domingo, 3 de agosto de 2025

LUIS FELIPE VIVANCO. TRES POEMAS [1]


LA NIEVE

Si la nieve me ordena figurarme una lámina de plata es porque Dios me necesita.
Yo me pondré en tus manos, Señor, con el pecho del color de la celesta
y alejadas de mí las víboras que aprovechan arcaduces lentos en mis oídos.

Al compás de la efigie amortecida del secreto,
ya, de pronto, redobles,
ya, de pronto, suerte buena de ángeles como clientes.

Acuérdate, Señor, de los rayos X,
polvos exactos en cualquiera de tus profecías.

Un brazo gigante describiendo este pueblecito muerto.
Una cara contenta grabada en la resina que es la novia del arco del violonchelo.
Dime, Señor, si sus besos no son cabellos muy largos de potros salvajes,
dime si no las flores y los juguetes
para que estos niños no se mueran de una vez.

Porque ya que yo tenía una memoria de plata,
ya que yo tenía escapularios que me acompañaban a todas partes,
quisiera acordarme de vez en cuando de la nieve donde están jugando los niños.

Ya que yo tenía una memoria de plata,
acuérdome de Ti con los esquíes puestos sobre la cadena del reloj.

A toda velocidad no puede ser, no puede ser, Señor.
Tú me ordenaste detenerme
y dar la cara a los jinetes que se habían mezclado con la nieve,
aunque en las noches oscuras la nieve plateada no tiene ningún encanto para mí.

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ALLEGRO

Termina la mañana como una calle en cuesta
que baja hacia las frondas naturales del Prado.
Y ese joven doloroso y urgente
¿quién sabe lo que quiere después de tanta música
padeciendo a la orilla de su criatura única?

Quiere que haya retamas en flor y ramas extendidas de castaño
dentro de sus moradas de angustia sin pecado.
Quiere que el insistente, curioso y solitario toro de las alturas
descienda hasta el origen de su felicidad sin mezcla de ocupaciones serias.
Quiere que le atraviese la bendición del agua más delgada
junto a un pétreo y bruñido acantilado de buitres
y que brille en secreto una red invisible de aciertos espirituales
entre los viejos puentes y los cerros bermejos con olivos.
Quiere que su ejercicio de estrellas desveladas
sea un olor creciendo de realidad de fuera.
Y al cabo de la racha de alegría invasora
quiere su ocio del campo y distancias andando...

(Pero también prefiere acudir a su cita de soledad y de retraso con la música
y seguir padeciendo a la orilla inhumana de su criatura única).

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CORONA FIRME

I

¿En qué brisa ligera mis sueños arrebatados comulgan con la sombra encendida de tus ojos?
¿En qué dolor de pozo solitario el agua me acaricia como la palma silenciosa que se humilla a tu figura?
¿En qué monte de aromas juveniles oigo palpitar tu corazón
como una verdad ajena a la perseverancia de mi vida.

Yo sé que en la mañana de fuego excesivo,
y en la tarde tranquila de chopos soñadores,
y en la noche brillante que atraviesa mis dudas
como una cierva ligerísima,
tú eres una sola flor que conserva en sus pétalos
el nevado principio de la piel más suave y más profunda,
todas las cosas son tu exigencia sencilla
y tus manos transparentan la precisión gozosa del mundo verdadero.
Y a mí, que siento y canto tu blancura pequeña y tu excelencia breve,
no me es posible otro gozo sino seguir inclinado sobre tus huellas.

II

Las montañas se levantan dispuestas a unir nuestros dos corazones,
la mañana dichosa es como el ambiente inefable de nuestras dos almas unidas,
pero yo no me atrevo a pedirte que me mires,
y no quiero suplicarte que reposen tus ojos sobre mi locura.

Sólo tu luz inaccesible me recoge
en su ligera claridad que rinde los ecos de mi angustia,
la angustia del hombre de la tierra
y de sus huesos duros que sufren por el ágil destino de los pájaros.

Pero en el dulce asilo de tu vigilia luminosa
mi infancia crece como una aurora en fiesta de rocío,
mi deseo se siente oprimido por el agua sonriente
y mi sorpresa se eleva como brote divino.

¡Oh ensueño feliz que me obligas a suspirar en esta soledad conmovida!
¡Oh brillo de ausencia que me conservas puro entre tus brazos luminosos!
Tú eres la sombra tierna en el regazo de los valles
y la dorada lumbre que perfecciona el viento en las espigas.

Y yo me lanzo hacia las estrellas porque después del resplandor de tus ojos
Sólo la transparencia de la noche puede albergar mi sangre enamorada,
que prefiriendo siempre tu claridad alegre
hace eterna mi vida en su gozo más hondo.

III

Muchos versos he escrito desde que tenía quince años
pero éstos que se encienden con tanta ilusión de puros amores
son un risueño escorial apartado, un residuo de pureza
que ha resistido al fuego de mi anhelo más íntimo.

Tú has suprimido la tristeza que brotaba debajo de mis pies solitarios,
tú me mantienes en una pura intensidad de nubes y de montañas,
y mi corazón es como un ala marchita
que recoge el temprano morir de su esperanza
sobre el tiempo seguro de tu unidad resplandeciente.

Por eso persevera mi asombro, y es mi vida nueva,
y es mi luna romántica en su cuarto creciente de miradas fieles
que envuelven tu figura con tus propios encantos.
¡Qué dolor más alto me humilla a sus visiones!
¡Qué purísimo edificio levanto en tu blancura,
cuando toda mi sangre enajenada
es el claro sonido de mi voz que pronuncia tu nombre.
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[1] 1 y 2, de Memoria de la plata, 1927-1930; publicado en 1958.
3, de Tiempo de dolor, 1940.
En Antología poética, Madrid, Alianza, 1976.

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