ALGUNOS HOMBRES EN REALIDAD SON PÁJAROS
QUE ALGUNA VEZ FUERON HOMBRES
Hay un vecino que saca la basura de madrugada.
No me despierto por el ruido de sus pasos,
sino por el peso de su vacío
(que hace rechinar el falso parqué de haya).
Antes de salir, arrastra la bolsa de basura,
como a veces otros arrastran lo que ya no somos.
Baja las escaleras, tambaleante, como un pingüino ciego.
Los restos de pescado empiezan a descomponerse en la bolsa.
Los vecinos lo sabemos,
como sabemos cómo huele la ausencia
(o la comida precocinada del supermercado).
Los gatos callejeros lo conocen mejor
que la funcionaria de los servicios sociales,
así que lo dejan acercarse.
Me levanto, tengo ganas de clavarle una estrella en el corazón.
Abro la ventana y veo que intenta meterse a sí mismo
en el contenedor.
No puede. Sus alas quedan atoradas. Gime.
Le grito algo como «¡deje ya de jodernos la vida!».
De pronto levanta la mirada, sorprendido,
me señala la estrella que tengo clavada en el corazón
y se marcha alzando el vuelo.
Era eso que estoy a punto de ser, buscándome.
֍ ֍ ֍
OTROS ACCIDENTES DEL YO
Solo ellas, las reses, llevan cautela hacia el matadero.
Confían en la mano que las conduce,
en la estrella que les transita en el páncreas,
pero la luz que a ellas las hace ver, a nosotros nos ciega.
De pronto el chófer pierde el control de su sangre y vuelca.
Un rayo lo ha golpeado
y ha vuelto a las manos de Urano.
Como nosotros, los transportistas que se han detenido
fuman pequeñas derrotas.
El olor a petróleo debe de ser el olor de sus almas.
Terminamos ya de repostar.
El hombre que atiende en la estación de servicio
no deja de mirar el camión accidentado,
sabe que los buitres que merodean su corazón
somos nosotros.
Tras el accidente, vemos que las reses no huyen,
se quedan pastando en las cunetas.
Solo una palabra se arrastra, confundida,
sobre el asfalto: «yo».
Ese animal asustado
que también permanece
tras el accidente del ser.
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ES EL OTRO, EL QUE SE ROMPE
el que alumbra como el pan
el que cree que al caer le sostiene una convicción
el que le da un pañuelo al pingüino que llora
el que rescata palabras ciegas de los libros de aritmética
el que ve gigantes en los ventiladores
el que no subasta las ideas del enemigo
es el otro, el que se rompe, el que tropieza entre sus átomos
el que es agnóstico como una mantis religiosa
el que se fragmenta oyendo a Chopin
el que se inclina ante un árbol apátrida que huye
el que se niega a apretar el gatillo
el que posee sin saber eso que buscaban los alquimistas
es el otro, el que se rompe, el que vuelve al cascarón porque teme volar
el que deja de pagar cuotas y besa a un gorrión que mendiga
el que incendia el carné del partido
el que odia a los sindicatos y los comités de empresa
es el otro, el que se rompe, el que testifica contra sí mismo
el que empaña los espejos para verse
el sin hijo, sin perro, sin consignas ni ansiolíticos
el que aparca sus derrotas frente a una iglesia llena de cigüeñas solitarias
el que siembra magnolias en las comisarías
es el otro, el que se rompe, el que les limpia las patas a las abejas
el que roba los palillos en los restaurantes chinos
el que trastabilla entre las nubes cuando despierta
el que paga los recibos de luz de las luciérnagas
es el otro, el que se rompe, el que desayuna de pie frente a una foto de Groucho Marx
el que se ducha con un paraguas
el que no sabe que existe
el que apenas nunca nadie ha visto
el que solo puede ser cuando deja de ser
en nosotros
֍ ֍ ֍
EL INSOMNIO, COSA DE MONOS
Me hago demasiadas preguntas.
Es lo que tiene vivir dividido, anclado.
No puede ser serio romperse
sin intentar conciliar el sueño.
Aquí tenemos una parábola seria:
La hiperinflación o el tipo de cambio del dólar
que ha vuelto a arruinar a mi abuelo.
Aún lo oigo levantarse
con el humor de un gallo con anginas.
Aún lo oigo toser.
Subo a darle agua, pero no a mi abuelo
sino al pavo que duerme en la azotea.
Han atado una de sus patas a una piedra,
aunque no hacía falta, era mi amigo.
Mi abuelo y mi padre lo trajeron del mercado.
El pavo más hermoso y blanco
que jamás había visto la avenida Aviación.
Trece kilos de plumas y angustia.
Vivió un par de semanas en la azotea.
Mi padre lo engordaba con lombrices y pieles de pollo,
aunque recuerdo que él prefería picotear estrellas
o huesos de mango.
Un día mi abuelo y mi padre subieron a la azotea
con un gran cuchillo
y una botella de pisco.
Tres o cuatro tragos más tarde,
el pavo dejó de chillar
y solito cogió el cuchillo, solito, palabra.
Cuando llegó el momento abrí los ojos.
La cabeza del pavo rodó por la lluvia
como un hueso de mango.
Jamás brilló su carne blanca en mis intestinos.
Y sí, esta noche, sentado al borde de la cama,
lo he vuelto a ver.
Otra vez el pobre pavo,
caminando sin cabeza
entre mi padre y yo.
Me hago demasiadas preguntas.
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PERSECUCIÓN Y PESCA DE ANCHOVETA CON REDES DE CERCO
«Según Heráclito, las almas huelen lo invisible»,
te dice el patrón,
antes de mandarte a limpiar las redes.
Juegas a que tus manos son picos de pelícano
Y quitas —uno a uno— los pequeños peces que lloran
y fulguran desde tu interior.
También tú eres un cardumen solitario que huye,
aunque ni los marineros más viejos
ni el cachalote que mendiga en la proa del barco
son capaces de oler o ver tu luz.
No eres más que otro niño pobre que se gana el pan.
Mientras la limpias la red,
recuerdas las palabras de tu madre:
«El alma disuelta en la de las anchovetas
yace en las bodegas de los barcos, m’hijito».
La red está lista: recoges tus alas y avisas al patrón,
que ordena lanzar al mar que florece.
Al Alba, la recogen como el pañuelo de Andrómeda,
pero ella, que ve a través de tu madre, no te ve:
tu pie de pelícano se ha enredado
y caes despedido
al agua.
Tu luz ilumina los esqueletos de las ballenas
en el fondo del mar.
Uno de los peces que llora te mira,
ya disuelto, desde mi interior.
Crees que así es la muerte
hasta que te arrojan una cuerda que te golpea.
Te giras a cogerla y lo miras a los ojos,
las fauces del animal se abren tanto
que podría morder el sol:
un enorme lobo de mar tragándose los peces
que caen en la red.
Te sacaron del agua hecho un amasijo de nervios
y apenas podías hablar.
Tu alma vagó durante años en la bodega del barco,
buscándote como un sabueso
hasta que un día abriste los ojos
y te hiciste mi padre.
——————————
[1]
De
Miel para la boca del asno,
Madrid, Visor, 2023.

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