domingo, 28 de diciembre de 2025

GUILLERMO CARNERO. CINCO POEMAS [1]


MÚSICA PARA FUEGOS DE ARTIFICIO

Hace muy pocos años yo decía
palabras refulgentes como piedras preciosas
y veía rodar, como un milagro
abombado y azul, la gota tenue
por el cabello rubio hacia la espalda.

No eran palabras frágiles, prendidas al azar
de un evadido vuelo prescindible,
sino plenas y grávidas victorias
en las que ver el mundo y obtenerlo.

La emoción de enunciar un orden justo
cedía realidad al sonido y al tacto
y quedaba en los labios la certeza
de conocer en el sabor y el nombre.

Pero la certidumbre de una mirada limpia
es una ingenuidad no perdurable,
y el viento arrastra en ráfagas de crespones y agujas
el vicio de creer envuelto en polvo.

Y si tras de la luz esplendorosa
que pone en pie la vida en un haz de palmeras
el miedo de dormir cierra los cálices
susurrando promesas de una luz sucesiva,

el fulgor de la fe lento se orienta
al imán de la noche permanente
en la que tacto, imagen y sonido
flotan en la quietud de lo sinónimo,

sin temor de mortales travesías
ni los dones que otorga la torpeza
sino un fugaz vislumbre de medusas:
inconsistentes ecos reiterados

en un reino de paz y de pericia,
apagado jardín de la memoria
donde inertes se pudren sumergidos
los oropeles del conocimiento

y como resquebraja la alta torre
la solidez de su asentado peso,
de tan robusto, poderoso y grave
se quiebra y pulveriza el albedrío.

Así para las aves y la plácida
irrepetible pulcritud del junco
hay cada día olvido inaugural
en la renovación de la mañana:

quien hace oficio de nombrar el mundo
forja al fin un fervor erosionado
en la noche total definitiva.

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SEGUNDA LECCIÓN DEL PÁRAMO

Veo anegarse la llanura helada
en marea de sombra que creciente
al rojo sumidero del poniente
conduce la blancura amordazada

y a la noche cerrada
unas cuantas palabras que prudente
conseguí, menos sabio que paciente,
traigo como remedio de la nada.

Solo para regalo de mis ojos
brillan y aroman y por un momento
chisporrotean en la llama huidiza;

después, con otros restos y despojos
de voluntad y de conocimiento,
perecen hechas brasas y ceniza.

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LECCIÓN DE MÚSICA

FRANÇOIS BOUCHER, L’agréable leçon

No presiones la base de la flauta:
solo con la caricia de los dedos
llévala con dulzura hasta la boca.
Humedece los labios porque brille
la tersa plata inerme en cerco rojo.
Finge no recordar la melodía:
piérdela, duda, persíguela jugando
a la gallina ciega entre las rosas.
Mira cómo se ciñe la guirnalda
a las cuatro columnas del dosel;
las retuerce rozándolas, las hinche
el filo y la blandura de sus pétalos:
bordea en espiral octava y tono,
la indecisión del tempo imprevisible,
sincopado, lentísimo, inminente,
crátera hendida sobre su columna,
anegada en la lluvia y en el miedo
de ceder y volcarse.
                                            Vuélcala
en las notas vibrantes como dardos.
La mano izquierda no te quede ociosa:
tienes en el atril unas granadas
henchidas, reventando en ocre y rojo;
apriétalas tres veces, luego dime
a qué te sabe el zumo de la música.

La beatitud del día se define
en excesos de luz, de Sol, de verde.
En el jardín sonríen los atlantes
al sostener la cúpula del tiempo.
Venus sonríe, y un tropel de faunos
ahuyenta el cervatillo de Dïana.

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HOW MANY MOLES?

Hoy tiene tu mirada un inquietante brillo:
el de una gata que se ha tragado un pajarillo.

Caes como la tarde, ausente y soñadora.
El Sol besa las nubes y las dora

y con ojos profundos, densos, crepusculares,
me pides que te cuente los lunares.

Aun antes de empezar ya me doy por vencido:
tienes tantos como un dálmata crecido,

y con esa sonrisa pizpireta y astuta
me aturdes, y no puedo ni pensar en la ruta.

Veo uno escondido en donde nace el pelo.
Está tan solo y es tan pequeñuelo

que podría perdérseme si ahora lo dejara
en el camino, y sin contarlo me lanzara

ombligo arriba hacia las redonduelas,
tan opíparas, pingües, gordezuelas,

que aspirar su calor y su fragancia
confirma mi noción de la lactancia:

no debe malgastarse en un recién nacido;
no sabría apreciarla como es debido.

La izquierda siempre fue mi preferida.
Es la más descarada y la más presumida,

siempre apuntando al techo muy airosa
con su breve hociquillo de color rosa.

Crece y se vuelve duro, muy arrogante y tieso,
si anoto dos que tiene, con un beso.

He de seguir contando sin demora:
solo he llegado a tres en una hora.

¿Voy arriba o abajo? Me extravío,
dudo, me armo un lío y me armo un lío

y aterrizo por fin en un moflete,
y al morderlo, tan suave y regordete,

cuento, con un cachete en el culete,
cuatro. Esto va mejor: ya suman siete.

Pero hay más que amapolas en un prado florido,
que caracoles después de haber llovido.

Aun en toda la noche no podría.
Tendremos que contarlos otro día.

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AL FIN A VUESTRAS MANOS HE VENIDO

Garcilaso

Cuando era niño, al acabar la clase
salíamos todos juntos al recreo
y yo era el aguafiestas, el torpe, el metepatas
absorto en un rincón imaginando historias,
aventuras y compañías de papel, leyendo un libro.
La edad no me ha librado de vocación tan mísera
ni he sabido adquirir mayor destreza
ante la realidad: extranjero en la sombra
huyendo tras el cristal de un tren nocturno,
ante quien brillan letreros lacerados,
resplandores y rostros y raíles sinónimos.
Después de fracasar con tanto empeño
al fin hasta tus manos he venido
como quien nunca supo del olor de la tierra
en un jardín mojado por la lluvia
ni oyó hincarse en la roca la paz del arcoiris,
acorde de las gamas del gozo de la vista,
silencio en la fragancia de los tibios colores
donde no cabe instante sin milagro.
No me exilies de nuevo al metal trasparente
donde la voluntad se engríe y pudre,
al desierto incoloro donde se triza el tacto:
no me dejes en un rincón con este libro,
medalla decorosa en el ojal de un muerto.
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[1] 1 y 2, de Divisibilidad indefinida, 1990.
3, 4 y 5, de Verano inglés, 1999.
En Antología poética, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2005.

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