MUERTE DE AQUILES
Ser uno con la certeza, con el ojo del espejo
por el que mira,
como si todo el piso de pensionista
estuviera lleno por un vacío que cicatriza.
Estar solo es estar frente a una multitud.
Lo saben las fotos —sepia— apiladas bajo las gafas,
el fantasma del hijo y de la exmujer
o las viejas medallas de héroe de guerra
que ya no tienen el peso para sujetar su alma
(como si un pisapapeles ya no tuviera la fuerza
para sujetar el peso del poema
que nos nombra).
Ha llegado la hora.
Cierra las cortinas como si abriera un bosque.
Toda su sangre es como un incendio de átomos.
Y, desde allí, desde su viejo sofá vegetal,
uno ya con sus huesos y su reumatismo,
mira el cuadro donde sonríe bajo el yelmo,
volviendo del frente.
Su carta de despedida le llegó ya a Herbert
—mi suegro, otro pájaro de nieve—,
así que ya puede tirar de las alas del hipogrifo
para bajar el telón.
No hace falta poner a la hora su viejo reloj de arena
ni esperar los nuevos resultados de la quimioterapia,
sesenta años como médico son suficientes
para saber que la metástasis te abraza hasta abrasarte.
No hay tiempo para saldar deudas
—si las hubiese—,
tampoco para lamer la hiel que brota del miedo.
Ha preparado la jeringuilla por última vez
y la acerca a su talón,
donde una antigua cicatriz le recuerda
que el cuerpo no es más que el vendaje del alma.
Cuando su teléfono timbra,
es su otro yo el que lo llama
y le dice que por fin terminó la guerra.
¿Hay traiciones que nos salvan?
¿O es que debemos buscar el sentido de la vida
hasta descubrir que vamos
en dirección contraria?
֍ ֍ ֍
VOCACIÓN DE NÁUFRAGO
He vuelto al viejo acuario donde siempre puedo ser yo.
Lo visito desde niño,
cuando creía que los peces brotaban de semillas,
de las mismas que, según me dijeron, todos brotamos.
Pero no lo reconozco.
En la primera pecera
—en la que solía habitar una salamandra—,
han escrito que la raya «cola de vaca»
es el único pez que aparece «mugir».
Y sí, ahora hay una raya que se me acerca,
queriendo decirme algo,
—debe de ignorar que soy su asfixia detrás del cristal.
Su pequeño hocico toca la punta de mis dedos,
pero al verme reflejado en ella, la abandono:
es lo único que sé hacer.
Por lo visto, en cada una de las peceras
los animales quieren hablarme.
¿Cómo nos veremos a través del cristal,
si solo somos reales en los ojos que nos ven?
Soy el único visitante,
lo comprendo al ver cómo trotan hacia mí, relinchando,
los caballitos de mar.
Salgo, huyendo de lo que soy.
Este es el único acuario
donde son los peces quienes vienen a ver
a los que caemos.
Deben de creer
que la vocación de náufrago
es más necesaria que la de marinero.
¿Hasta cuándo nos pedirán cuentas
esos que hemos dejado de ser?
֍ ֍ ֍
MAL DE OJO
Tiene cerca de mil años
y su savia roja ha sido utilizada
tanto como para rituales mágicos
como para barnizar violines.
Sangre de Drago, la llaman.
La vemos aquí, discurriendo solitaria
en una planta herida por un picotazo del tiempo.
No dejo de pensar que, de niño,
me la daban para el dolor de estómago
o para tratarme del mal de ojo,
eso qué sucede cuando el espíritu de alguien
«te mal mira».
Quizá porque los seres ocultos
viven de la luz que te rodea.
Un lagarto detiene frente a nosotros
y nos mira fijamente.
Siento que su mirada cae dentro de mí,
como si su sangre fría
ocupase de pronto nuestra mirada.
El lagarto huye al ver que quiero fotografiarlo.
Me riñes:
«no debes verte en los animales de sangre fría».
«Caben seis personas dentro del Drago milenario»,
nos dijo la chica que nos dio el mapa del parque.
Seis personas caben dentro de ti,
como esas seis edades
que poco a poco van desapareciendo
en nosotros
porque somos, en realidad, un único fantasma.
El lagarto vuelve, pero ya sin cola.
Puede que así haya sido la niñez:
ir perdiendo partes de nosotros
para seguir siendo.
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SENTIRSE PÁJARO
Creíamos que era un juego:
saltar de piedra en piedra para llegar a ser uno
con su reflejo, pero no,
el cangrejo huye de unas iguanas que lo persiguen
y que, como pequeños dioses,
parecen caminar sobre el agua.
Intuyen que es cuestión de tiempo atraparlo.
El cangrejo lo sabe.
Su padre ya las conocía
y le enseñó a saltar sin miedo entre las olas.
«Para saltar al vacío hace falta ser el vacío»,
supongo que le dijeron, como a mí.
Las iguanas no dejan de correr tras él.
Estamos tan sorprendidos de la persecución
que no la vimos dando vueltas,
no, ninguno vio su mirada caer sobre nosotros
y ahora es tarde:
el pico mojado de estrellas de una gaviota
atraviesa el mar
y se lleva al cangrejo.
Mientras asciende, me imagino su pensamiento.
Cuántas veces se habrá imaginado volar,
escapar para siempre
de esta persecución perpetua.
Por un momento,
lo veo sonreír antes de ser engullido:
al fin debe sentirse pájaro.
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¿POR QUÉ LOS DÁLMATAS TIENEN MANCHAS?
«¿Cuál es la diferencia entre una vaca y una cebra?».
Apenas tienes tres años
y las alas —provisionales— de leche.
«¿No sabes que las cebras son seres negros
con rayas blancas,
y que, en cambio, las vacas llevan mapas pintados?».
(Claro que no lo sabes, como no sabes que tu padre,
mi hermano, sigue cayendo
a pesar de que está justo frente a nosotros).
Me coges la mano y el tiempo se detiene.
No dejas de hacerme preguntas.
«¿Cuál es la diferencia entre un zorro y un perro?».
«Como nosotros, los perros tienen fantasmas»,
te respondo.
Cojo tus pequeñas manos y las pongo sobre mi pecho.
«Aquí dentro hay un perro —te digo—,
¿no escuchas sus ladridos?».
«¿Qué sentiste en tu último día de ser niño?»
Como no te respondo, insistes en llamarme.
Seguimos la charla sin hacerte caso.
Te acercas entonces a mi oído:
«Tú, si te rompes, que sea por las costuras, ¿vale?».
A diferencia de la vejez,
la niñez se entierra viva.
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[1]
De
Vocación de náufrago,
Madrid, Visor, 2025.






