domingo, 26 de febrero de 2023

JORGE GUILLÉN. CINCO POEMAS [1]


MIENTRAS EL AIRE ES NUESTRO

Respiro,
Y el aire en mis pulmones
Ya es saber, ya es amor, ya es alegría,
Alegría entrañada
Que no se me revela
Sino como un apego
Jamás interrumpido
—De tan elemental—
A la gran sucesión de los instantes
En que voy respirando,
Abrazándome a un poco
De la aireada claridad enorme.

Vivir, vivir, raptar —de vida a ritmo—
Todo este mundo que me exhibe el aire,
Ese —Dios sabe cómo—preexistente
Más allá
Que a la meseta de los tiempos alza
Sus dones para mí porque respiro,
Respiro instante a instante,
En contacto acertado
Con esa realidad que me sostiene,
Me encumbra,
Y a través de estupendos equilibrios
Me supera, me asombra, se me impone.

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HOMO

Remotos los rumores
Del magma primigenio,
Entre las tentativas
Que apuntan hacia el éxito
Surge sobre la tierra
Bárbara algún esfuerzo
De criatura digna
De animar en su cuerpo,
Barro para las manos,
Una fuerza de fuego
Que labora.
                      Confuso,
Discorde forcejeo
Sin fin.
                      Es muy difícil
Vencer a los espectros,
Convertir en más luces
Tantos instintos ciegos
Mientras está flotando
Bajo el sol del océano
La posibilidad
De ser —ya más, ya menos—
Hombre de veras hombre,
Libre, sí, todo incierto.

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DESNUDO

Blancos, rosas. Azules casi en veta,
           Retraídos, mentales.
Puntos de luz latente dan señales
           De una sombra secreta.

Pero el color, infiel a la penumbra,
           Se consolida en masa.
Yacente en el verano de la casa,
           Una forma se alumbra.

Claridad aguzada entre perfiles,
           De tan puros tranquilos,
Que cortan y aniquilan con sus filos
           Las confusiones viles.

Desnuda está la carne. Su evidencia
           Se resuelve en reposo.
Monotonía justa, prodigioso
           Colmo de la presencia.

Plenitud inmediata, sin ambiente,
           Del cuerpo femenino
Ningún primor: ni voz ni flor. ¿Destino?
           ¡Oh absoluto presente!

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ESTÍO DEL OCASO

Sobre el terrón, ahora oculto, nieve.
Sobre esa nieve, la invernal carencia,
Algo supremo sustraído al aire
Que se ciñe a la rama,
Tan solitariamente rama aguda.
Y sobre la arboleda —nervio todo y crispándose—
La gran hora del cielo,
Rubores de algún pórfido en boatos
Que se nos desparraman con su estío:
Agresión de esplendor contra la nieve atónita.

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PRESAGIO

Eras ya la fragancia de tu sino.
Tu vida no vivida, pura, late
Dentro de mí, tictac de ningún tiempo.

¡Qué importa que el ajeno sol no alumbre
Jamás estas figuras, sí, creadas,
Soñadas no, por nuestros dos orgullos!
           No importa. Son así más verdaderas
           Que el semblante de luces verosímiles
           En escorzos de azar y compromiso.

Toda tú convertida en tu presagio,
Oh, pero sin misterio. Te sostiene
La unidad invasora y absoluta.

¿Qué fue de aquella enorme, tan informe,
Pululación en negro de lo hondo,
Bajo las soledades estrelladas?
           Las estrellas insignes, las estrellas
           No miran nuestra noche sin arcanos.
           Muy tranquilo se está lo tan oscuro.

La oscura eternidad ¡oh! no es un monstruo
Celeste. Nuestras almas invisibles
Conquistan su presencia entre las cosas.
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[1] De Aire nuestro: cántico, clamor, homenaje, 1968.
En Obra poética. Antología, Madrid, Alianza Editorial, 1972.

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