domingo, 5 de marzo de 2023

JULIO MARINAS. CINCO POEMAS [1]


EL CABALLERO VUELVE DE SU DERROTA EN BUSCA DEL OLVIDO

A Benito

I

Regreso al frío blanco de mi aldea,
al plomo de los cielos, a las yertas
nieblas. Nieblas de piedra que esculpieron
estatuas en mis ojos, que alojaron
corazones de mármol en mi pecho.
El veneno de hielo corrompió
mis venas, corrompió el calor de soles
primaverales, límpidos como agua
de arroyos corredores, alocados
de júbilo, de ardor adolescente.
Pero nada se mueve cuando el hielo
se clava, cuando se hunden sus agujas.
Aprendí de estas brumas que la muerte
es un gélido asedio, es el cuchillo
del páramo perenne en mis desvelos.
Aquel sol derrotado abandonó
mis campos, la bondad de sus cosechas,
el alma de la tierra y también mi alma.
La claridad huyó como serpientes
heridas, acosadas por las sombras
de los fríos; por sombras que te abrazan
con sus heladas grietas y sepultan
con un moho apestado. Nada vi
ya más que los lamentos de la luz
vagando en los insomnios de mi búsqueda.
Solo el barro y la niebla divisaron
mis pupilas. Busqué, busqué los rayos
que bañaban mi piel en transparencia
bajo cascadas de oro. Solo asedio
y dudas encontré, sólo la muerte
lenta de la verdad, solo una tierra
de tumba cabalgada por ventiscas.

II

Odié, odié el vacío de la nieve
y sentencié venganza, vida en muerte.
Asesiné la sangre de otros cuerpos,
esa sangre caliente que anhelaban
mis venas. Respiré su ojo aliento
que escapaba del hierro de mis manos,
como el humo se escapa de las llamas
y en vano se deshace. No sentía
en el calor robado la victoria
del espíritu. No deseaba alas
que nunca tuve. Alas mercenarias
para alejar al frío con monedas
que un mismo viento blanco me pagaba.
Y en aquella ofuscada destrucción,
un lacerante y lívido temblor
me disfrazaba de odio blanco. Mi alma
extendía su muerte, ardía el frío
en su seno. Encontraba solo el hielo
del fuego, sus heridas incendiadas.
Encontraba el horror de la quietud
pétrea en los cadáveres. Horror
que pudría los aires, que vaciaba
sus ropas, que arrancaba sus collares,
sus anillos, el oro de sus dientes,
todo lo que brillara como sol;
que violentaba cálices y cruces,
donde acudía mi ojo blanco, estéril
de luz eterna, luz de estigmas, fuente
de calor, carne viva. Hacia esa cruz
cabalgué, hacia las vías de la esencia
que las huestes cruzadas abrirían
por tierras de Anatolia. Perseguí
a la derrota, al óxido que muestra
las llagas de pasado, y no hallé más
que abismos arrasados de pureza.
El costado de Cristo perforado
en mi costado. Espinas de su frente
clavadas en mi frente. Sangre blanca.
Alienación de Cristo, hiel de Cristo
muerto, despedazado en el infiel.
Luz yacente entre rígidos caballos.
La luz muerta comida por los buitres.
La luz entre cangrenas, la luz muerta
entre muros de niebla que encerraban
los mordiscos voraces del dolor.
Y un silencio de acero se cernía
siempre tras las batallas. De Nicea
hasta Jerusalén conocí el miedo
a la nada, su asedio a lo que es vida.
Combatí deseando soterrar
la oscuridad, cubrirla de un azul
interminable, henchido de fulgor.
Pero yo era esa nada. Yo servía
insensato al poder que nos vejaba,
que pasaba a cuchillo las tinieblas
por el cuello enemigo. Comprendí
el fracaso del ser, la inútil búsqueda
que deambulaba sin ojos por cavernas.

III

Regreso al frío blanco de mi aldea.
Si pudiera esconder esta derrota
bajo un yelmo de olvido. Cuánto tiempo
he pasado humillado, cuánto tiempo
huyendo de la astilla que se enquista
en la memoria. El alma congelada
se busca en el reposo del olvido.
Ni venganza, ni cruces, solo olvido.
Dormir sin el temor a la mortaja
del recuerdo, que avanza como río
de lava. Si pudieran olvidarse
ser y no ser, sus plagas de ignominia.

Es de día. El cadáver de mi piel
se pierde entre la niebla amoratada.
Es de día y no acierto a ver la leña
que agrupé junto al lecho del arroyo
ayer, cuando los poros de la tarde
supuraban la noche. ¿Dónde están
los juncos, los alisos? ¿Dónde está
la tierra que mis pies acariciaban?
¿Por qué lugar camino si no escucho
fluir a la corriente, si no escucho
susurrar sus recodos o los cantos
que bajan en sus rápidos, si no
escucho respirar? ¿Qué nos perdura?
Y jamás el deshielo de aguas limpias
arrastrará esta muerte que me enfría
sempiterna. Esta muerte sempiterna.

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LA CALMA

La calma de lo que está lejano
mantiene su vuelo alto,
la segura distancia.
Los músculos ausentes
poseen la tranquilidad pura,
ajenos a tensiones pasadas
donde cuerpos fueron rivales.
No se piensa que todo transcurre,
que, indefectiblemente,
el reposo muere en el reposo
y se reaviva ese encuentro voraz
con las armas.
No se piensa que el orden
muere en el orden,
en los reinos
y en las almas.

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DESCONOCIDO O DESCONOCIDA

Y si al llegar a casa
detienes la mirada
delante de ese espejo confesor,
que eres tú y es el otro,
y te hablas de la vida
que sin él o sin ella
ya no es la misma, no digas que es mierda
el nuevo devenir, ni desmorones
tu ego pensando en saltos o en pastillas
o en espectaculares
sangrías con bañeras rebosantes
de agua. Debes mirar firme a los ojos
porque serán el único
punto donde podrás recuperar
la visión. Y con leves
meneos de cabeza
mordisquéate el labio
hasta que, al fin, te des cuenta. Derrama,
como mucho, una lágrima,
la última, y acompaña su descenso
al infierno del gres, reconfortándote
su desaparición.
Luego, encoge los hombros
y, mientras haces muecas resignadas,
siéntate a ver la tele o ponte vídeos
de esos con el poder
de tu mando en la mano o come o sal
y consume o transfórmate en tu coche
de cientos de caballos. Ten presente
esto: ¿qué te descubre
la melancolía?

Ahí fuera todo es
siempre desconocido.
Quién sabe si esta noche, cinco meses
después de haber cortado con tu eterna
novia o tu eterno novio,
no se presenta un polvo
de los que hacen historia.
Aunque sea pagando

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ARDO POR TI

Tantas veces te he dicho adiós; pero animales
me invaden si nos vemos. Caballos se desbocan
en mi pecho, ballenas saltan desde mis manos
y estallan los océanos de tus cabellos, perros
obedientes te siguen los tacones, polillas
hipnotizadas cruzan halos de misteriosa
voluptuosidad. Y aunque conozco el riesgo
de tu llamada, acudo, y vuelves a matarlos.
En el engaño dejas que se despeñen, uno
tras otro, los caballos. Si te somete la ira,
pateas a los perros, resignados, inmóviles.
Se abisman las ballenas en aguas de desprecio
y nadan hacia arenas que las ahoguen. Arden
las polillas al borde de tu piel; caen, lentas,
al cauce del vacío.
                                 Camino entre animales
muertos durante días; reúno las cenizas
que me van sosteniendo y, de nuevo, me crecen
las alas, recupero la visión y me salva
la deseada huida que, entre dudas y miedos,
descubre un ave fénix cada vez que te intenta.

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TAMBIÉN LOS GATOS SE SUICIDAN

Durante la noche también los gatos se suicidan.
Se desesperan en esas horas oscuras
y deciden apagar sus ojos encendidos.
Recorren las carreteras hasta el lugar apartado
donde se encuentren a sí mismos.
Aprovechan las cunetas para su última cacería,
la más sonada, la imperecedera.
Con pasos de espuma se van a la muerte
y entran acolchados, detenidos, señoriales,
orgullosos de su acción.
Nos dejan el asco esparcido en el asfalto
y así por fin se purifican.
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[1] De Poesía incompleta (1994-2013), Brighton, Los papeles de Brighton, 2013.

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