domingo, 4 de octubre de 2026

ADA SALAS. CINCO POEMAS [1]


Como la piedra al pozo. [2]
Alguien que mira el hambre
con que cae

escucha el peso frío
que abre la tiniebla

y reconoce

la voz de un corazón que roza con el tiempo.

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Hunde [3]
la casa.
Trabaja noche y día
en destruirla
pues noche y día habías trabajado
para esconderte en ella.
Destruye hasta que nada
entre el escombro
te sea reconocible.
Comparte la intemperie
con otras alimañas.
Acostúmbrate al frío.
A ese brillo
mortal
de las estrellas
al ojo indescifrable
que habías olvidado.

Porque sólo las ruinas
—lo supiste
una vez
por qué en tu descuido
lo habías olvidado—
porque sólo las ruinas

pueden

en verdad

habitarse.

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voraz el vasto reino de la sombra.
J. A. Valente

Oyes [4]
bajo la quieta respiración del mar
el secreto perfil
de los ahogados.

En un centro infinito
en una oscuridad que no se mueve

unen

la rara luz de todos sus extremos.

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CALLAR Y OBRAR [5]

I
(Naturaleza muerta)

El membrillo.
Su forma.
Su color.
Más generoso cuanto más
maduro
                      no árbol ya
ni rama y ni siquiera
fruto
           un cuerpo
irregular
ofreciendo el milagro de su
putrefacción. Excediéndose. Dando todo
de sí
ofreciéndose al tacto
sirviendo de alimento a algún gusano
encarnando el sentido
de la contemplación —dejando que la luz
haga su sombra— haciendo de
su desaparición
este intenso perfume
este todo lo vivo
cabe en mí y de mí se desprende
este
me basta con
estar
encima de la mesa.

II
(Petirrojo)

Estoy
aquí

me ves

puedes mirarme.

III

Pulir. Pulirlo. Hacer
con el dolor
lo que el mar hace con las piedras.

Pulirlo hasta volverlo transparente hacerlo

joya.

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El vacío. [6]
Su piel como de escamas qué
protege. Tú eras el amor todo se abría
todo
bebía de tu luz. Ahora este cadáver
que
hay que enterrar
este despojo
que
se nos cae de las manos.
Lo que viene después de la alegría del
deslumbramiento. Lo que nos pesa
es no tener más vida.
——————————
[1] En Poética y poesía. Ada Salas, Madrid, Fundación Juan March, 2019.
[2] De Lugar de la derrota, 2003.
[3] De Esto no es el silencio, 2008.
[4] De Limbo y otros poemas, 2013.
[5] De Diez mandamientos, 2016.
[6] De Descendimiento, 2018.

domingo, 27 de septiembre de 2026

ELISABETH MULDER. CINCO POEMAS [1]


ESPERANZA [2]

Me sentaré a la orilla de este río
y junto al agua pura esperaré,
entregado a la calma mi albedrío
y encendida la antorcha de mi fe.

Sé que el día vendrá; el día bueno
y la mañana de resurrección,
como el antídoto de un veneno
que salve a mi corazón.

Esperaré el milagro; la divina
transformación de la penumbra en luz.
Aguardaré a que nazca la mañana

y a la orilla de esta agua cristalina
trocaré en palma la pesada cruz
y el miserere en triunfal hosanna...

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MANDAMIENTOS [3]

Vivir
todas las horas apasionadamente,
intensamente.
No ser
ni cobarde ni avara
de nada.
Sufrir
y sentir
plenamente.
Ni el dolor ni el placer
rechazar.
No negar.
No huir.
Y amar...

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CULTO INTERIOR [4]

A fuerza de sembrarte en el espíritu
florecerás Dios sabe en qué Universo...

El nombre inmóvil brotará algún día
de su tierra fecunda de silencio.
Y habrá otra estrella más bordando de oro
la túnica ligera de los cielos,
otra luz en la noche de los siglos,
otra aurora en la sombra de los tiempos.

Esencia destilada poco a poco
del íntimo fervor hecho tormento,
serás una molécula de aroma
recogida en el vaso de lo Cierto.
Nombre interior, dormido en el mutismo,
cuando despiertes, ¿qué nocturno inquieto
o qué día claro medirá tu ritmo
y acordará las notas de tu eco?

Ahora estás en mi espíritu encerrado
cual puede estarlo un cuerpo en otro cuerpo.
Yo, que no sé en qué mundo he de verterte
cuando rompas mi abrazo de silencio,
sé que vas a una vida que perdura
porque naciste de un temblor eterno.
Y espero verte subrayar la noche
con tu rubio fulgor, lucero nuevo,
sintiendo tus raíces luminosas
desprenderse del surco de mi seno.

A fuerza de sembrarte en el espíritu
florecerás Dios sabe en qué Universo...

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NOCTURNO SEXTO [5]

Lejanía del mar. Y siempre lejanía.
¿Soy yo, ante ti, forma, plasticidad,
viva arquitectura de mi verbo,
en el que existo?
¿O eres tú
quien me da los contornos
de mi voz, de mi angustia,
de mis múltiples ecos,
de mí misma?
Yo en ti navego, y tú
te tiendes en mis playas
a bañarme de espumas siempre vivas.
Con qué atroz claridad de claridades
me das mi dimensión,
mi lejanía,
mis límites, quebrados arenales,
mis ficciones de estrellas encendidas.

Horizonte clavado en mi horizonte,
mar sobre mar
y orilla sobre orilla.
Espejo de mi ritmo, reflejado
movimiento de mí, latir unísono,
sucesión uno y otro de sí mismo.
Ir y venir de transitorias olas,
mediodías, crepúsculos, esquivos
plenilunios magnéticos...
Abismos.
Yo bogando por ti,
tú por mis mares,
¡qué noche proyectada al infinito!
No. Nunca más soñar como he soñado.
No. Nunca más querer como he querido...
Y este pulso de amor ¿dónde lo vierto?
Y este sueño de ser ¿dónde lo vivo?

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CANCIÓN DE MARINERO EN EL DÍA [6]

¡Que se quiete ese laurel,
que lo voy a deshojar!
Lirio, tápate la cara,
desmáyate tú, rosal.
Vengo borracho de yodo,
y de velas, y de sal.
¡Que no me valga la tierra
lo que me ha valido el mar!

Vena henchida de esmeraldas,
sangre de joven temblar,
con eco de caracolas
y un acento de alquitrán,
¡traigo el corazón mecido
en cuna de pleamar!
Con combas de algas calientes
voy a ponerme a saltar
como entre rabo y cabeza
de un culebrón tropical.

El remo vale tu tronco,
bosque de verde piar,
y tú no tienes la risa
de la espuma de cristal
ni cuencas de arena tibia
donde a desnudarse van
olas de lomo pintado
como plumas de faisán.
Ni quiero brisa de nieve
ni quiero sol de zaguán.
¡Enciéndame un faro rojo
donde haya un pulso de mar!
——————————
[1] En Antología poética, Alicante, Biblioteca virtual Miguel de Cervantes, 2023.
[2] De Sinfonía en rojo, 1929.
[3] De La hora emocionada, 1931.
[4] De Paisajes y meditaciones, 1933.
[5] De Poemas mediterráneos, 1949.
[6] De Poemas mediterráneos, 1949.

domingo, 20 de septiembre de 2026

PABLO BALERIOLA. CINCO POEMAS [1]


ZONE XXIE SIÈCLE

à la fin tu es las de ce monde ancien
GUILLAUME APOLINAIRE

Al final te cansa hablar
de ese cansancio que pareces compartir
con todo el mundo.
                                 hasta la torre eiffel
está cansada de reproducirse
en forma de llaveros y películas
y series que hubo hay y habrá sobre parís.
hasta la ropa nueva expuesta
en los escaparates de una tienda
en westfield fórum des halles
te parece ya estrenada antes de tiempo
¿no te cansa de desear lo nuevo
y desechar lo viejo eternamente?
                                                       es imposible
detener la fecha de tu propia obsolescencia.

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MONOPRIX: VIVEMENT AUJOURD'HUI

il y a une scénographie de l'attente
ROLAND BARTHES

haciendo cola hace un momento
en el supermercado
imaginabas su reacción
de euforia contenida
al ver la cena que prepararás
para su vuelta a casa
del trabajo.
           en ese ritual de intimidad
reside toda tu esperanza
tu dosis mínima diaria de interés
hacia la vida sin saberlo.

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ESA MANO BLANCA EN TU HOMBRO NO ES REAL

para jorge

volví a pueblo lavanda.
volví porque dijeron que aquí
estaba el panteón de mi familia dividida
por la herencia de mi madre
la carroña alfanumérica revuelta
en la hojarasca
           de los datos consanguíneos
los abrazos fríos los tequiero
en funerales de provincia
y el sonido tan agudo
           de un mamífero llorando
y el sonido tan agudo de los 8 bits
en la cabeza
           y el sonido tan agudo
del violín en la noche transfigurada.

mi hermano me esperaba
en la frontera con la ruta 10
teníamos que atravesar el pueblo
(pueblo descampado del campo
                                 de cartagena)
dirigirnos a la torre y encontrar
a marowak con apariencia
de fantasma
           y tal vez a missingno
que le hacía rechinar los dientes
de ansiedad tan fuerte
tan agudo hermano tú sentías
tan aguda la ansiedad ante la pérdida.
el pokémon marowak conoce
la superación del duelo.
ser adulto es devenir la forma
de la madre muerta
           en nuestro propio cuerpo.

«¿crees en los fantasmas?
jajaja yo tampoco. esa mano blanca
en tu hombro no es real».

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GAME BOY COLOR GREEN

estoy en el verano del 2000 en casa
de la playa. lo que escondo aquí
debajo de la almohada es una game boy
color verde que le regalaron a mi hermano
y él no sabe que la estoy utilizando.

escucho que me llaman no contesto
vienen a buscarme. tengo que apagar
de golpe la consola. me doy cuenta
de que no he guardado nada me doy cuenta

de que todo acaba de perderse
en un blackout de imagen y sonido.
me doy cuenta de lo lento que es
crear otra partida de lo lento que es
crear en general cualquier historia

porque siempre hay que elegir
un nombre varios nombres rojo azul
fernando o alejandra. pienso «dentro
y fuera del cartucho soy un chico»,

pienso «dentro en clase y fuera
en la piscina me ahogarían los insultos
y las risas de los otros como siempre»

y pienso que en el fondo ese blackout
de imagen y sonido lo sentí
ya por primera vez el día que escuché
«hijo tienes otra madre
y falleció después del parto.»

me doy cuenta de que el nombre
de fernando o alejandra no cabría
en 7 caracteres. de lo lento que es
crear otra partida. de lo lento que es
crear en general cualquier historia.

me estoy dejando medio dedo
en el botón (y en el teclado) para nada
porque siempre acabo fuera
de combate porque en otro juego

siempre salgo de una curva poco antes
de alcanzar la meta. pero dicen
que no importa dicen que se puede
reiniciar. me dicen que la curva peligrosa
fue salir del útero aquel día.

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EL CIELO SABE LO MISERABLE QUE SOY AHORA MISMO

I was looking for a job and then I found the job
THE SMITHS

si mi padre viera cómo estoy viviendo
lloraría. si los niños que me acomplejaron
en la playa y el colegio vieran
cómo estoy ahora por dentro
se unirían para reparar un porcentaje
de mi dignidad. si yo supiera
realmente cómo estoy no escribiría
un texto literario escribiría
al terapeuta. no lo haré de todos modos.
——————————
[1] De Carne triste, Córdoba, Cántico, 2023.

domingo, 13 de septiembre de 2026

ÁLVARO MUTIS. CINCO POEMAS [1]


«UN BEL MORIR…»

De pie en una barca detenida en medio del río
cuyas aguas pasan en lento remolino
de lodos y raíces,
el misionero bendice la familia del cacique.
Los frutos, las joyas de cristal, los animales, la selva,
reciben los breves signos de la bienaventuranza.
Cuando descienda la mano
habré muerto en mi alcoba
cuyas ventanas vibran al paso del tranvía
y el lechero acudirá en vano por sus botellas vacías.
Para entonces quedará bien poco de nuestra historia,
algunos retratos en desorden,
unas cartas guardadas no sé dónde,
lo dicho aquel día al desnudarte en el campo.
Todo irá desvaneciéndose en el olvido
y el grito de un mono,
el manar blancuzco de la savia
por la herida corteza del caucho,
el chapoteo de las aguas contra la quilla en viaje,
serán asunto más memorable que nuestros largos abrazos.

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CIUDAD

Un llanto,
un llanto de mujer
interminable,
sosegado,
casi tranquilo.
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.
Primero un ruido de cerradura,
después unos pies que vacilan
y luego, de pronto, el llanto.
Suspiros intermitentes
como caídas de un agua interior,
densa,
imperiosa,
inagotable,
como esclusa que acumula y libera sus aguas
o como hélice secreta
que detiene y reanuda su trabajo
trasegando el blanco tiempo de la noche.
Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto,
hasta los solares donde se amontonan las basuras,
bajo las cúpulas de los hospitales,
sobre las terrazas del verano,
en las discretas celdas de la prostitución,
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,
en las medallas que reposan en joyeros de teca,
un llanto de mujer que ha llorado largamente
en el cuarto vecino,
por todos los que cavan su tumba en el sueño,
por los que vigilan la mina del tiempo,
por mí que lo escucho
sin conocer otra cosa
que su frágil rodar por la intemperie
persiguiendo las calladas arenas del alba.

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SEÑAL

Van a cerrar el parque.
En los estanques
nacen de pronto amplias cavernas
en donde un tenue palpitar de hojas
denuncia los árboles en sombra.
Una sangre débil de consistencia,
una savia rosácea,
se ha vertido sin descanso
en ciertos rincones del bosque,
sobre ciertos bancos.
Van a cerrar el parque
y la infancia de días impasibles y asoleados,
se perderá para siempre en la irrescatable tiniebla.
He alzado un brazo para impedirlo;
ahora, más tarde, cuando ya nada pueda hacerse.
Intento llamar y una gasa funeral
me ahoga todo sonido
no dejando otra vida
que ésta de cada día
usada y ajena
a la tensa vigilia de otros años.

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SONATA

Otra vez el tiempo te ha traído
al cerco de mis sueños funerales.
Tu piel, cierta humedad salina,
tus ojos asombrados de otros días,
con tu voz han venido, con tu pelo.
El tiempo, muchacha, que trabaja
como loba que entierra a sus cachorros,
como óxido en las armas de caza,
como alga en la quilla del navío,
como lengua que lame la sal de los dormidos,
como el aire que sube de las minas,
como tren en la noche de los páramos.
De su opaco trabajo nos nutrimos
como pan de cristiano o rancia carne
que se enjuta en la fiebre de los guettos.
A la sombra del tiempo, amiga mía,
un agua mansa de acequia me devuelve
lo que guardo de ti para ayudarme
a llegar hasta el fin de cada día.

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CANCIÓN DEL ESTE

A la vuelta de la esquina
un ángel invisible espera;
una vaga niebla, un espectro desvaído
te dirá algunas palabras del pasado.
Como agua de acequia, el tiempo
cava en ti su arduo trabajo
de días y semanas,
de años sin nombre ni recuerdo.
A la vuelta de la esquina
te seguirá esperando vanamente
ése que no fuiste, ése que murió
de tanto ser tú mismo lo que eres.
Ni la más leve sospecha,
ni la más leve sombra
te indica lo que pudiera haber sido
ese encuentro. Y, sin embargo,
allí estaba la clave
de tu breve dicha sobre la tierra.
——————————
[1] De Los trabajos perdidos, 1965.
En Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía 1948-1988, Madrid, Visor, 1992.

domingo, 26 de julio de 2026

EDUARDO GALEANO. CUATRO ARTÍCULOS [1]


EL HINCHA

Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio.
           Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno.
           Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos.
           Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música.
           Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.

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EL JUGADOR

Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina.
           El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar.
           Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo.
           En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:
           —Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.
           —¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero.
           O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo

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OBDULIO


Yo era chiquilín y futbolero, y como todos los uruguayos estaba prendido a la radio, escuchando la final de la Copa del Mundo. Cuando la voz de Carlos Solé me transmitió la triste noticia del gol brasileño, se me cayó el alma al piso. Entonces recurrí al más poderoso de mis amigos. Prometí a Dios una cantidad de sacrificios a cambió de que Él se apareciera en Maracaná y diera vuelta el partido.
           Nunca conseguí recordar las muchas cosas que había prometido, y por eso nunca pude cumplirlas. Además, la victoria de Uruguay ante la mayor multitud jamás reunida en un partido de fútbol había sido sin duda un milagro, pero el milagro había sido más bien obra de un mortal de carne y hueso llamado Obdulio Varela. Obdulio había enfriado el partido, cuando se nos venía encima la avalancha, y después se había echado el cuadro entero al hombro y a puro coraje había empujado contra viento y marea.
           Al fin de aquella jornada, los periodistas acosaron al héroe. Y él no se golpeó el pecho proclamando que somos los mejores y no hay quien pueda con la garra charrúa:
           —Fue casualidad —murmuró Obdulio, meneando la cabeza. Y cuando quisieron fotografiarlo, se puso de espaldas.
           Pasó esa noche bebiendo cerveza, de bar en bar, abrazado a los vencidos, en los mostradores de Río de Janeiro. Los brasileños lloraban. Nadie lo reconoció. Al día siguiente, huyó del gentío que lo esperaba en el aeropuerto de Montevideo, donde su nombre brillaba en un enorme letrero luminoso. En medio de la euforia, se escabulló disfrazado de Humphrey Bogart, con un sombrero metido hasta la nariz y un impermeable de solapas levantadas.
           En recompensa por la hazaña, los dirigentes del fútbol uruguayo se otorgaron a sí mismos medallas de oro. A los jugadores les dieron medallas de plata y algún dinero. El premio que recibió Obdulio le alcanzó para comprar un Ford del año 31, que fue robado a la semana.

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GARRINCHA


Alguno de sus muchos hermanos lo bautizó Garrincha, que es el nombre de un pajarito inútil y feo. Cuando empezó a jugar al futbol, los médicos le hicieron la cruz, diagnosticaron que nunca llegará a ser un deportista este anormal, este pobre resto del hambre y de la poliomelitis, burro y cojo, con un cerebro infantil, una columna vertebral hecha una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado.
           Nunca hubo un puntero derecho como él. En el Mundial del 58 fue el mejor de su puesto. En el Mundial del 62, el mejor jugador del campeonato. Pero a lo largo de sus años en las canchas, Garrincha fue más: él fue el hombre que dio más alegrías en toda la historia del futbol.
           Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo, la pelota un bicho amaestrado, el partido, una invitación a la fiesta. Garrincha no se dejaba sacar la pelota, niño defendiendo su mascota, y la pelota y él cometían diabluras que mataban de risa a la gente; él saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella lo corría. Garrincha ejercía sus picardías de malandra a la orilla de la cancha, sobre el borde derecho, lejos del centro; criado en los suburbios, en los suburbios jugaba. Jugaba para un club llamado Botafogo, que significa prendefuego, y ése era él; el botafogo que encendía los estadios, loco por el aguardiente y por todo lo ardiente, el que huía de las concentraciones, escapándose por la ventana, porque desde los lejanos andurriales lo llamaba alguna pelota que pedía ser jugada, alguna música que exigía ser bailada, alguna mujer que quería ser besada.
           ¿Un ganador? Un perdedor con buena suerte. Y la buena suerte no dura. Bien dicen en Brasil que si la mierda tuviera valor, los pobres nacerían sin culo.
           Garrincha murió de su muerte: pobre, borracho y solo.
——————————
[1] De El fútbol a sol y sombra, 1995.

domingo, 19 de julio de 2026

JUAN VILLORO. UN CUENTO [1]


«YO SOY FONTANARROSA»

—Te van a expulsar, pendejo —me dijo Kafka.
           Yo llevaba años sin tocar un balón y de pronto enfrentaba el pésimo humor de Kafka y los consejos de Chéjov, que de nada servían.
           Chéjov jugaba de medio escudo, no porque tuviera facultades, sino porque quería estar en el centro de la cancha, donde hay más gente para dar consejos. Desde el silbatazo inicial, gritó cosas apasionadas que nadie entendió. Como si hablara en ruso, el muy mamón. Por ahí del minuto 14 hubo una pausa (la pelota se fue a la cancha de al lado, donde un delantero anotó con ella un golazo inútil); mientras, Chéjov me recomendó marcar al extremo izquierdo a dos metros de distancia. Luego dijo:
           —Te va a fundir.
           Esto ya no era un consejo sino una negra hipótesis. No lo insulté porque yo no estaba en condiciones de discutir.
           Jugábamos en un potrero con más hoyos que pasto, no lo digo para disculparme —todo mundo sabe que las condiciones del terreno afectan por igual a los dos equipos— ni porque tenga mucho toque, pero intenté pases finos, de corte europeo, que fueron desfigurados por un hueco. Era como patear pepinos.
           Todos deslucían en ese campo, pero el pinche Kafka consideraba que yo jugaba peor. Cuando me preguntaron cuál era mi posición dije que lateral derecho. Siempre jugué de extremo derecho, pero he fumado demasiado y rebajé mi puesto.
           Carezco de fuelle y el dribling es una habilidad proletaria que desconozco. Me faltan potencia y picardía. Mi estilo es europeo, pero del tipo portugués. Ni muchas carreras ni muchos desbordes. Pases elegantes, alguna que otra pared, un fútbol de clase que no siempre se aprecia.
           Por desgracia, yo parecía un portugués en Angola. Todas las canchas populares de México están en África. Había que oír esos gritos y ver esa tierra agrietada: una contienda inter-tribus donde cada encontronazo hacía que una espiral de polvo subiera al cielo como una plegaria primitiva. ¡Y así querían que marcara al extremo izquierdo!
           Cuando conocí al equipo, me impresionó el porte de uno de los centrales, Tolstoi. El tipo parecía La Guerra y la paz. A su lado estaba Ben Okri. Tenía facha de basquetbolista y terribles ojos color carbón.
           No sé quién es Okri. Soy escritor pero leo poco porque no quiero influenciarme. Supongo que es un africano. En el fútbol está de moda tener africanos. Además, esa cancha era perfecta para un prófugo de los leones.
           Al otro lado, de lateral izquierdo, se movía el inquieto Kawabata. Un zurdo natural que disparaba diagonales imprevistas. Tampoco he leído a Kawabata, pero vi una película supercachonda basada en un texto suyo.
           Nuestro 10 era Cortázar. La verdad, era el único con idea de lo que hacía. Tocaba el balón como si hubiera nacido en Argentina. Un crack. Lo malo es que sus pases iban a dar a Joyce, un presuntuoso que se sentía hecho a mano. Cortázar le puso el balón en bandeja y Joyce disparó a las nubes, o al cielo gris donde debería haber nubes. Luego sonrió como si sus errores fueran geniales.
           Aunque los demás también se equivocaban, desde el principio se ensañaron conmigo. Por ahí del minuto 28, el extremo izquierdo me rebasó con facilidad, siguió de largo y Tolstoi y Ben Okri le salieron al paso. Los centrales demostraron lo que puede la fuerza bruta ante un jugador habilidoso: lo hicieron sándwich. El árbitro decretó penalti.
           Así nos metieron el primer gol. 28 minutos sin gol podía ser visto como una proeza para nuestro equipo, pero Hemingway, que sólo se animaba cuando había un conato de bronca, me vio con esos ojos que en las canchas reglamentarias significan: «nos vemos en los vestidores» y en las canchas donde no hay vestidores significan: «te voy a partir la madre», sin que haya que precisar el escenario.
           En la siguiente oportunidad en que el extremo izquierdo se quiso lucir, traté de meterle una zancadilla pero me salió una patada. Vi la tarjeta amarilla. Entonces fue cuando Kafka me dijo que me iban a expulsar por pendejo.
           Él era nuestro capitán. Siempre he respetado los códigos del fútbol, pero no me gustaba que un tipo con pelo de roedor (de hámster, para ser exacto) pusiera en entredicho su autoridad haciéndole caso a Chéjov, que me ordenaba como si fuera Johan Cruyff:
           —¡Abre la cancha!
           ¿Sabía él que dos horas antes yo estaba fumando mi quinto cigarro del día? ¿Que la coca y el trago me ayudan a vivir, siempre y cuando eso no implique correr? ¿Que la barriga me pesa como si fuera de otra persona? ¿Que la última vez que visité a mi ex mujer el elevador estaba descompuesto, tuve que subir por la escalera y llegué arriba con una cara tan preocupante que ella se abstuvo de insultarme?
           Obviamente no sabía nada. Él era Chéjov, instructor de inferiores. A su lado, Kafka parecía dispuesto a enviarme a una colonia penitenciaria.
           Jugaba por mi libertad, como todos los hombres de palabra verdadera, según dice el Subcomandante Marcos. Pero yo enfrentaba un desafío superior: estaba arrestado en la cancha.
           Nuestro equipo llevaba nombres de escritores en los dorsales. Eso era especial. Más especial era que mis diez compañeros trabajaban en la policía.
           Alguna vez le dije a mi ex esposa (entonces mi novia) que el fútbol significaba un estado de ánimo. He llorado con los goles del Cruz Azul y mi única fractura se debió al fútbol (pateé el refrigerador cuando nos eliminó el Santos). Afición no me falta. Cada vez que atravieso un parque y veo niños jugando, anhelo que se les vaya la pelota para devolvérselas con un toque que considero maestro, aunque le pegue al carrito de algodones de azúcar.
           Lo que me molesta es correr. El organismo se degrada con ese desgaste disfrazado de ejercicio. Correr envilece y correr en el trópico o a dos mil metros de altura envilece dos veces. Los mexicanos debemos caminar.
           El problema, mi problema, es que ese partido podía ser mi salvación. El fútbol regresaba como el peor estado de ánimo: la angustia del hombre acorralado.
           La mañana empezó mal. Abrí el periódico y vi el marcador del narcotráfico: cuatro ejecutados, dos en Zamora, mi ciudad natal, y dos en Guadalajara, donde estudié la universidad. Las ejecuciones se habían convertido en mi horóscopo. Si las víctimas caían en sitios que tenían que ver conmigo, el día era atroz.
           A pesar de las señales en contra, salí a la calle, y no sólo eso: salí con el Mecate. Me pidió que lo acompañara a Ciudad Moctezuma a ver a un mecánico baratísimo.
           El coche del Mecate revela que ya consultó a un mecánico baratísimo, pero necesitaba otro, a 15 kilómetros de donde estábamos, para cambiar el claxon que sonaba como si tuviera gripe.
           Todo esto resulta indigno de figurar en una historia, pero cuando uno se siente en deuda hace cosas indignas de figurar en una historia. El Mecate enseña Educación Física en una secundaria donde las tres maestras de Español están enamoradas de él. Gracias a eso, recomiendan mis libros juveniles y una vez al año me invitan a un auditorio donde reúnen a mil lectores cautivos. Entonces siento un poder magnífico. Con el Mecate iría a la Patagonia.
           Hicimos hora y media de camino. En el desayuno, yo había bebido una cafetera completa. Cuando pasamos junto a la Cabeza de Juárez, me estaba orinando. Apenas pude disfrutar la vista de ese horrendo monumento, el cráneo colosal del Benemérito de las Américas montado sobre un arco que lo hace ver aún más alucinatorio. Aunque no advertí toda la fealdad en su espectacular detalle, la imagen resultó profética.
           Entramos a un inmenso conglomerado de casitas de dos pisos donde la planta baja es ocupada por un negocio y la azotea por perros, antenas y tinacos. Cuando llegamos al taller, me pellizcaba la mejilla para que el dolor me distrajera.
           Minutos después oriné sobre un montón de piedras. El taller mecánico estaba junto a un sitio donde hacían lápidas para cementerios y figuras de yeso.
           Un hombre desesperado puede orinar entre futuras tumbas. Un hombre muy desesperado puede orinar sobre una estatua de Benito Juárez. Fue lo que hice.
           Me gusta contar el tiempo en las orinadas largas. Mi récord son dos minutos. Iba en el segundo 98 cuando alguien me tocó la espalda. Me volví y oriné los zapatos un policía.
           —Mira nomás, pendejo —el policía señaló sus pies; luego señaló lo que yo había tomado por una piedra—. ¿Ya viste?
           —¿Qué?
           —¡Measte a Juárez!
           Me acuclillé para ver la piedra y comprobé que, en efecto, se trataba de un busto en miniatura del Benemérito de las Américas. A su lado estaban Morelos con su pañuelo en la cabeza, Carranza con sus barbas, Allende con sus patillas. ¿Cómo no los había distinguido?
           Cuando me incorporé, un pelotón rodeaba al policía. Me vieron como si mis orines hubieran apagado la flama del Soldado Desconocido.
           Los policías estaban ahí para escoger una lápida en memoria de un compañero acribillado. La ocasión era solemne. Eso me lo dijeron después. En ese momento sólo criticaron lo que yo había hecho. Orinar una propiedad privada (ajena) es delito. Mancillar un símbolo patrio es un delito peor.
           Los policías de Ciudad Moctezuma llevaban un uniforme algo distinto al de los del D. F. Pero eso los distinguía menos que otro detalle: eran juaristas convencidos. Mi suerte había sido pésima: la cabeza de Juárez es la que más se parece a una piedra redonda.
           El celo histórico de los uniformados se confundía con el abuso de autoridad, pero un sexto sentido me indicó que decirlo podía ser nocivo para mi salud.
           Me llevaron a la patrulla sin que pudiera despedirme del Mecate. En el camino a la delegación, politizaron mi arresto. Me recordaron que la izquierda mexicana es juarista y que Ciudad Moctezuma está regida por la izquierda. El gobierno federal no le perdonaba a Juárez haber separado la Iglesia del Estado, ni haber sido indio.
           —La derecha es discriminatoria —dijo un policía.
           —Yo no discrimino a nadie —me defendí.
           —¡Te measte en Juárez!
           —Fue un accidente.
           —No hay accidentes, sólo hay consecuencias —contestó otro policía.
           Pensé que era una cita. Luego me pareció discriminatorio suponer que si un policía dice algo raro es una cita. Guardé silencio para no parecer antijuarista.
           No fuimos a la delegación porque hubo un 28 y un 04. Eso dijo el radio. La patrulla se desvió primero a una licorería que había sido asaltada y luego a una escuela donde encontraron una mochila con mariguana «que no era de nadie». Vi trabajar a los policías durante hora y media con dedicación. Esto resquebrajó algunos prejuicios que tengo sobre las fuerzas armadas.
           La siguiente sorpresa vino cuando me preguntaron a qué me dedicaba.
           —Soy escritor.
           —¿Le gusta el fútbol? —preguntaron, como si hubiera relación entre las dos cosas.
           —El fútbol es un estado de ánimo —dije, para demostrar que soy escritor.
           La frase no les interesó. Uno de los policías me escrutó como si buscara mis obras completas en el nacimiento del pelo:
           —A ver: ¿quién escribió La vorágine?
           Estaba muy nervioso y aún no me acostumbraba a respetar a la policía. Cuando el uniformado dijo «La vorágine» pensé que, en su condición de iletrado, malpronunciaba un título francés, algo así como La vorange. Como no sé francés, no quise ser pedante ni arriesgarme en falso con un autor:
           —No sé.
           No creyeron que fuera escritor.
           El operativo 28 y el 04 retrasaron a la patrulla en su principal meta del día: un partido en cancha grande.
           No les daba tiempo de dejarme en una celda y tuve que acompañarlos.
           En el trayecto sonó el radio:
           —«Houston, tenemos un problema».
           Luego siguió una conversación que la estática volvió incomprensible.
           —Llevamos un elemento —el policía que iba al volante dijo en su radio.
           Fuimos los últimos en llegar al campo. Los demás ya estaban vestidos, con camisetas a rayas azules y negras, como el Inter de Milán.
           —Nos falta un jugador —me explicó el policía que me había arrestado.
           Fue así como me entregaron la camiseta de Fontanarrosa.
           —Para ponértela, tienes que aprender esto —me dieron una tarjeta.
           El ayuntamiento izquierdista había lanzado un peculiar programa de promoción de la lectura entre los policías. Les daba uniformes a condición de que portaran nombres de escritores. Para vestir la camiseta, había que saber quién era el autor que la respaldaba. Después del partido se celebraba una velada literaria.
           Leí mi tarjeta: «Roberto Fontanarrosa fue un humorista que ayudó a pensar en serio. Dibujó la series de Boogie, el aceitoso y El renegau. Hincha del Rosario Central, escribió inmortales cuentos de fútbol. Su libro Una lección de vida resume en su título lo que dejó a sus lectores. Cuando murió, las barras pidieron que el estadio de Rosario llevara su nombre. Se reunía a hablar con los amigos en el Café Egipto. Ahí, una taza no deja de echar humo, por si el Negro regresa».
           Hace años escribí una nota un poco displicente sobre Una lección de vida. Quería mostrarme como escritor sofisticado y no me pareció correcto elogiar a un caricaturista. Ahora, la camiseta con su nombre podía congraciarme con los policías. Me la puse como una segunda piel.
           El policía que había conducido la patrulla resultó ser Chéjov. Justo cuando pensaba que un buen rendimiento en el partido podría salvarme se acercó a decir:
           —Estás arrestado. Vas a jugar, pero arrestado.
           ¿Puede alguien sobreponerse a semejante presión? Tenía tantas ganas de hacer las cosas bien que las piernas me temblaban.
           He omitido un detalle que no me queda más remedio que decir. Cuando los policías me detuvieron, les ofrecí un billete de cincuenta pesos. Me vieron con el rencor de un pueblo especialista en sacrificios humanos. Entonces les ofrecí cien, pensando que había un problema de cotización.
           —No aceptamos sobornos: esto no es el D. F.
           Había caído en un andurrial donde la norma era inflexible. Cuento esto para que se comprenda mi angustia en la cancha: esos policías no me iban a perdonar así nomás. Todo les parecía grave. Eran fanáticos juaristas que no se corrompían y esperaban que yo frenara al extremo izquierdo.
           Me apliqué en la marca, como si me entrenara el dictatorial Lavolpe, pero fui rebasado, metí el pie en un agujero, tropecé con Tolstoi, la pelota me rebotó en la espalda y el enredo se convirtió en un pase para el centro delantero rival: 0-2.
           En el segundo tiempo la vista se me nublaba de cansancio pero no me rendí. En algún minuto impreciso recibí un balón elevado, lo maté con el pecho y chuté con efecto. El balón salió como un planeta en miniatura, girando sobre su eje, y fue a dar al rincón donde anidan las arañas. En caso de contar con redes, aquello se hubiera visto como un golazo. El único problema es que esa era mi portería.
           Hemingway llegó dispuesto a matarme.
           —«Los valientes no asesinan» —cité la frase con que Guillermo Prieto salvó la vida de Benito Juárez.
           Debo reconocer que los policías juaristas respetan sus principios: Hemingway me perdonó la vida.
           Se podría pensar que el marcador de tres goles en contra, las condiciones del terreno y mi escasa capacidad de respirar en ese aire cuajado de polvo podían desanimarme, pero no fue así. Corrí por mi libertad, me barrí aunque no fuese necesario y fracturé al extremo izquierdo.
           El árbitro fue sádico: en vez de sacarme la segunda tarjeta amarilla y luego la roja, me sacó directamente la roja para enfatizar mi torpeza.
           Ya dije que en Ciudad Moctezuma hay leyes que se respetan. Cuando un futbolista es expulsado se le suspende dos partidos, aunque se trate de una liga amateur y las porterías no tengan redes. Por mi culpa, el verdadero Fontanarrosa se iba a perder lo que quedaba del campeonato.
           Salí de la cancha corriendo, para no retrasar el juego y permitir que mis compañeros anotaran tres goles para empatar. Atrás de mí venía Kafka.
           Se dirigió a un maletín de utilero y sacó unas esposas.
           Pasé el resto del partido encadenado a un poste.
           Ya sin mí, el equipo recibió otros dos goles, pero ellos no reconocieron que les hice falta. Después de los tres pitidos finales, volvieron a verme con ojos de sacrificio mesoamericano.
           Por primera vez consideré una suerte que respetaran la ley. Un poquito de impunidad habría bastado para que me asesinaran.
           ¿Qué podía hacer para calmarlos, recitar la frase famosa de Juárez: «El respeto al derecho ajeno es la paz»? Guardé silencio y eso me ayudó.
           Después del partido, el equipo debía asistir a la tertulia literaria. Tampoco ahora había tiempo para llevarme a la delegación.
           Los acompañé a un salón de la presidencia municipal. Entramos en uniforme, con caras de policías goleados, más tristes que las de los futbolistas.
           Me sentaron entre Kawabata y Okri. En ese momento, ocurrió algo desagradable: Jorge Linares entró al estrado por una puerta lateral.
           Los policías aplaudieron su llegada. A continuación, uno por uno se pusieron de pie, dijeron el nombre del escritor que llevaban en la espalda y recitaron su biografía. Cuando me tocó mi turno dije:
           —Yo soy Fontanarrosa.
           Linares me vio con atención. Nos conocíamos de nuestros inicios literarios. Él es de Colima y recibimos juntos la beca Jóvenes Creadores del Occidente.
           A pesar de sus ojeras, los dientes manchados de tabaco, el pelo ralo y la frente arrugada por sus fracasos literarios, Jorge era reconocible. Más difícil resultaba que me ubicara a mí, con la camiseta del Inter, en un equipo de policías de Ciudad Moctezuma.
           Recité lo que recordaba de la tarjeta. Jorge sabía de memoria las biografías porque él las había escrito. Me vio con incertidumbre, como si tratara de recordar algo.
           Lo que quería recordar era lo siguiente: en 1998 nos peleamos por Fontanarrosa. Me acuerdo bien porque fue el año del Mundial de Francia. Jorge era entonces jefe de redacción de una revista que desprecio pero donde a veces publico porque soy plural. Escribí para ellos la reseña de Una lección de vida. Jorge la rechazó con estos argumentos:
           —No te atreves a decir que el autor te gusta porque te parece populachero y tú quieres ser el escritor más fino de Zamora. El epígrafe de Adorno no viene al caso: lo pusiste para lucirte.
           El comentario me molestó por veraz. Había leído a Fontanarrosa con gusto y mis reparos eran caprichosos (lo acusé de colonialista por escribir «mejicano» en vez de «mexicano»). Sin embargo, en ese momento pensé que Jorge quería bloquear mi carrera, me odiaba por ser un mejor escritor del Occidente y sólo se interesaba en Fontanarrosa por estar enfermo del fútbol.
           Poco después, Jorge dejó el trabajo de jefe de redacción, se fue como corresponsal al Mundial de Francia y comenzó el sostenido hundimiento que ha sido su trayectoria. No volvió a escribir cuentos. Adquirió la deleznable notoriedad de un cronista de fútbol y apareció en programas deportivos donde parecía intelectual porque nadie lo entendía. Mientras él se sometía al declive de alguien que sólo concibe una metáfora si incluye un balón, yo aprovechaba el tiempo de otro modo. No puedo decir que me haya consagrado, pero soy uno de los autores juveniles más leídos de México, especialmente en la escuela del Tomate, y el año pasado recibí la Mazorca de Plata para autores del Occidente. Si ahora Jorge Linares me odia es por envidia.
           Después de que recitamos las biografías, él leyó unos textos que hicieron reír mucho a los policías. En la sección de preguntas y respuestas, mis compañeros de equipo revelaron que lo habían leído con admiración, y no sólo a él, sino a otros autores que mencionaron al lado de Zidane y Figo. Al terminar la lectura, rodearon a Jorge para pedirle autógrafos, como si fuera Maradona.
           Cuando lo dejaron libre, él se acercó a preguntar:
           —¿Qué haces aquí?
           —Yo soy Fontanarrosa —repetí, como si no pudiera decir nada más.
           —Un grande —dijo él.
           —Grandísimo —agregué, con tardía sinceridad.
           En ese momento el Mecate entró a la sala. Me había buscado por toda Ciudad Moctezuma y al descubrirme gritó mi nombre como un náufrago que ve una gaviota.
           La expresión de Jorge no cambió:
           —¿Qué haces aquí? —insistió.
           —Me arrestaron —contesté, y le conté mi historia.
           Los policías le tenían respeto a Jorge. Nos dejaron hablar, sin interrumpirnos ni acercarse a nosotros. La situación cobró tal rigidez que ni siquiera el Tomate se aproximó. Fue un momento extraño, como cuando los capitanes de los equipos discuten en la cancha y nadie se les acerca. Una pausa dramática en la que dos rivales resuelven algo urgente. Segundos después volverán a odiarse. En ese instante, concentran las miradas del estadio entero y sus compañeros aguardan como estatuas. ¿Hay mayor tensión que la de los enemigos que acuerdan algo? Ese diálogo no califica como una jugada; al contrario: suspende el partido, ocurre fuera del tiempo, en una lógica paralela, inescrutable, que agrega un elemento extraño, que nadie desea pero contra el que no se puede hacer nada, un pacto oscuro y preocupante, el de los adversarios forzados a coincidir. Así nos vieron los demás, o así quise que nos vieran.
           Cuando acabamos de hablar, Jorge se dirigió a los policías y me dejaron libre. Ellos lo hubieran obedecido en cualquier cosa. Pude regresar a casa, en el coche del Tomate, al que ahora le sonaba el claxon cuando caíamos en un bache.
           ¿Qué fue lo que Jorge Linares me dijo en aquel conciliábulo? Contó que había perdido la facultad de escribir historias. No se le ocurría nada. Sólo podía narrar lo sucedido en una cancha de fútbol. Me pidió mi historia a cambio de mi libertad. Acepté porque no me quedaba más remedio:
           —«Una lección de vida» —recité.
           Jorge me dio un abrazo. Olía a tequila y a jabón barato.
           Sentí lástima por él. Luego me irritó no haberme dado cuenta de que lo mío era una historia.
           Al despedirse, Jorge se hizo el interesante:
           —Un defensa debe dejar que pase la pelota o pase el jugador, pero no a los dos. La literatura es igual: a veces pasa la historia, pero no el autor.
           El hijo de puta se quedó con mi cuento. No digo que yo lo hubiera escrito como Borges, pero sí como un mejor escritor del Occidente. Modestia aparte, él tiene el tema, pero no tiene mi voz.
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[1] En La hinchada te saluda jubilosa, 2007.

sábado, 11 de julio de 2026

OSVALDO SORIANO. UN CUENTO [1]


EL PENAL MÁS LARGO DEL MUNDO

El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del Valle de Rio Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío.
           Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del rio. Tenía un equipo de futbol que participaba en el campeonato del Valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.
           Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían.
           En 1958 empezaron ganándole uno a cero a Escudo Chileno, otro club de miseria.
           A nadie le llamó la atención eso. En cambio, un mes después cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran punteros del torneo, en los doce pueblos del Valle empezó a hablarse de ellos.
           Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero nadie imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.
           Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en la frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban por su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos cómo ganaban si eran tan malos.
           Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaban botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaba en la heladera.
           Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos los recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martin por 2 a 1. En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.
           EI último enfrentamiento fue histórico por el penal. EI estadio estaba repleto y los techos de las casas vecinas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.
           EI referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.
           Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavo un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró al área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalizado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordeno disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
           Según el tribunal de la Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio y a puertas cerradas. De manera que el penal duró una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero. Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borceguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:
           —Constante los tira a la derecha.
           —Siempre —dijo el presidente del club.
           —Pero él sabe que yo sé.
           —Entonces estamos jodidos.
           —Sí, pero yo sé que él sabe —dijo el Gato.
           —Entonces tirate a la izquierda y listo —dijo uno de los que estaban en la mesa.
           —No. Él sabe que yo sé que él sabe —dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.
           —El Gato está cada vez más raro —dijo el presidente del club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio. El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
           —¿Lo vas a atajar? —le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
           —No sé. ¿Qué me cambia eso? —preguntó.
           —Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
           —Yo me voy a consagrar cuando la rubia de Ferreira me quiera querer —dijo y silbó al perro para volver a su casa.
           El viernes, la rubia de Ferreira estaba atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como un sandía abierta.
           —Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
           —Pobre tipo —dijo ella con una mueca y ni miró las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.
           A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de Ferreira se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.
           El sábado a la tarde, el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear por las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.
           —¿Y yo cómo sé? —dijo él.
           —¿Cómo sabes qué?
           —Si me tengo que tirar para ese lado.
           La rubia Ferreira lo tomo de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.
           —En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién —dijo ella.
           —¿Y si no lo atajo? —preguntó él.
           —Entonces quiere decir que no me querés —respondió la rubia, y volvieron al pueblo.
           EI domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.
           El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba adonde esperaban los hinchas de Estrella Polar.
           A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señalaba la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato. Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el árbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio. Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacia dónde tiraría Constante Gauna.
           En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena se relatores organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiracion.
           Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco, musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces —contó después— que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
           A las cuatro menos cuarto, Herminia Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacia el arco, el referí sintió que los ojos se le reviraban y cayó de espaldas echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacia el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. EI Gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.
           El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacia Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba «¡no vale, no vale!».
           La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el «no vale» llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.
           Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue «qué paso» y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.
           Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofrecía el tiro a Padini y recién después fue hacia la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.
           El pelotazo salió hacia la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Constante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.
           Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en puntas de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreira sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota adentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.
           —Bien, pibe —me dijo—. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.
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[1] En Arqueros, ilusionistas y goleadores, 1998.