LA INDEPENDENCIA DE LA POESÍA
Eu nunca consenti que á minha lyra
fosse lyra de côrtes:
a verdade, a so única verdade
soube inspirarme o canto.
FRANCISCO MANOEL
Como una casta ruborosa virgen
Se alza mi Musa, y tímida las cuerdas
Pulsando de su harpa solitaria,
Suelta la voz del canto.
Lejos ¡profanas gentes! No su acento
Del placer muelle corruptor del alma
En ritmo cadencioso hará suave
La funesta ponzoña.
Lejos ¡esclavos! Lejos: no sus gracias
Cual vuestro honor trafícanse y se venden;
No en sangri-salpicados techos de oro
Resonarán sus versos.
En pobre independencia, ni las iras
De los verdugos del pensar la espantan
De sierva a fuer; ni, meretriz impura,
Vil metal la corrompe.
Fiera como los montes de su Patria,
Galas desecha que maldad cobijan:
Las cumbres vaga en desnudez honesta;
Mas ¡guay de quien la ultraje!
Sobre sus cantos la expresión del alma
Vuela sin arte: números sonoros
Desdeña y rima acorde; son sus versos
Cual su espíritu, libres.
Duros son; mas son fuertes, son hidalgos
Cual la espada del bueno: y nunca, nunca
Tu noble faz con el rubor de oprobio
Cubrirán, madre España,
Cual del cisne de Ofanto los cantares [2]
A la reina del mundo avergonzaron,
De su opresor con el infame elogio
sus cuitas acreciendo.
¡Hijo cruel, cantor ingrato! El Cielo
Le dio una lira mágica y el arte
De arrebatar a su placer las almas
Y de arder los corazones;
Le dio a los héroes celebrar mortales
Y a las deidades del Olimpo… El eco
Del Capitolio altivo aun los nombres,
Que él despertó, tornaba
Del rompedor de pactos inhonestos
Régulo, de Camilo, el gran Paulo
De su alma heroica pródigo, y la muerte
De Catón generosa.
Más cuando en el silencio de la noche
Sobre lesbianas cuerdas ensayaba,
En nuevo son, del triunviro inhumano
La envilecida loa;
Se oyó, se oyó (me lo revela el Genio)
Tremenda voz de sombra invincada
Que «Maldito, gritó, maldito seas,
¡Desertor de Filipos! [3]
Tan blando acento y a la por tan torpe
Tuyo había de ser, que el noble hierro
De la Patria en sus últimos instantes
Lanzando feamente,
¡Deshonor!, a tus pies, hijo de esclavo,
Confiaste la salud: ¡maldito seas!»
Y la terrible maldición las ondas
Del Tíber murmuraban.
֍ ֍ ֍
A CINTIO
Nesciunt quid faciunt.
S. LUC., cap. 13, v. 34.
¡Ay! ¡De mi triste juventud, oh Cintio,
Cual se arrastran inútiles los días
Y sin placer! Un tiempo, de la gloria
La brillante fantasma su amargura
Con esperanzas halagó mentidas:
Tal centella, fugaz, artificiosa,
Lanzada entre las sombras de la noche,
Al inocente rapazuelo alegra
Y sus lágrimas calma mientras brilla:
Muere, y el lloro torna. Con su magia
Poderosa, invencible, la Hermosura
Colmó también mi corazón un tiempo
De aquel sumo gozar por quien los Dioses
El bienhadado Olimpo abandonaban
Y humanos seres a adorar venían.
Mas ¡ay de mí! la apetecida Gloria
Burla mi afán, y el cáliz del deleite,
¿Creyéraslo? comienza a serme amargo.
¿De qué, Cintio, sirvió que esa existencia
Del hondo caos la quietud dejase?
¿Y a qué mi puro espirtu sucias carnes
Vestir, y por veredas retorcidas
De bandidos sembradas y de monstruos
Buscar la patria y primitivo origen?
Amapola de vida momentánea
La frente saca de la tierra un punto;
Viene el arado del gañán, la troncha,
Y deja de existir. Gota lanzada
Del matinal rocío en la corriente
Del Orinoco, a las inmensas ondas
¿De qué sirve? Arrastrada a la par dellas,
Irá a morir sin pro y desconocida.
Breves y oscuros de la tierra al seno
Así mis días correrán llevados:
Sobre mi huesa la espinosa zarza
Como antes crecerá, y el viajero
Proseguirá sin percibir mis huellas:
No más profunda estampa del nocturno
Favonio, que pasó en callado vuelo,
Repara en su vergel la zagaleja.
Pero, ¿qué importa? ¿Y piensas tú que envidio
La suerte yo de aquellos que ufanoso
Para divinizar el propio fango
El mortal a los cielos encarama?
¡Oh Cintio! en su memoria embebecida,
No hace nada, la mente, sus ruidosas
Acciones recordaba, y yo el hinojo
Iba casi a doblar para adorarlos;
Cuando «¡Detente!» en cariñoso acento
Mi Genio me gritó: «detén y escucha.
Irremediable enfermo, trabajado
De antiguos males es el mundo, y busca
Medicamento en vano a sus dolencias.
De su dolor en el angosto lecho,
Manando pobre y la razón furiosa,
Se agita, se carcome, se consume
Revolcándose: ya en blasfemia impía
Con labio inmundo al Eternal insulta;
Ya humilde, arrepentido, prosternado
Demanda su piedad: ora a la fuerza
Se abandona del mal sin esperanzas,
Ora la ciencia de mentidos sabios
Invoca... ¡Oh sin ventura! a luengo agudo
Padecer condenado, del momento
Que inobediente de su Dios el hombre
Fue al mandato primero, hasta el instante
En que a la nada la creación tornando,
Dirá la voz del Infalible: Basta.
Ve aquí la eterna ley, y contra della,
De esa estúpida chusma envilecida
(Que por un pan de oprobio el honor suyo
Vende y su vida miserable) el vicio,
La ignorancia y maldad es tan inútil
Como del Macedonio las victorias, [4]
Los sueños de Platón, y el celebrado
Pensamiento de aquel, que a los Planetas
Hizo danzar a guisa de la poma
Que sus narices aplastó cayendo.» [5]
Dijo, y finió sus últimas razones
Con risa estrepitosa: yo aturdido,
Bien fuese de dolor o de despecho,
Bien de placer, humedecido el rostro
Con el llanto sentí que derramaba.
֍ ֍ ֍
MI NAVEGACIÓN
Non est meum; si mugiat Africis
Malus procellis; ad miseras preces
Decurrere et vobis pacisci.
HORAT
¿Tanto afán y tan breve derrotero?
¿Siempre halagar a mercaderes sandios
Y a malvados cuestores insolentes?
¿Siempre implorar la fuerza?
No; que en mi quilla corruptora plata
No he de traer de las peruanas costas;
Ni he de llevar al México rebelde
Domeñadoras armas.
Y solmente al querer de mi destino
Sin ansia alguna de cambiar la suerte,
Lanzó joven piloto mi barquilla
Al piélago espumoso.
Al espumoso piélago, que alzando
En insana bravura a las estrellas
Mil poderosas naos, con ruina
Las hundió en el abismo.
Y del dulce León y el buen Carranza
Los inocentes virtüosos leños
En pos lanzara de ásperas tormentas
A las crüeles playas
Que habitaban los hijos sanguinarios
Del Cielo y de la Tierra ¡prole impía!
Por el rayo después aniquilada
Del Padre de las luces.
¡Terrible mar! que en negros turbiones
Súbito al gran Jovino arrebatando, [6]
A un escollo arrojó, donde cautivo
Gimió de un vil pirata.
¡Mas qué! ¿Y acaso en la malvada tierra
Buscaron ellos el ansiado puerto?
¿Y naufragios y bárbaras prisiones
No burlaron constantes?
Sí; que en su pecho el corazón tranquilo
Sintió el solaz de la inocencia: su alma
Los puros días de su edad primera
Corrió sin sobresalto.
Y cuando más feroz bramó la rabia
De las tormentas, cuando el dulce día
En lobreguez velaban las espesas
Murallas de su cárcel;
Siempre a su vista apareció una estrella
De luz inmensa, esplendorosa, suave:
¡Estrella que jamás del ímpio alumbras
Las tortuosas sendas!
Así en el mástil de mi barca nunca
Enseña flote indigna; ni en su puente
Vivas suenen de mal que la virtuosa
Playa vecina espanten;
Y tu lumbre mi breve derrotero
Siempre esclarezca, y de infestadas naos
Siempre me aleje, y de los sitios donde
Las férreas proas guíen.
No es en la tierra el fin de mi viaje,
Y tú lo sabes: busco ¡ojalá llegue!
Busco de paz las plácidas moradas,
Do la verdad es reina,
Do, con balanza siempre igual, justicia
Al trabajado recto navegante
De galardón sin fin, y al criminoso
Sin fin con rayo abrasa.
——————————
[1]
De
Preludios de mi lira,
1833.
En Preludios de mi lira y otros poemas, Madrid, Cátedra, 2022.
[2] El río Aufidus, en Venusia, lugar de nacimiento de Horacio. (N. del E.)
[3] Alusión a la batalla de los Filipos (año 42 antes de Cristo), de la que huyó Horacio. (N. del E.)
[4] Alejandro Magno.
[5] Isaac Newton.
[6] Jovellanos, muerto tras una tormenta marítima en 1811. (N. del E.)
En Preludios de mi lira y otros poemas, Madrid, Cátedra, 2022.
[2] El río Aufidus, en Venusia, lugar de nacimiento de Horacio. (N. del E.)
[3] Alusión a la batalla de los Filipos (año 42 antes de Cristo), de la que huyó Horacio. (N. del E.)
[4] Alejandro Magno.
[5] Isaac Newton.
[6] Jovellanos, muerto tras una tormenta marítima en 1811. (N. del E.)

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