AMANECER
Como quien despierta de un porqué que no recuerda,
así soy llamado a seguir tu estela
de blancura impronunciable.
Cometa del amanecer pareces y, al abrazarte, vibra tu piel
como hecha de diminutas chispas y estrellas
que fosforecen en la penumbra apacible del cuarto.
A tu llamada acudo y me entrego, buscador de sendas
y oquedades en tu aura, donde el calor remansa
y se extiende por las profundas oscuridades del sueño,
en paisajes nunca vistos o siempre renovados.
Esa es tu medida ingrávida, astral y sin tiempo.
A tu órbita, perdido y errante, me someto.
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DESPUÉS DEL TEMPORAL
Descansa el mar modulando el cálido azul
de unas olas súbitamente líneas blancas.
Es el mismo mar que hace días atenazó a la ciudad
rompiendo contención y muros.
Este mar que te mece en verano y que puede
aplanarse como losa interminable,
no se enfada ni juega.
Solo tiene la querencia de volver a donde ya estuvo,
obediente a su fuerza y su memoria.
Deberíamos comprender al mar, no ser dique
interpuesto pues, finalmente, compartimos con él
la eterna aspiración a ser libres.
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AGOSTO INTERIOR
El verano vive aquí a sus anchas expandiéndose
en campos segados, infiltrándose en los entresijos
densos del bosque.
El sol marca la hora sobre mi cabeza.
El caballo me mira, y a los dos nos mira
el azor lejano.
El silencio de agosto palpita en la tierra
y el tiempo se ha dormido en la sombra.
La belleza del momento es la autosatisfacción
ingrávida de sus actores:
la brisa mueve las hojas
yo camino y respiro
el caballo pasta
el azor planea
la nube pasa
El tiempo duerme en las sombras.
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LAS HOJAS
Contemplo torbellinos de hojas que corren veloces
y se elevan como llamas jubilosas, liberadas.
Sin patrón firme que las ate, las hojas de otoño
son como ofrendas agitadas que brillan
y planean hacia el suelo.
Si exvotos son los memoriales del agradecimiento,
el árbol me enseña el camino del invierno
y su desnuda transparencia, desprendiéndose
—agradecido—
de esos palmos de un oro ya cumplido.
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CONCLUSIÓN
Todo lo que fue importante va dejando de serlo,
y aparece con fuerza lenta la nueva voz
del sinsentido.
Aquello que se tenía en pie va cambiando
por su sombra erguida, y el sentido de ambos
en cardinal trastocado.
¿Quién no puede quedar paralizado ante la duda,
desasistido ante las cosas a las que les ha nacido
un alma gemela en el absurdo?
Un oscurecer abrupto en pleno día,
un amanecer de dudas en la noche.
En la quietud desasosegada hay un centro
impuesto y paralizante que, no obstante,
tiene la importancia de una tensa espera.
Como sustancia que el tiempo
inyecta en una vida.
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[1]
De
La vida quieta,
Gijón, Trea, 2015.

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