edades
y donde el quinto Sol se ha de hundir en la noche terrestre
brilla todavía nuestro sol cotidiano
Muertos los dioses y deshechas sus obras
los siglos al final se hacen palabras
ruinas mordidas por la luz y el viento
y el hombre en su agonía no sabe
hacia dónde reclinar la cabeza
ni con qué voces dirigirse a la muerte
mientras por el valle desolado sólo pasa
el más inasible de los dioses el aire
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[1] De Construir la muerte, 1982.