domingo, 15 de febrero de 2026

RAFA COFIÑO. CINCO POEMAS [1]


DECLARACIÓN [2]

Pudiera ser que
las flores volaran
o los niños y las casas
olieran a pan.
Entonces no serían
flores, niños o casas,
más allá de mi deseo
de flores volando, de casas, de harina.
O serían
y entonces serían:
flores como aves,
casas como hornos
o niños como niños
a la hora de la merienda.

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IOGRÁFICA

A la hora de la siesta,
los cachorros mueven despacio
sus cuerpos contra el padre.
La persiana dibuja con sus renglones de madera
un alfabeto de luz.
El más pequeño de los lobos
se estira perezoso contra la cama,
muerde el hombro de su progenitor
y acaricia asombrado
las letras que el sol deja en las sábanas.
Escribe sin saberlo, solar,
sus primeras palabras.
La escritura es efímera,
segundos,
pero imprescindible
y bien distinta para ambos:
el padre cuenta lo que resta;
el hijo empieza a sumar.

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MALDITO VERANO

Se ha puesto a toda la mesa de tormenta. Los folios aprovechan las consonantes puntiagudas para drenar los charcos y los lápices boquean del revés en fase terminal. Naufragan gomas y afiladores. Los zapatos ahogados en posición isla del día después junto al libro de Perec.

Desde las esquinas caen gotas sobre mis pies impasibles. Los dedos silabean y juegan al agua, manchados del barro que se ha formado en la alfombra. Mis gafas se empeñan submarinistas en salvar algo del desastre marítimo y esquivan colillas y monedas. Entusiasmadas lentes, contra pronóstico, por esta posibilidad de bucear entre el polvo y entre papeles que ya tenían ganas de perder de su vista.

El teclado está imposible, perdido: no es capaz de escribir tu nombre. Ha olvidado un par de letras fundamentales. El accidente cuestiona la posibilidad de que cambiar de profesión y casa.

Pero la tarde sigue pasando y no deja de llover. El tercer día lloviendo sin parar. He decidido tumbarme y flotar tranquilamente. El agua ha ido subiendo progresivamente como en una película antigua donde el objetivo principal es aniquilar al protagonista. Me circundan restos del naufragio: cables, discos, cartas viejas, grabados, pinceles, moleskines, calcetines como hongos, la papelera como un faro lejano rodeando la lámpara. De madrugada el nivel rebasa el marco superior de la puerta. La mesa hundida y el monitor brillan sobrios en el fondo marino. Parece imposible, pero hace varias vidas yo vivía allá abajo.

Fumo tranquilo, boca arriba. Apenas unos centímetros para que la habitación se inunde. La incertidumbre me produce una hermosa sensación de vértigo: quizás me estrelle contra el techo o quizás salga despedido a las estrellas. O quizás me atreva a abrir la ventana, caer en cascada hacia la calle, avenida abajo de aparecer mojado y desorientado a tu lado. Y decirte: ves, me debes dos letras.

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SEREMOS LUZ

Aunque así lo parezca,
la luz del mundo no nos pertenece,
por eso yo quisiera no ensuciarla
.

Vicente Gallego

Me persigue.
Esa botella cincelada de éter esparcida junto al visillo,
nublando el sentimiento y esa escarcha velada
moviéndose en vaivenes
(el cuarto era traslúcido, pero los ritmos pendulares señalaban
el aire de Maine, el pulmón, gradiente de vida,
los corales del otoño en los linderos del bosque,
albedos donde conciliar paz en las tardes).

Me persigue y me ennoblece el sentimiento
(este que a veces se me escapa tan poroso entre los dedos
y para el que la tinta es sólo un ardid o una treta).

Tanta, tanta luz.

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Era vieja la historia la habíamos oído en varias ocasiones pero nunca se había atrevido el jodido a contarla en alto siempre otros la habían contado por él que la había ido pasando de mano en mano o mejor de vaso en vaso o de barra en barra pues aunque fue la época en que empezaba a dejar de beber y la Resteiro le quitaba las monedas del zapato y se lo comía a besos por todas las esquinas de esta parte del mundo entonces le organizamos una especie de fiesta sencilla una noche en la tienda con la excusa de que nos leyera algo de lo que sabíamos escribía de noche Tenía una vieja libreta que ataba con correas y que había llevado de un lado a otro y donde decía nos andaba retratando y algo así sería porque se ponía siempre como de fuera en las afueras de las conversaciones y nos miraba y sonreía todo y aplaudía y callaba y nos iba eso sacando los perfiles a base de tanto escucharnos qué menudo cabrón el viejo como muy viejo aunque era un muchacho de aquella con sus lentes gastadas Ya pues bueno pues se montó la fiesta en la tiendecita del sueco con Gustavito y Fina y Rosa y toda la guardería de viejos del bar escupiendo en el suelo y quemando vela e incluso se trajo alguien a un entendido de la ciudad un letras pedante bajo promesa de que tenía un futuro fichaje para las letras y los periódicos del mundo un viajado de esos asilvestrado de escuela que no sabe donde tiene la bragueta y tomamos Artemio sobrio más sobrio que nunca pero con un temblor indecente y nos leyó Rulán en lo mejor de la noche en un momento de esos como de aquí nos quedamos para siempre como si se fuera a quedar sin aire o de nuevo afónico y la historia era un poco rara y jodidamente triste y puedo decir sin ánimo de ofender que a mí este hombre escribiendo no me gusta nada porque encoge como las tripas y no le entiendo la mitad o suena como pues a algo dicho ya por alguien antes pero ni dios lo niega porque es de los nuestros hasta el final y hasta la muerte con el viejo y pues bueno pues leyó como hay cielo y nos dejó así como en el aire, al final (…) El Gustavito tan pulcro le comentó al día siguiente que muy bueno que muy bueno pero que para leer tendría que vocalizar mejor que soltar más despacio las palabras y sin miedo que por mucho que pensara muy bien que luego su lengua era una fuga de ideas y que si mirar al frente y que si hacer pausas y sobre todo hilar mejor las ideas con la boca y no ese reguero que soltaste Artemio y que si vocalizar hermano vocalizar y entonces el Rulán se puso supremo y le tomó el hombre contemporáneo y le besó en la frente y le dijo Gustavito pues vamos no jodas pero mira que si leo despacio se me entiende todo vocalizo bien no tartamudeo ni me pongo azorado ni me tiemblan los verbos y hablo correcto entonces ya no sería Rulán que me parecería más a ese mierda de la capital al que lee todo el mundo pero al que no quiere ni su puta madre.

Tito Quiraldo
Grabación extraída del proyecto
“Las otras historias de Artemio Rulán”
——————————
[1] De Los gorriones de Artemio Rulán, León, Eolas, 2017.
[2] Poema colaborativo con Ignacio González del Rey. (N. d. A.)

domingo, 8 de febrero de 2026

AURORA LUQUE. CINCO POEMAS [1]


VARIACIÓN SOBRE UN TEMA MUY ANTIGUO

Muerta quisiera estar cuando ya no me importen
el sabor de los vinos conversados, la lasitud que sigue
al fervor de un abrazo, las diferentes túnicas azules
que va estrenando el mar;
cuando deje de amar a las palabras
como esas diminutas criaturas sorprendentes
y danzantes que son;
cuando olvide los dones de una risa
filósofa y bufona
o el olor de una higuera goteante de mieles;
cuando se hayan gastado las ganas de pisar
las olas del verano.
Cuando pierda memorias y deje de saber
que eran fardos envueltos de un tesoro.

El antiguo decía que los dioses
hicieron la vejez así de dura.
Muerta quisiera estar
cuando ya no me importen estas cosas.

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JUGAR CON RONSARD

Quand vous serez bien vieille, au soir, à la chandelle…

Cuando seas viejo, de noche, en tu sillón
a la luz de tu lámpara y al borde de tus sueños,
te dirás a ti mismo, agotado y nostálgico:
«Ella puso mi cuerpo juvenil en sus versos».

Pero ya no tendrás compañía que atienda
y despeje quizá sus ocios somnolientos
o su tarea olvide cuando escuche mi nombre
que al tuyo ha celebrado por encima del tiempo.

Estaré bajo tierra como tenue fantasma,
descansaré en aquel viejo bosque con Dido.
Tú serás un anciano débil, arrepentido

de tu orgullo y tendrás negras melancolías.
Vívelo pues hoy todo —que no hay nada mañana—
y apúrate los zumos de la fruta del día

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LA ESTACIÓN DE MOUNT HOLYOKE

Estación de Mount Holyoke.
Si ya la lluvia es triste por la noche,
qué amarga y heladora no sería
la que entonces cayera
en los hombros cansados del poeta.
Llegaba de un país irredimible,
de un país de diluvios de odio puro.
La lluvia en la estación de Holyoke
suena a desesperanza. Pero entonces
aullaba la canción otro estribillo:
No acabará —lo sabes— este invierno ya nunca.

El taxista me cuenta —qué ironía—
que ha viajado a Sevilla este verano.

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EL FANTASMA DE EVERGREENS

¿No me conoces? Soy
el fantasma de Evergreens.
¿Por qué has venido a verme?
Sabrás más de lo eterno y de lo bello
si tus dedos comprimen esta hoja roja y fresca
o sigues a ese pájaro en su vuelo
travieso en la ciudad
que si escarbas mis versos
buscando vuelo y savia.

Corre, sal, vive, vuela.
Los poemas son solamente cápsulas,
aditivos, morfinas, antibióticos.

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OJOS COLOR JEREZ

Emily se retrata: «El color de mis ojos
recuerda al del jerez que se queda en la copa
del invitado». Qué imagen tan notable.
Esa cripta de euforia del jerez:
Idas ya las visitas,
cuando alzaba la copa,
brillaba aquella lágrima cobriza
como lupa del mundo.
Así era su pupila escrupulosa.
Qué ungida de deseo iba esa copa
de vuelta a las cocinas.

Recuerdo ese jerez que otros bebieron.
He pedido tequila con sangrita.
Sé que mi libertad se ha fabricado
con destellos antiguos.
La noche es alta y libre
y está invitado el mundo.
——————————
[1] De Personal & Político, 2015.
En Las sirenas de abajo. Poesía reunida (1982-2022), Barcelona, Acantilado, 2023.

domingo, 1 de febrero de 2026

NILTON SANTIAGO. CINCO POEMAS [1]


MUERTE DE AQUILES

Ser uno con la certeza, con el ojo del espejo
por el que mira,
como si todo el piso de pensionista
estuviera lleno por un vacío que cicatriza.

Estar solo es estar frente a una multitud.

Lo saben las fotos —sepia— apiladas bajo las gafas,
el fantasma del hijo y de la exmujer
o las viejas medallas de héroe de guerra
que ya no tienen el peso para sujetar su alma
(como si un pisapapeles ya no tuviera la fuerza
para sujetar el peso del poema
                                                       que nos nombra).

Ha llegado la hora.
Cierra las cortinas como si abriera un bosque.
Toda su sangre es como un incendio de átomos.

Y, desde allí, desde su viejo sofá vegetal,
uno ya con sus huesos y su reumatismo,
mira el cuadro donde sonríe bajo el yelmo,
volviendo del frente.

Su carta de despedida le llegó ya a Herbert
—mi suegro, otro pájaro de nieve—,
así que ya puede tirar de las alas del hipogrifo
para bajar el telón.

No hace falta poner a la hora su viejo reloj de arena
ni esperar los nuevos resultados de la quimioterapia,
sesenta años como médico son suficientes
para saber que la metástasis te abraza hasta abrasarte.

No hay tiempo para saldar deudas
—si las hubiese—,
tampoco para lamer la hiel que brota del miedo.
Ha preparado la jeringuilla por última vez
y la acerca a su talón,
donde una antigua cicatriz le recuerda
que el cuerpo no es más que el vendaje del alma.

Cuando su teléfono timbra,
es su otro yo el que lo llama
y le dice que por fin terminó la guerra.

¿Hay traiciones que nos salvan?

¿O es que debemos buscar el sentido de la vida
hasta descubrir que vamos
                                            en dirección contraria?

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VOCACIÓN DE NÁUFRAGO

He vuelto al viejo acuario donde siempre puedo ser yo.
Lo visito desde niño,
cuando creía que los peces brotaban de semillas,
de las mismas que, según me dijeron, todos brotamos.

Pero no lo reconozco.
En la primera pecera
—en la que solía habitar una salamandra—,
han escrito que la raya «cola de vaca»
es el único pez que aparece «mugir».

Y sí, ahora hay una raya que se me acerca,
queriendo decirme algo,
—debe de ignorar que soy su asfixia detrás del cristal.
Su pequeño hocico toca la punta de mis dedos,
pero al verme reflejado en ella, la abandono:
es lo único que sé hacer.

Por lo visto, en cada una de las peceras
los animales quieren hablarme.

¿Cómo nos veremos a través del cristal,
si solo somos reales en los ojos que nos ven?

Soy el único visitante,
lo comprendo al ver cómo trotan hacia mí, relinchando,
los caballitos de mar.
Salgo, huyendo de lo que soy.

Este es el único acuario
donde son los peces quienes vienen a ver
a los que caemos.

Deben de creer
que la vocación de náufrago
es más necesaria que la de marinero.

¿Hasta cuándo nos pedirán cuentas
esos que hemos dejado de ser?

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MAL DE OJO

Tiene cerca de mil años
y su savia roja ha sido utilizada
tanto como para rituales mágicos
como para barnizar violines.

Sangre de Drago, la llaman.
La vemos aquí, discurriendo solitaria
en una planta herida por un picotazo del tiempo.

No dejo de pensar que, de niño,
me la daban para el dolor de estómago
o para tratarme del mal de ojo,
eso qué sucede cuando el espíritu de alguien
«te mal mira».

Quizá porque los seres ocultos
viven de la luz que te rodea.

Un lagarto detiene frente a nosotros
y nos mira fijamente.
Siento que su mirada cae dentro de mí,
como si su sangre fría
ocupase de pronto nuestra mirada.

El lagarto huye al ver que quiero fotografiarlo.

Me riñes:
«no debes verte en los animales de sangre fría».

«Caben seis personas dentro del Drago milenario»,
nos dijo la chica que nos dio el mapa del parque.

Seis personas caben dentro de ti,
como esas seis edades
que poco a poco van desapareciendo
en nosotros
porque somos, en realidad, un único fantasma.

El lagarto vuelve, pero ya sin cola.

Puede que así haya sido la niñez:
ir perdiendo partes de nosotros
                                                       para seguir siendo.

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SENTIRSE PÁJARO

Creíamos que era un juego:
saltar de piedra en piedra para llegar a ser uno
con su reflejo, pero no,
el cangrejo huye de unas iguanas que lo persiguen
y que, como pequeños dioses,
parecen caminar sobre el agua.
Intuyen que es cuestión de tiempo atraparlo.

El cangrejo lo sabe.
Su padre ya las conocía
y le enseñó a saltar sin miedo entre las olas.

«Para saltar al vacío hace falta ser el vacío»,
supongo que le dijeron, como a mí.
Las iguanas no dejan de correr tras él.

Estamos tan sorprendidos de la persecución
que no la vimos dando vueltas,
no, ninguno vio su mirada caer sobre nosotros
y ahora es tarde:
el pico mojado de estrellas de una gaviota
atraviesa el mar
y se lleva al cangrejo.

Mientras asciende, me imagino su pensamiento.

Cuántas veces se habrá imaginado volar,
escapar para siempre
de esta persecución perpetua.

Por un momento,
lo veo sonreír antes de ser engullido:

al fin debe sentirse pájaro.

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¿POR QUÉ LOS DÁLMATAS TIENEN MANCHAS?

«¿Cuál es la diferencia entre una vaca y una cebra?».

Apenas tienes tres años
y las alas —provisionales— de leche.
«¿No sabes que las cebras son seres negros
con rayas blancas,
y que, en cambio, las vacas llevan mapas pintados?».

(Claro que no lo sabes, como no sabes que tu padre,
mi hermano, sigue cayendo
a pesar de que está justo frente a nosotros).

Me coges la mano y el tiempo se detiene.
No dejas de hacerme preguntas.
«¿Cuál es la diferencia entre un zorro y un perro?».

«Como nosotros, los perros tienen fantasmas»,
te respondo.
Cojo tus pequeñas manos y las pongo sobre mi pecho.
«Aquí dentro hay un perro —te digo—,
¿no escuchas sus ladridos?».

«¿Qué sentiste en tu último día de ser niño?»

Como no te respondo, insistes en llamarme.
Seguimos la charla sin hacerte caso.

Te acercas entonces a mi oído:
«Tú, si te rompes, que sea por las costuras, ¿vale?».

A diferencia de la vejez,
la niñez se entierra viva.
——————————
[1] De Vocación de náufrago, Madrid, Visor, 2025.

domingo, 25 de enero de 2026

ROBERTO JUARROZ. CINCO POEMAS [1]


68 [2]

He descartado la mirada para conocerte.
He descartado también la dulce analogía
entre tu rostro y la vida.
He cortado los hilos, las certezas
y el tiempo inimitable de estar juntos.
Y aún más: he descolgado el vacío
para ponerlo entre ambos como un juego dormido,
como una nota sin instrumento.

He bajado a la tierra distante
de tu forma más callada,
al polvo donde la forma se reencuentra
con su propio nacimiento ya más libre.

Y sólo allí te he conocido.
Y he cercado a la muerte con tus manos.

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77 [3]

Buscaré lo perdido
para volver a perderlo
en el trámite oculto
de las nuevas cosechas.

Para que en cada grano
estén todas las germinaciones
y todos los fracasos,
todos los movimientos olvidados.

Para que el eco de la tierra
regrese a la tierra,
para que el eco del hombre
vuelva al hombre
como una palabra que no quiere partir.

Porque esta flor y su secreto
no pueden abrirse más que aquí.

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35 [4]

Ser nocturno.

La alegría tiene otro color de noche
y ya no se confunde
con los ensalmos despeinados de la felicidad.

La fe tiene otro color de noche
y apelando a sus múltiples mutaciones
acorrala a los templos más escondidos.

Tu rostro tiene otro color de noche
y también tiene otra forma,
más cerca del amor y de los límites.

Y hasta el día tiene otro color de noche,
encuentra otro sol en la sombra
y desprendido ya de su linaje
descubre sus raíces más finas.

Ser nocturno.

Pero la noche no se mueve.
Tampoco tiene color.
La noche está aquí.

Ser es ser noche.

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39 [5]

La nieve ha convertido al mundo en cementerio.
Pero el mundo ya era un cementerio
y la nieve sólo ha venido a publicarlo.

La nieve sólo ha venido a señalar,
con su delgado dedo sin articulaciones,
al verdadero y escandaloso protagonista.

La nieve es un ángel caído,
un ángel que ha perdido la paciencia.

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47 [6]

Los cipreses son índices erguidos,
pero no apuntan hacia arriba:
sólo levantan cierta materia extrema
para someterla a lo abierto.

Los cipreses no señalan nada.
O tal vez sólo a sí mismos
como lugares o estaciones predilectas
para detenerse los pájaros
o a veces una palabra abandonada,
que no es más que otro pájaro.

Pero los cipreses no son únicamente índices erguidos
que no señalan nada,
sino también ofertorios como lanzas,
misas que tampoco celebran ni propician a nadie,
salvo tal vez su propio gesto,
que ni los hombres ni los dioses comprenden.

Índices liberados
del abusivo sometimiento
de señalar nada más que una cosa,
lo mismo que el poema,
lo mismo que tus ojos,
como debieran ser todos los índices,
las señales, los signos:
celebraciones extendidas,
prolongaciones del ser
que señalan a la vez todas las cosas.
——————————
[1] En Poesía vertical, Madrid, Cátedra, 2012.
[2] De Sexta poesía vertical, 1975.
[3] De Séptima poesía vertical, 1982.
[4] De Octava poesía vertical, 1984.
[5] De Novena poesía vertical, 1987.
[6] De Décima poesía vertical, 1987.

domingo, 18 de enero de 2026

MERCEDES FOLGUEIRA. CINCO POEMAS [1]


somos campos de labor en el acero del riego
somos los pétalos que deshojan nuestros vientres
y el calor que entumece las semillas

somos la sal del mundo en el surco hostil del sueño
somos el bocado del buey de labor
y el agua que apura los centímetros de estío
agradeciendo de rodillas el sudor del ángelus

somos las durezas que anuncian la tierra yerma
los sinsabores del hierro desplazando a la humilde madera

somos el terrón de la obstinación
el obstáculo de un campo agrio
la espera de unas manos agrietadas de cal y orina

somos el rezo de un rostro vuelto al dios sol

tierra oxigenada en el convencimiento del castigo

carbono y herrumbre somos

lo que de nosotros hicieron al ararnos

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REJA

arrastras tu arado por este surco que nos va llevando de vuelta a lo que éramos. detrás de tu nostalgia, tu hija recoge los frutos de la culpa y la incomprensión como si fuesen dones de un cielo sin mácula.

dios mío, cómo hemos cambiado de estatura.

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CONCEPCIÓN

concebiste a tus padres mientras hacían el amor
antes de que lo hiciesen
antes de tocarse siquiera un poco como novios
antes de su corporeidad más cierta

miras con insistencia las cosas para concebirlas
reproduces en ellas tu ansia de origen

pero es tu amor y no su nombre lo que las pone en el mundo

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CUERPOS EXTRAÑOS

hay otros cuerpos
otras mareas vivas aún en los huecos de tus manos

los hay

y en la noche vienen y se acuestan contigo
se recuestan como yo me recuesto
valiente
en tu pecho
y te hablan y te miran como yo
pero sin verte

hay los cuerpos que fueron párpados
mareados del antes
y te rodearon en su carne
y los hendiste
y te hendieron

están los cuerpos que deseaste antes que el mío
y están todos aquí contigo hoy

hay más cuerpos que ritmos en el fondo de esta carne
me recuento a veces en su abultado esquema métrico

y temo que su aliento dibuje mi contorno
como el vaho pasajero del cristal en el presente

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LA FLOR AÚN

la flor alardea de un cáliz continuo
y de cómo redimen la tierra sus raíces

sangra su sangre de vértebra inmóvil
y esa alegría de féretro suya
encuentra la paz en la lenta cadencia hacia el sol

viene su rumor de la tierra
y sabe bien lo que la tierra guarda y lo que la tierra es…

viene su rumor desde el sepulcro a hablarme
de palabras estériles en el sépalo del descuido
envueltas en sus semas venenosos

cala blanco el miedo igual que el calcio
en la furia abdominal de los huesos

la palabra que la flor calcula
deshace en verdad la piedra de su raíz
——————————
[1] De El sueño del padre, León, Eolas, 2024.

domingo, 11 de enero de 2026

MARÍA TERESA GONZÁLEZ. CINCO POEMAS [1]


DE LA FRÍA SOLEDAD DE LAS ESTATUAS

I

Espérame
en las calles vacías
de esta hora nocturna y silenciosa.
Entre la bruma densa
que envuelve las estatuas,
en sus labios inútiles.

Espérame
sobre la escarcha fría
acariciando la piedra de sus pechos,
en el tiempo esculpido de sus auras.
En la inmovilidad eterna de sus brazos
condenados al cuerpo.

Espérame en las manos
cubiertas de oquedades,
sin latidos de venas, ni cartílagos,
sin el gozo erizando entre la carne
al vello suave, habitante del poro.

Espérame
en el cóncavo espejo
de sus pupilas ciegas,
que no pueden soñar mientras te miran.

II

Quizás cuando las sombras
dejen de aparearse en las esquinas,
y el rugido del viento
no arrastre en su embestida
los ecos de tu nombre.

Tal vez cuando la lluvia no muerda
de improviso las hojas polvorientas,
y no beba en mi piel la incertidumbre,
y el hastío diluya las cenizas
que cubren los estantes.

Cuando la copa vierta el agridulce
zumo de los ocres
en mi eterna resaca,
y la imagen deje de pasearse
borrosa e impúdica,
imperfecta.

Sólo entonces, quizás,
ya no te ame.

III

Nos arrebatarán las sombras de los sauces,
enterrarán sus cuerpos en estrechas aceras
y no diremos nada.

Arrancarán la hierba
donde estalla
la tempestad azul de la luciérnaga.

Rugirán las estatuas levantadas
bajo inmensas colmenas, desgarrando los cielos.
Amaremos sus cuerpos de alabastro,
beberemos la muerte de sus aguas
en los estanques muertos,
y no diremos nada.

Robarán la tersura de la arena,
y la sal de sus olas
habitará entre cóncavos cristales.

Sorberemos la luz de los espejos
y no habrá tiempo, ni rituales,
ni tierra para tantos cadáveres.

Y no diremos nada.
Nada.

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Gatos heridos de febrero
se persiguen. Olisquean
sobre oblicuos tejados
los húmedos aromas de los sexos.

Nos alcanza su celo
estallando en gemidos, deseos
rompiendo las penumbras
que engullen nuestros cuerpos.

En un súbito acorde
su lamento y mi grito,
alborotan las lunas de los pechos
de esta noche que quema
en los visillos.

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Te irás hacia las calles
con los oscuros dueños
que maúllan deseo en las
escalinatas.

Olearán en tu cuerpo
los íntimos vestigios de habernos
poseído
hasta quedarnos rotos,
como el tiempo que enhebran
las agujas.

Y sabrán que entre mis uñas
aún se quedan
pedazos de un desierto insatisfecho.

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De qué suero agridulce
se nutren los abrazos.
Qué gozo pudoroso,
perlándose minúsculo en las vellosidades,
ha domeñado al párpado y lo abate.

Qué corriente nacida
de mis pies y mis uñas
ha levantado un puente con mi cuerpo
a la encrespada vela
que viaja de tu océano
a mi encuentro

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Titilan como luciérnagas
las llamas de sus ojos.
Hay un ritual de patios
en sus lenguas.
Sobre el pelaje oscuro
gotean traslúcidas escarchas.

La noche es un ovillo
rodando entre sus patas,
rozando suavemente las auras
de sus pechos.
Las fauces entreabiertas
sisean diluviadas, del ungüento
del lodo,
del incansable tránsito
de todas las callejas.
——————————
[1] En Obra completa, Oviedo, Consejería de Cultura y Turismo del Principado de Asturias y Ediciones Trabe, 2008.

domingo, 4 de enero de 2026

GUTIERRE DE CETINA. CINCO POEMAS [1]


MADRIGAL I

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?

Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

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MADRIGAL II

Cubrir los bellos ojos
con la mano que ya me tiene muerto
cautela fue por cierto,
que ansí doblar pensastes mis enojos.

Pero de tal cautela
harto mayor ha sido el bien que el daño,
que el resplandor extraño
del sol se puede ver mientras se cela.

Así que aunque pensastes
cubrir vuestra beldad, única, inmensa,
yo os perdono la ofensa,
pues, cubiertos, mejor verlos dejastes.

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SONETO III

Entre armas, guerra, fuego, ira y furores
que al soberbio francés tienen opreso,
cuando el aire es más turbio y más espeso,
allí me aprieta el fiero ardor de amores.

Miro el cielo, los árboles, las flores,
y en ellos hallo mi dolor expreso,
que en el tiempo más frío y más avieso
nacen y reverdecen mis temores.

Digo llorando: «¡Oh dulce primavera!
¿Cuándo será que a mi esperanza vea,
verde, prestar al alma algún sosiego?»

Mas temo que mi fin mi suerte fiera
tan lejos de mi bien quiere que sea
entre guerra y furor, ira, armas, fuego.

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SONETO V

Horas alegres que pasáis volando,
porque, a vueltas del bien, mayor mal sienta;
sabrosa noche que, en tan dulce afrenta,
el triste despedir me vas mostrando;

importuno reloj que, apresurando
tu curso, mi dolor me representa;
estrellas ,con quien nunca tuve cuenta,
que mi partida vais acelerando;

gallo que mi pesar has denunciado,
lucero que mi luz va obscureciendo,
y tú, mal sosegada y moza aurora:

si en vos cabe dolor de mi cuidado,
id poco a poco el paso deteniendo,
si no puede ser más, siquiera un hora.

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SONETO VI

AL MONTE DONDE FUE CARTAGO

Excelso monte do el romano estrago
eterna mostrará vuestra memoria;
soberbios edificios do la gloria
aún resplandece de la gran Cartago;

desierta playa, que apacible lago
lleno fuiste de triunfos y vitoria;
despedazados mármoles, historia
en quien se lee cuál es del mundo el pago;

arcos, anfiteatros, baños, templo,
que fuistes edificios celebrados
y agora apenas vemos las señales:

gran remedio a mi mal es vuestro ejemplo,
que si del tiempo fuistes derribados,
el tiempo derribar podrá mis males.
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[1] En Poesía lírica del Siglo de Oro, Madrid, Cátedra, 1997.