domingo, 14 de enero de 2024

ÁLVARO MUTIS. CINCO POEMAS [1]


A Alberto Blanco

LA TENUE luz
de esa lámpara
en la noche débilmente
se debate con las sombras
No alcanza a rozar los muros
ni a penetrar en la tiniebla
sin límites del techo
Por el suelo avanza
No logra abrirse paso
más allá de su reino intermitente
restringido al breve ámbito
de sus oscilaciones
Al alba termina
su duelo con la noche
la astuta tejedora
en su blanda trama
de hollín y desamparo
Como un pálido aviso
del mundo de los vivos
esa luz apenas presente
ha bastado
para devolvernos a la mansa
procesión de los días
a su blanca secuencia
de horas muertas
De su terca vigilia
de su clara batalla
con la sombra sólo queda
esa luz vencida
la memoria de su vana proeza
Así las palabras buscando
presintiendo el exacto lugar
que las espera en el frágil
maderamen del poema
por designio inefable
de los dioses.

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NOCTURNO EN COMPOSTELA

SOBRE la piedra constelada
vela el Apóstol.
Listo para partir, la mano presta
en su bastón de peregrino,
espera, sin embargo, por nosotros
con paciencia de siglos.
Bajo la noche estrellada de Galicia
vela el Apóstol, con la esperanza
sin sosiego de los santos
que han caminado todos los senderos,
con la esperanza intacta de los que,
andando el mundo, han aprendido
a detener a los hombres en su huida,
en la necia rutina de su huida,
y los han despertado
con esas palabras simples
con las que hace presente la verdad.
En la plaza del Obradoiro,
pasada la media noche,
termina nuestro viaje
y ante las puertas de la Catedral
saludo al Apóstol:
Aquí estoy —le digo—, por fin,
tú que llevas el nombre de mi padre,
tu que has dado tu nombre a mi hijo,
aquí estoy, Boanerges, sólo para decirte
que he vivido en espera de este instante
y que todo está ya en orden.
Porque las caídas, los mezquinos temores,
las necias empresas que terminan en nada,
el delirio que se agota en la premiosa
lentitud de las palabras, las traiciones
a lo que un día creímos lo mejor de nosotros,
todo eso y mucho más que callo o que olvido,
todo es, también, o solamente,
el orden; porque todo ha sucedido,
Jacobo visionario, bajo la absorta mirada
de tus ojos de andariego enseñante
de la más alta locura.
Aquí, ahora, con Carmen a mi lado,
mientras el viento nocturno
barre las losas que pisaron monarcas y mendigos,
leprosos de miseria y caballeros
cuya carne también caía a pedazos,
aquí te decimos simplemente:
De todo lo vivido, de todo lo olvidado,
de todo lo escondido en nuestro pobre sueño,
tan breve en el tiempo
que casi no nos pertenece,
venimos a ofrecerte lo que consiga
salvar tu clemencia de hermano.
Jaime, Jacobo, Yago,
tú, Hijo del trueno,
vemos que ya nos has oído,
porque esta piedra constelada
y esta noche por la que corren las nubes
como ejércitos que reúnen sus banderas,
nos están diciendo
con voz que sólo puede ser la tuya:
«Sí, todo está en orden,
todo lo ha estado siempre
en el quebrantado y terco
corazón de los hombres».

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NOCTURNO EN VALDEMOSA

A Jan Zych

le silence… tu peux crier… le silence encore
Carta de Chopin al poeta Mickiewicz desde Valdemosa

LA TRAMONTANA azota
en la noche las copas de los pinos.
Hay una monótona insistencia
en ese viento demente y terco
que ya les habían anunciado en Port Vendres.
La tos se ha calmado al fin pero la fiebre
queda como un aviso aciago, inapelable,
de que todo ha de acabar en un plazo que se agota
con premura que no estaba prevista.
No halla sosiego y gimen las correas
que sostienen el camastro desde el techo.
Sobre los tejados de pizarra,
contra los muros del jardín oculto en la
tiniebla, insiste el viento como bestia acosada
que no encuentra la salida y se debate
agotando sus fuerzas sin remedio.
El insomnio establece sus astucias
y echa a andar la veloz devanadera:
regresa todo lo aplazado y jamás cumplido,
las músicas para siempre abandonadas
en el laberinto de lo posible,
en el paciente olvido acogedor.
El más arduo suplicio tal vez sea
el necio absurdo del viaje
en busca de un clima más benigno
para terminar en esta celda,
alto féretro donde la humedad
traza vagos mapas que la fiebre
insiste en descifrar sin conseguirlo.
El musgo crea en el piso
una alfombra resbalosa
de sepulcro abandonado.
Por entre el viento y la vigilia
irrumpe la instantánea certeza
de que esta torpe aventura participa
del variable signo que ha enturbiado
cada momento de su vida.
Hasta el incomparable edificio de su obra
se desvanece y pierde por entero
toda presencia, toda razón, todo sentido.
Regresar a la nada se le antoja
un alivio, un bálsamo oscuro y eficaz
que los dioses ofrecen compasivos.
La voz del viento trae
la llamada febril que lo procura
desde esa otra orilla donde el tiempo
no reina ni ejerce ya poder alguno
con la hiel de sus conjuras y maquinaciones.
La tramontana se aleja, el viento calla
y un sordo grito se apaga en la garganta del insomne.
Al silencio responde otro silencio,
el suyo, el de siempre, el mismo
del que aún brotará por breve plazo
el delgado manantial de su música
a ninguna otra parecida y que nos deja
la nostalgia lancinante de un enigma
que ha de quedar sin respuesta para siempre.

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NOCTURNO EN AL-MANSURÂH

Beau sire Dieu, gardez-moi ma gent.
San Luis Rey en Bar-al-Seghir

TENDIDO en un jergón de la humilde
morada del escriba Fakhr-el-Din,
Luis de Francia, noveno de su nombre, ausculta la noche del delta.
Los pies descalzos de los centinelas
pisan el polvo del desierto que llega con el viento.
Insomne, el prisionero ha vigilado paso a paso la invasión
de las sombras. Los más leves susurros se han ido apagando
hasta dejarlo inmerso en el ámbito de las tinieblas
que palpitan en un aleteo de lienzos sin límites.
Reza el rey y pide a Dios que tenga clemencia
de su gente ahora que todo ha terminado.
Un sordo dolor corroe su vigilia. Por virtud de la encendida
palabra del Rey Santo, caballeros y siervos,
burgueses y campesinos, gentes de a pie y de a caballo,
acudieron de todos los rincones de Francia.
Ahora quedan en el campo, ración para los buitres,
o gimen en las galeras del infiel.
Sólo algunos grupos en derrota consiguieron
embarcar rumbo a Malta y a Chipre.
Tal fue la batalla a orillas de Bar-al-Seghir.
Un servidor de la escritura, Dios lo bendiga,
ha dado asilo al más grande Rey de Occidente.
Prisionero del sultán de Egipto, yace
en un mísero lecho al amparo de la morada
de Fakhr-el-Din en un oscuro arrabal de Al-Mansurâh.
El prisionero supo acoger la hospitalidad del escriba
con la clara sonrisa de los bienaventurados
y la austera gentileza del abuelo de Borbones y Trastámaras.
La brega de varios días de incesante batallar
lo ha dejado sin más fuerzas que la de su alma
señalada por la mano del Altísimo.
La noche va borrando las heridas de su conciencia,
va disolviendo la desfallecida miseria de su desaliento.
Un centinela se asoma por la ventana
pero retira presuroso la mirada
al ver que Luis se ha vuelto hacia él.
De ese cuerpo desmayado y sin fuerzas
se desprende la inefable energía de los santos:
sin armas, con las ropas desgarradas, sucias de lodo y sangre,
es más sobrecogedora aún y más patente
la augusta majestad de su presencia.
Ningún trono podría realzar mejor
la especial condición de sus virtudes
que este desastrado jergón cedido
por Fakhr-el-Din modesto escriba de Al-Mansurâh.
Reza el rey y pide por su gente, por el orden de su reino,
porque se cumpla en él la promesa del Sermón de la Montaña.
El agua desciende por el delta
en un silencio de aceites funerales.
Se dijera que la noche se ha confundido
el curso del tiempo en la red de sus tinieblas incansables.
Luis de Francia, noveno de su nombre, mueve apenas
los labios en callada plegaria y se entrega
en manos del que todo lo dispone
en la vasta misericordia de sus designios.
Su pecho se alza en un hondo suspiro
y comienza a entrar mansamente en el sueño de los elegidos.

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Voici le temps des assassins.
Arthur Rimbaud

JUSTO es hablar alguna vez
de la noche de los asesinos
La noche cómplice la larga noche donde se anudan
las serpientes que han perdido los ojos y rastrean
con su lengua bífida el lugar de su descanso
Hay una tiniebla para los altos hechos del crimen
tibia noche interminable donde la pálida lujuria
alza sus tiendas y establece sus estamentos y sus rondas
Hay frutos cuya blanca pulpa despide a esa hora
un dulce aroma devastador que acompaña
a los transgresores de todo orden y principio
y los eleva a la condición de grandes elegidos
Ellos son los señores de la noche propicia
los capitanes del desespero los ejecutores insomnes
los que van a matar como quien cumple con un rito necesario
una rutina consagrante amparada
por el humo nocturno de las celebraciones
El homicidio entonces forma parte
de la más ardua teoría de códigos
de una suma de mandamientos
a las que somos ajenos y de las que pocos sabemos
por estar marcados con la precaria señal de los inocentes
por no haber alcanzado la gracia de ser los escogidos
para habitar los metálicos dominios
donde la noche que no puede nombrarse
ampara y oculta sólo a los que han ejercido
durante largo tiempo
lo que dura una vida
el asedio incesante a los estrados del cadalso
a las pausadas procesiones del patíbulo
Justo es hablar así sea por una sola vez
de la noche de los asesinos la noche cómplice
porque también ella entra en el orden de nuestros días
y de nada valdría pretender renegar de sus poderes.
——————————
[1] De Un homenaje y siete nocturnos, 1986.
En Nocturna, Barcelona, Zalipoli & Libros del Kultrum, 2023.

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