domingo, 1 de febrero de 2026

NILTON SANTIAGO. CINCO POEMAS [1]


MUERTE DE AQUILES

Ser uno con la certeza, con el ojo del espejo
por el que mira,
como si todo el piso de pensionista
estuviera lleno por un vacío que cicatriza.

Estar solo es estar frente a una multitud.

Lo saben las fotos —sepia— apiladas bajo las gafas,
el fantasma del hijo y de la exmujer
o las viejas medallas de héroe de guerra
que ya no tienen el peso para sujetar su alma
(como si un pisapapeles ya no tuviera la fuerza
para sujetar el peso del poema
                                                       que nos nombra).

Ha llegado la hora.
Cierra las cortinas como si abriera un bosque.
Toda su sangre es como un incendio de átomos.

Y, desde allí, desde su viejo sofá vegetal,
uno ya con sus huesos y su reumatismo,
mira el cuadro donde sonríe bajo el yelmo,
volviendo del frente.

Su carta de despedida le llegó ya a Herbert
—mi suegro, otro pájaro de nieve—,
así que ya puede tirar de las alas del hipogrifo
para bajar el telón.

No hace falta poner a la hora su viejo reloj de arena
ni esperar los nuevos resultados de la quimioterapia,
sesenta años como médico son suficientes
para saber que la metástasis te abraza hasta abrasarte.

No hay tiempo para saldar deudas
—si las hubiese—,
tampoco para lamer la hiel que brota del miedo.
Ha preparado la jeringuilla por última vez
y la acerca a su talón,
donde una antigua cicatriz le recuerda
que el cuerpo no es más que el vendaje del alma.

Cuando su teléfono timbra,
es su otro yo el que lo llama
y le dice que por fin terminó la guerra.

¿Hay traiciones que nos salvan?

¿O es que debemos buscar el sentido de la vida
hasta descubrir que vamos
                                            en dirección contraria?

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VOCACIÓN DE NÁUFRAGO

He vuelto al viejo acuario donde siempre puedo ser yo.
Lo visito desde niño,
cuando creía que los peces brotaban de semillas,
de las mismas que, según me dijeron, todos brotamos.

Pero no lo reconozco.
En la primera pecera
—en la que solía habitar una salamandra—,
han escrito que la raya «cola de vaca»
es el único pez que aparece «mugir».

Y sí, ahora hay una raya que se me acerca,
queriendo decirme algo,
—debe de ignorar que soy su asfixia detrás del cristal.
Su pequeño hocico toca la punta de mis dedos,
pero al verme reflejado en ella, la abandono:
es lo único que sé hacer.

Por lo visto, en cada una de las peceras
los animales quieren hablarme.

¿Cómo nos veremos a través del cristal,
si solo somos reales en los ojos que nos ven?

Soy el único visitante,
lo comprendo al ver cómo trotan hacia mí, relinchando,
los caballitos de mar.
Salgo, huyendo de lo que soy.

Este es el único acuario
donde son los peces quienes vienen a ver
a los que caemos.

Deben de creer
que la vocación de náufrago
es más necesaria que la de marinero.

¿Hasta cuándo nos pedirán cuentas
esos que hemos dejado de ser?

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MAL DE OJO

Tiene cerca de mil años
y su savia roja ha sido utilizada
tanto como para rituales mágicos
como para barnizar violines.

Sangre de Drago, la llaman.
La vemos aquí, discurriendo solitaria
en una planta herida por un picotazo del tiempo.

No dejo de pensar que, de niño,
me la daban para el dolor de estómago
o para tratarme del mal de ojo,
eso qué sucede cuando el espíritu de alguien
«te mal mira».

Quizá porque los seres ocultos
viven de la luz que te rodea.

Un lagarto detiene frente a nosotros
y nos mira fijamente.
Siento que su mirada cae dentro de mí,
como si su sangre fría
ocupase de pronto nuestra mirada.

El lagarto huye al ver que quiero fotografiarlo.

Me riñes:
«no debes verte en los animales de sangre fría».

«Caben seis personas dentro del Drago milenario»,
nos dijo la chica que nos dio el mapa del parque.

Seis personas caben dentro de ti,
como esas seis edades
que poco a poco van desapareciendo
en nosotros
porque somos, en realidad, un único fantasma.

El lagarto vuelve, pero ya sin cola.

Puede que así haya sido la niñez:
ir perdiendo partes de nosotros
                                                       para seguir siendo.

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SENTIRSE PÁJARO

Creíamos que era un juego:
saltar de piedra en piedra para llegar a ser uno
con su reflejo, pero no,
el cangrejo huye de unas iguanas que lo persiguen
y que, como pequeños dioses,
parecen caminar sobre el agua.
Intuyen que es cuestión de tiempo atraparlo.

El cangrejo lo sabe.
Su padre ya las conocía
y le enseñó a saltar sin miedo entre las olas.

«Para saltar al vacío hace falta ser el vacío»,
supongo que le dijeron, como a mí.
Las iguanas no dejan de correr tras él.

Estamos tan sorprendidos de la persecución
que no la vimos dando vueltas,
no, ninguno vio su mirada caer sobre nosotros
y ahora es tarde:
el pico mojado de estrellas de una gaviota
atraviesa el mar
y se lleva al cangrejo.

Mientras asciende, me imagino su pensamiento.

Cuántas veces se habrá imaginado volar,
escapar para siempre
de esta persecución perpetua.

Por un momento,
lo veo sonreír antes de ser engullido:

al fin debe sentirse pájaro.

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¿POR QUÉ LOS DÁLMATAS TIENEN MANCHAS?

«¿Cuál es la diferencia entre una vaca y una cebra?».

Apenas tienes tres años
y las alas —provisionales— de leche.
«¿No sabes que las cebras son seres negros
con rayas blancas,
y que, en cambio, las vacas llevan mapas pintados?».

(Claro que no lo sabes, como no sabes que tu padre,
mi hermano, sigue cayendo
a pesar de que está justo frente a nosotros).

Me coges la mano y el tiempo se detiene.
No dejas de hacerme preguntas.
«¿Cuál es la diferencia entre un zorro y un perro?».

«Como nosotros, los perros tienen fantasmas»,
te respondo.
Cojo tus pequeñas manos y las pongo sobre mi pecho.
«Aquí dentro hay un perro —te digo—,
¿no escuchas sus ladridos?».

«¿Qué sentiste en tu último día de ser niño?»

Como no te respondo, insistes en llamarme.
Seguimos la charla sin hacerte caso.

Te acercas entonces a mi oído:
«Tú, si te rompes, que sea por las costuras, ¿vale?».

A diferencia de la vejez,
la niñez se entierra viva.
——————————
[1] De Vocación de náufrago, Madrid, Visor, 2025.

domingo, 25 de enero de 2026

ROBERTO JUARROZ. CINCO POEMAS [1]


68 [2]

He descartado la mirada para conocerte.
He descartado también la dulce analogía
entre tu rostro y la vida.
He cortado los hilos, las certezas
y el tiempo inimitable de estar juntos.
Y aún más: he descolgado el vacío
para ponerlo entre ambos como un juego dormido,
como una nota sin instrumento.

He bajado a la tierra distante
de tu forma más callada,
al polvo donde la forma se reencuentra
con su propio nacimiento ya más libre.

Y sólo allí te he conocido.
Y he cercado a la muerte con tus manos.

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77 [3]

Buscaré lo perdido
para volver a perderlo
en el trámite oculto
de las nuevas cosechas.

Para que en cada grano
estén todas las germinaciones
y todos los fracasos,
todos los movimientos olvidados.

Para que el eco de la tierra
regrese a la tierra,
para que el eco del hombre
vuelva al hombre
como una palabra que no quiere partir.

Porque esta flor y su secreto
no pueden abrirse más que aquí.

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35 [4]

Ser nocturno.

La alegría tiene otro color de noche
y ya no se confunde
con los ensalmos despeinados de la felicidad.

La fe tiene otro color de noche
y apelando a sus múltiples mutaciones
acorrala a los templos más escondidos.

Tu rostro tiene otro color de noche
y también tiene otra forma,
más cerca del amor y de los límites.

Y hasta el día tiene otro color de noche,
encuentra otro sol en la sombra
y desprendido ya de su linaje
descubre sus raíces más finas.

Ser nocturno.

Pero la noche no se mueve.
Tampoco tiene color.
La noche está aquí.

Ser es ser noche.

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39 [5]

La nieve ha convertido al mundo en cementerio.
Pero el mundo ya era un cementerio
y la nieve sólo ha venido a publicarlo.

La nieve sólo ha venido a señalar,
con su delgado dedo sin articulaciones,
al verdadero y escandaloso protagonista.

La nieve es un ángel caído,
un ángel que ha perdido la paciencia.

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47 [6]

Los cipreses son índices erguidos,
pero no apuntan hacia arriba:
sólo levantan cierta materia extrema
para someterla a lo abierto.

Los cipreses no señalan nada.
O tal vez sólo a sí mismos
como lugares o estaciones predilectas
para detenerse los pájaros
o a veces una palabra abandonada,
que no es más que otro pájaro.

Pero los cipreses no son únicamente índices erguidos
que no señalan nada,
sino también ofertorios como lanzas,
misas que tampoco celebran ni propician a nadie,
salvo tal vez su propio gesto,
que ni los hombres ni los dioses comprenden.

Índices liberados
del abusivo sometimiento
de señalar nada más que una cosa,
lo mismo que el poema,
lo mismo que tus ojos,
como debieran ser todos los índices,
las señales, los signos:
celebraciones extendidas,
prolongaciones del ser
que señalan a la vez todas las cosas.
——————————
[1] En Poesía vertical, Madrid, Cátedra, 2012.
[2] De Sexta poesía vertical, 1975.
[3] De Séptima poesía vertical, 1982.
[4] De Octava poesía vertical, 1984.
[5] De Novena poesía vertical, 1987.
[6] De Décima poesía vertical, 1987.

domingo, 18 de enero de 2026

MERCEDES FOLGUEIRA. CINCO POEMAS [1]


somos campos de labor en el acero del riego
somos los pétalos que deshojan nuestros vientres
y el calor que entumece las semillas

somos la sal del mundo en el surco hostil del sueño
somos el bocado del buey de labor
y el agua que apura los centímetros de estío
agradeciendo de rodillas el sudor del ángelus

somos las durezas que anuncian la tierra yerma
los sinsabores del hierro desplazando a la humilde madera

somos el terrón de la obstinación
el obstáculo de un campo agrio
la espera de unas manos agrietadas de cal y orina

somos el rezo de un rostro vuelto al dios sol

tierra oxigenada en el convencimiento del castigo

carbono y herrumbre somos

lo que de nosotros hicieron al ararnos

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REJA

arrastras tu arado por este surco que nos va llevando de vuelta a lo que éramos. detrás de tu nostalgia, tu hija recoge los frutos de la culpa y la incomprensión como si fuesen dones de un cielo sin mácula.

dios mío, cómo hemos cambiado de estatura.

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CONCEPCIÓN

concebiste a tus padres mientras hacían el amor
antes de que lo hiciesen
antes de tocarse siquiera un poco como novios
antes de su corporeidad más cierta

miras con insistencia las cosas para concebirlas
reproduces en ellas tu ansia de origen

pero es tu amor y no su nombre lo que las pone en el mundo

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CUERPOS EXTRAÑOS

hay otros cuerpos
otras mareas vivas aún en los huecos de tus manos

los hay

y en la noche vienen y se acuestan contigo
se recuestan como yo me recuesto
valiente
en tu pecho
y te hablan y te miran como yo
pero sin verte

hay los cuerpos que fueron párpados
mareados del antes
y te rodearon en su carne
y los hendiste
y te hendieron

están los cuerpos que deseaste antes que el mío
y están todos aquí contigo hoy

hay más cuerpos que ritmos en el fondo de esta carne
me recuento a veces en su abultado esquema métrico

y temo que su aliento dibuje mi contorno
como el vaho pasajero del cristal en el presente

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LA FLOR AÚN

la flor alardea de un cáliz continuo
y de cómo redimen la tierra sus raíces

sangra su sangre de vértebra inmóvil
y esa alegría de féretro suya
encuentra la paz en la lenta cadencia hacia el sol

viene su rumor de la tierra
y sabe bien lo que la tierra guarda y lo que la tierra es…

viene su rumor desde el sepulcro a hablarme
de palabras estériles en el sépalo del descuido
envueltas en sus semas venenosos

cala blanco el miedo igual que el calcio
en la furia abdominal de los huesos

la palabra que la flor calcula
deshace en verdad la piedra de su raíz
——————————
[1] De El sueño del padre, León, Eolas, 2024.

domingo, 11 de enero de 2026

MARÍA TERESA GONZÁLEZ. CINCO POEMAS [1]


DE LA FRÍA SOLEDAD DE LAS ESTATUAS

I

Espérame
en las calles vacías
de esta hora nocturna y silenciosa.
Entre la bruma densa
que envuelve las estatuas,
en sus labios inútiles.

Espérame
sobre la escarcha fría
acariciando la piedra de sus pechos,
en el tiempo esculpido de sus auras.
En la inmovilidad eterna de sus brazos
condenados al cuerpo.

Espérame en las manos
cubiertas de oquedades,
sin latidos de venas, ni cartílagos,
sin el gozo erizando entre la carne
al vello suave, habitante del poro.

Espérame
en el cóncavo espejo
de sus pupilas ciegas,
que no pueden soñar mientras te miran.

II

Quizás cuando las sombras
dejen de aparearse en las esquinas,
y el rugido del viento
no arrastre en su embestida
los ecos de tu nombre.

Tal vez cuando la lluvia no muerda
de improviso las hojas polvorientas,
y no beba en mi piel la incertidumbre,
y el hastío diluya las cenizas
que cubren los estantes.

Cuando la copa vierta el agridulce
zumo de los ocres
en mi eterna resaca,
y la imagen deje de pasearse
borrosa e impúdica,
imperfecta.

Sólo entonces, quizás,
ya no te ame.

III

Nos arrebatarán las sombras de los sauces,
enterrarán sus cuerpos en estrechas aceras
y no diremos nada.

Arrancarán la hierba
donde estalla
la tempestad azul de la luciérnaga.

Rugirán las estatuas levantadas
bajo inmensas colmenas, desgarrando los cielos.
Amaremos sus cuerpos de alabastro,
beberemos la muerte de sus aguas
en los estanques muertos,
y no diremos nada.

Robarán la tersura de la arena,
y la sal de sus olas
habitará entre cóncavos cristales.

Sorberemos la luz de los espejos
y no habrá tiempo, ni rituales,
ni tierra para tantos cadáveres.

Y no diremos nada.
Nada.

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Gatos heridos de febrero
se persiguen. Olisquean
sobre oblicuos tejados
los húmedos aromas de los sexos.

Nos alcanza su celo
estallando en gemidos, deseos
rompiendo las penumbras
que engullen nuestros cuerpos.

En un súbito acorde
su lamento y mi grito,
alborotan las lunas de los pechos
de esta noche que quema
en los visillos.

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Te irás hacia las calles
con los oscuros dueños
que maúllan deseo en las
escalinatas.

Olearán en tu cuerpo
los íntimos vestigios de habernos
poseído
hasta quedarnos rotos,
como el tiempo que enhebran
las agujas.

Y sabrán que entre mis uñas
aún se quedan
pedazos de un desierto insatisfecho.

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De qué suero agridulce
se nutren los abrazos.
Qué gozo pudoroso,
perlándose minúsculo en las vellosidades,
ha domeñado al párpado y lo abate.

Qué corriente nacida
de mis pies y mis uñas
ha levantado un puente con mi cuerpo
a la encrespada vela
que viaja de tu océano
a mi encuentro

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Titilan como luciérnagas
las llamas de sus ojos.
Hay un ritual de patios
en sus lenguas.
Sobre el pelaje oscuro
gotean traslúcidas escarchas.

La noche es un ovillo
rodando entre sus patas,
rozando suavemente las auras
de sus pechos.
Las fauces entreabiertas
sisean diluviadas, del ungüento
del lodo,
del incansable tránsito
de todas las callejas.
——————————
[1] En Obra completa, Oviedo, Consejería de Cultura y Turismo del Principado de Asturias y Ediciones Trabe, 2008.

domingo, 4 de enero de 2026

GUTIERRE DE CETINA. CINCO POEMAS [1]


MADRIGAL I

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?

Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

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MADRIGAL II

Cubrir los bellos ojos
con la mano que ya me tiene muerto
cautela fue por cierto,
que ansí doblar pensastes mis enojos.

Pero de tal cautela
harto mayor ha sido el bien que el daño,
que el resplandor extraño
del sol se puede ver mientras se cela.

Así que aunque pensastes
cubrir vuestra beldad, única, inmensa,
yo os perdono la ofensa,
pues, cubiertos, mejor verlos dejastes.

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SONETO III

Entre armas, guerra, fuego, ira y furores
que al soberbio francés tienen opreso,
cuando el aire es más turbio y más espeso,
allí me aprieta el fiero ardor de amores.

Miro el cielo, los árboles, las flores,
y en ellos hallo mi dolor expreso,
que en el tiempo más frío y más avieso
nacen y reverdecen mis temores.

Digo llorando: «¡Oh dulce primavera!
¿Cuándo será que a mi esperanza vea,
verde, prestar al alma algún sosiego?»

Mas temo que mi fin mi suerte fiera
tan lejos de mi bien quiere que sea
entre guerra y furor, ira, armas, fuego.

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SONETO V

Horas alegres que pasáis volando,
porque, a vueltas del bien, mayor mal sienta;
sabrosa noche que, en tan dulce afrenta,
el triste despedir me vas mostrando;

importuno reloj que, apresurando
tu curso, mi dolor me representa;
estrellas ,con quien nunca tuve cuenta,
que mi partida vais acelerando;

gallo que mi pesar has denunciado,
lucero que mi luz va obscureciendo,
y tú, mal sosegada y moza aurora:

si en vos cabe dolor de mi cuidado,
id poco a poco el paso deteniendo,
si no puede ser más, siquiera un hora.

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SONETO VI

AL MONTE DONDE FUE CARTAGO

Excelso monte do el romano estrago
eterna mostrará vuestra memoria;
soberbios edificios do la gloria
aún resplandece de la gran Cartago;

desierta playa, que apacible lago
lleno fuiste de triunfos y vitoria;
despedazados mármoles, historia
en quien se lee cuál es del mundo el pago;

arcos, anfiteatros, baños, templo,
que fuistes edificios celebrados
y agora apenas vemos las señales:

gran remedio a mi mal es vuestro ejemplo,
que si del tiempo fuistes derribados,
el tiempo derribar podrá mis males.
——————————
[1] En Poesía lírica del Siglo de Oro, Madrid, Cátedra, 1997.

domingo, 28 de diciembre de 2025

GUILLERMO CARNERO. CINCO POEMAS [1]


MÚSICA PARA FUEGOS DE ARTIFICIO

Hace muy pocos años yo decía
palabras refulgentes como piedras preciosas
y veía rodar, como un milagro
abombado y azul, la gota tenue
por el cabello rubio hacia la espalda.

No eran palabras frágiles, prendidas al azar
de un evadido vuelo prescindible,
sino plenas y grávidas victorias
en las que ver el mundo y obtenerlo.

La emoción de enunciar un orden justo
cedía realidad al sonido y al tacto
y quedaba en los labios la certeza
de conocer en el sabor y el nombre.

Pero la certidumbre de una mirada limpia
es una ingenuidad no perdurable,
y el viento arrastra en ráfagas de crespones y agujas
el vicio de creer envuelto en polvo.

Y si tras de la luz esplendorosa
que pone en pie la vida en un haz de palmeras
el miedo de dormir cierra los cálices
susurrando promesas de una luz sucesiva,

el fulgor de la fe lento se orienta
al imán de la noche permanente
en la que tacto, imagen y sonido
flotan en la quietud de lo sinónimo,

sin temor de mortales travesías
ni los dones que otorga la torpeza
sino un fugaz vislumbre de medusas:
inconsistentes ecos reiterados

en un reino de paz y de pericia,
apagado jardín de la memoria
donde inertes se pudren sumergidos
los oropeles del conocimiento

y como resquebraja la alta torre
la solidez de su asentado peso,
de tan robusto, poderoso y grave
se quiebra y pulveriza el albedrío.

Así para las aves y la plácida
irrepetible pulcritud del junco
hay cada día olvido inaugural
en la renovación de la mañana:

quien hace oficio de nombrar el mundo
forja al fin un fervor erosionado
en la noche total definitiva.

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SEGUNDA LECCIÓN DEL PÁRAMO

Veo anegarse la llanura helada
en marea de sombra que creciente
al rojo sumidero del poniente
conduce la blancura amordazada

y a la noche cerrada
unas cuantas palabras que prudente
conseguí, menos sabio que paciente,
traigo como remedio de la nada.

Solo para regalo de mis ojos
brillan y aroman y por un momento
chisporrotean en la llama huidiza;

después, con otros restos y despojos
de voluntad y de conocimiento,
perecen hechas brasas y ceniza.

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LECCIÓN DE MÚSICA

FRANÇOIS BOUCHER, L’agréable leçon

No presiones la base de la flauta:
solo con la caricia de los dedos
llévala con dulzura hasta la boca.
Humedece los labios porque brille
la tersa plata inerme en cerco rojo.
Finge no recordar la melodía:
piérdela, duda, persíguela jugando
a la gallina ciega entre las rosas.
Mira cómo se ciñe la guirnalda
a las cuatro columnas del dosel;
las retuerce rozándolas, las hinche
el filo y la blandura de sus pétalos:
bordea en espiral octava y tono,
la indecisión del tempo imprevisible,
sincopado, lentísimo, inminente,
crátera hendida sobre su columna,
anegada en la lluvia y en el miedo
de ceder y volcarse.
                                            Vuélcala
en las notas vibrantes como dardos.
La mano izquierda no te quede ociosa:
tienes en el atril unas granadas
henchidas, reventando en ocre y rojo;
apriétalas tres veces, luego dime
a qué te sabe el zumo de la música.

La beatitud del día se define
en excesos de luz, de Sol, de verde.
En el jardín sonríen los atlantes
al sostener la cúpula del tiempo.
Venus sonríe, y un tropel de faunos
ahuyenta el cervatillo de Dïana.

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HOW MANY MOLES?

Hoy tiene tu mirada un inquietante brillo:
el de una gata que se ha tragado un pajarillo.

Caes como la tarde, ausente y soñadora.
El Sol besa las nubes y las dora

y con ojos profundos, densos, crepusculares,
me pides que te cuente los lunares.

Aun antes de empezar ya me doy por vencido:
tienes tantos como un dálmata crecido,

y con esa sonrisa pizpireta y astuta
me aturdes, y no puedo ni pensar en la ruta.

Veo uno escondido en donde nace el pelo.
Está tan solo y es tan pequeñuelo

que podría perdérseme si ahora lo dejara
en el camino, y sin contarlo me lanzara

ombligo arriba hacia las redonduelas,
tan opíparas, pingües, gordezuelas,

que aspirar su calor y su fragancia
confirma mi noción de la lactancia:

no debe malgastarse en un recién nacido;
no sabría apreciarla como es debido.

La izquierda siempre fue mi preferida.
Es la más descarada y la más presumida,

siempre apuntando al techo muy airosa
con su breve hociquillo de color rosa.

Crece y se vuelve duro, muy arrogante y tieso,
si anoto dos que tiene, con un beso.

He de seguir contando sin demora:
solo he llegado a tres en una hora.

¿Voy arriba o abajo? Me extravío,
dudo, me armo un lío y me armo un lío

y aterrizo por fin en un moflete,
y al morderlo, tan suave y regordete,

cuento, con un cachete en el culete,
cuatro. Esto va mejor: ya suman siete.

Pero hay más que amapolas en un prado florido,
que caracoles después de haber llovido.

Aun en toda la noche no podría.
Tendremos que contarlos otro día.

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AL FIN A VUESTRAS MANOS HE VENIDO

Garcilaso

Cuando era niño, al acabar la clase
salíamos todos juntos al recreo
y yo era el aguafiestas, el torpe, el metepatas
absorto en un rincón imaginando historias,
aventuras y compañías de papel, leyendo un libro.
La edad no me ha librado de vocación tan mísera
ni he sabido adquirir mayor destreza
ante la realidad: extranjero en la sombra
huyendo tras el cristal de un tren nocturno,
ante quien brillan letreros lacerados,
resplandores y rostros y raíles sinónimos.
Después de fracasar con tanto empeño
al fin hasta tus manos he venido
como quien nunca supo del olor de la tierra
en un jardín mojado por la lluvia
ni oyó hincarse en la roca la paz del arcoiris,
acorde de las gamas del gozo de la vista,
silencio en la fragancia de los tibios colores
donde no cabe instante sin milagro.
No me exilies de nuevo al metal trasparente
donde la voluntad se engríe y pudre,
al desierto incoloro donde se triza el tacto:
no me dejes en un rincón con este libro,
medalla decorosa en el ojal de un muerto.
——————————
[1] 1 y 2, de Divisibilidad indefinida, 1990.
3, 4 y 5, de Verano inglés, 1999.
En Antología poética, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2005.

domingo, 14 de diciembre de 2025

DARÍO JARAMILLO AGUDELO. CINCO POEMAS [1]


NUBE en forma de gato:
gato que come lunas,
sigiloso carnívoro del cielo,
disfrazado de nube
o embozado en lo oscuro,
gato que devora estrellas.
Agazapado, vigila las órbitas
y las engulle en la noche,
gato que come lunas.

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SOY gato.
Cuando más me parezco a lo que soy
es mientras duermo.
Este es un secreto nunca revelado:
despiertos, los gatos no somos gatos;
entonces vienen los ángeles de la guarda
a moverse en la oscuridad entre los cuerpos de los gatos.
En esos momento yo no existo.

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A oscuras o con luz,
el gato distingue todos los objetos
con insoportable claridad.
También dormido,
el gato ve con nitidez en la imagen de sus sueños.
Para librarlo de las torturas de la buena vista
Dios le dio al gato
la indiferencia.

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SER capaz de este todo,
tener la vocación de este abandono,
la ausencia del gato,
la maravilla dormida de un felino al sol,
y el hueso de la música
metido en las entrañas.

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¿CÓMO lograr que la quieta palabra escrita
posea la quietud del gato que duerme,
cómo hacer que la torpe palabra
nombre la oscuridad con mirada de gato,
su fijeza,
de qué manera conseguir palabras
con la tersura de la piel del gato,
a veces, pocas, palabras uña de gato,
y otras, muchas más, con el movimiento del gato,
su sigilo,
su distancia,
cómo decir palabras que posean
el silencio del gato,
cómo hacer que la palabra me contenga
y yo desaparezca,
hecho silencio,
como se desvanece entre la noche
un gato?
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[1] De Gatos, Valencia, Pre-textos, 2009.