MIMNERMIANA
La vida avanza a broncos
momentos corrosivos
de guerra entre el amor y entre la muerte.
Cada cual, su armadura.
Yo le presto metálicas palabras
y escudos al amor. Tan pobre es mi discurso
que la muerte lo vence con muy poco.
Al final de la noche
me deja derrotada
con mi copa ritual medio bebida.
Esto era envejecer.
Déjate de teatros y telones.
֍ ֍ ֍
TRIAJE
Me grito para adentro
y las honduras
son tan resbaladizas y tan negras
que el grito ni siquiera
pisa el fondo: se espanta
de la no arquitectura de la cueva.
Me miro el velo negro
interior de los párpados.
Esas manchas de luz
son fantasmas pacientes.
Sé que abrirán un día,
cuando yo no vigile,
pupilas, calavera.
֍ ֍ ֍
VISITA AL CEMENTERIO
A una mayor hondura íntima del terror,
en las disoluciones más arduas de la pérdida,
a la hora del desmenuzamiento,
qué gran arquitectura impersonal se impone,
qué inapelable la distribución
horaria del adiós.
Hipersocializados cementerios,
tanatorios con ducha y con dentífrico,
gentileza eficaz, municipal,
oraciones, discursos, trenos, nenias,
noventa euros si contrata un párroco.
Formalizar la muerte y evacuarla.
Nadie vaya a atreverse
a acercarse a la Puerta de modo original.
El alma tierna y vaga se disipa entretanto.
֍ ֍ ֍
ESCARCHA
Madrugada de invierno. Insomnio. Oscuridad.
Sé que afuera está helando.
Hiela en el huerto, hiela en las montañas.
Traza abrazos la escarcha.
El frío atroz obliga a las moléculas
del agua a renunciar a su ser-danza.
La fluidez se torna abrazo rígido,
lazo de hielo blanco.
La gota sola aferra a la otra gota
y entretienen así el amargo clima.
Así, en el interior, ocurre a los recuerdos.
Una desolación helada los abraza.
Es tanto el frío adentro.
Un amago de vida recordada
extiende un brazo rígido y polar
hacia un recuerdo aún más entumecido.
La memoria funciona como escarcha.
Una red que construye sus destellos
en las desolaciones de los climas
con cristales tristísimos y rotos.
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EPÍLOGO A «CARPE NOCTEM»
Cuando era joven, yo
aprendía a apropiarme de la noche
y la hacía viscosa, dúctil, líquida,
la convertía en cítrico, licor o cereal
que saciaban mi sed y mis deseos.
Comía entonces música a bocados.
Devoré a Ziryab, a Teresa de Ávila,
a Friedrich de Tubinga.
La noche me sabía tan entregada a ella.
Nunca le puse límite cuando entraba con olas
de bahías potentes. La noche era un altar en que dispuse
elementos propicios y extremados.
¿Cómo no habré de amarla, si contuvo
las bolsas del difícil placer innominado,
traslaciones y viajes suspendidos del hilo de una música,
negruras escondidas del sol,
palabras no decibles
y sin embargo vivas?
Sin la noche qué haremos finalmente.
Ahora sólo amaso los recuerdos
de aquel hacer las noches mías antes.
——————————
[1]
De
Gavieras,
2020.
En Las sirenas de abajo. Poesía reunida (1982-2022), Barcelona, Acantilado, 2023.
En Las sirenas de abajo. Poesía reunida (1982-2022), Barcelona, Acantilado, 2023.

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