domingo, 15 de septiembre de 2024

CARLOS BARRAL. CINCO POEMAS [1]


FOTOGRAFÍAS

J’ai bien mangé
et j’ai bien bu.
Merci, petit Jésus
.

Ni siquiera amarillas,
opacas y más tristes, como suelen
enfermar en los álbumes.
                                            Enteras
pruebas de afilados cantos,
copias de mano diestra, casi
insensibles al tiempo.

… Jugando con un gato, vuelto
por sorpresa a una voz prometedora,
o en un rico aguafuerte,
sobre una vieja puerta de astillas despeinadas,
más suave entre tanta
carbonosa materia…, o ágil
en la dorada orilla del verano.

He sido un niño alegre,
un retoño feliz del bienestar,
según dicen los datos predispuesto
al espacio y la luz, y que resulta
casi contemporáneo.

¿Mas cómo distinguir
lo que recuerdo de memoria viva
de lo que he oído sobre mí, del yeso
blanco que me ayudaron a poner
sobre tantos rincones,
cubriendo todo alrededor, cegando
los rostros más veraces?

Niño, por Dios, extraño
personaje cargado de razón,
¡con qué insolencia
devuelves la mirada y nos escupes
tu venenosa beatitud!

Tu y yo sabemos,
mejor que nadie, di, dónde enterraste
el hacha de los juegos peligrosos,
las cenizas del sapo que ardió vivo
para ver el dolor.
                                 y desde cuándo
sabes cómo se ganan indulgencias.

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FIESTA EN LA PLAZA

(14 de abril)

Cambiaron de color
la enseña del estanco,
me acuerdo, y de los coros
múltiples que vinieron.

(El hombretón de bronce
firme sobre sus arpas
y la inmensa batuta
con que me señalaba). [2]

Tenía un perro grande
con ruedas,
un perro que recuerdo
por las fotografías…

¡Qué lástima! Me dicen
que estaba muy alegre,
que aplaudía y gritaba
con todos, que ofendía
a las personas serias.
Y no puedo acordarme.

¡Qué lástima! Y en cambio
recuerdo el pasacalle de capas de colores,
recuerdo el entusiasmo, la multitud,
el brazo. ¡Ah, qué lástima!

Quisiera poder verme
tras los balaustres del balcón
oyendo,
o aquel día al galope
sobre mi perro blanco.

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APELLIDO INDUSTRIAL

Mucho tiempo,
en las raras visitas, cuando iba
ganando día a día, me produjo
una impresión amable.
Quedaba un olor acre,
como a tinta, y un sabor de madera y hierro nobles,
la memoria del ruido y las imágenes
maravillosamente descompuestas.
Recordaba una esquina
gastada por las manos,
tierna como la voz del padre,
y un lugar con esferas de mármol. [3]

Pero aquel portalón
que un día cruzaba
y otro olvidaba, por motivos
casi mágicos,
se fue haciendo presente.

Allí estaba mi nombre
escrito, allí por las mañanas
temprano terminaba la luz,
el aire…, y todo cuanto hacía,
todo estaba pagado, todo a crédito
de libertad rendida, de conciencia
confusa…
                      No, no quiero, dije
mirando los montones
de escombros,
la tierra verde y negra de la calle futura,
… y una muchacha triste que pasó
sin prisa…
                      Y era libre
sólo para decidir lo que no importa.

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PRIMER AMOR

No lo supimos la primera vez;
lo extraño,
que lo hacía distinto de los sueños,
no estaba en ella, ni
en ser menos real,
más pálida y ausente,
humana donde el mórbido cuerpo imaginado.
Tampoco en la premura
de gestos que, al contrario,
habíamos fiado a maravilla
ni en las voces que nunca imaginamos
—«De un pueblecillo cerca de Jaén»,
decía, todavía en rosada
ropa interior,
como en un envoltorio de farmacia.
Y luego de rodillas,
cerca, sobre la cama
esquemática:
                                 —«Ya ves,
a mis hermanos,
que están bien situados,
esa empresa…»
                                 Y de pronto una parte
del cuerpo próxima se imponía,
mostraba su imprevista materia
y hacía que nos olvidásemos de nosotros mismos,
y, como en un relámpago,
amásemos la realidad
y aquella dulce imperfección inmediata.

—«Mi madre con los años…»
Había unas cortinas de bordes oxidados
y un perchero
como las mecedoras del verano.
                                                       Pero un día
(aunque quizás el tiempo nos engañe
y sea sólo ahora) comprendimos,
supimos de aquel vértigo más hondo
que los minutos en secreto.
Era en las escaleras o en la sala:
aquel señor con aires oficiosos,
el mecánico verde todavía
de grasa, o el alumno,
no estábamos seguros, del colegio,
la gente que encontrábamos, los ojos
que hacían que miraban otra cosa.
Porque habíamos sido
cuidadosamente guardados del contagio,
meticulosamente preservados, y, un momento,
tiraba de nosotros el instinto
más fuerte, nos hacía
extrañamente solidarios.

Ciudad arriba, luego, en el camino
de forzoso regreso a la costumbre,
sentía vagamente —me parece—
algún alivio a mi respecto,
más amigas las cosas, menos prieta
la atención a mí mismo,
como si aquella sensación durase.
Y eso era todo, creo, era muy corto.
O tal vez algún día
escogía un camino sinuoso,
buscaba los repliegues
azules, las aceras
curvas,
donde los niños juegan a los naipes
a la luz de un comercio de ortopedia;
los cielos con alambre
y la humedad afectuosa
de las plazuelas apartadas.

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MOLINILLOS DE VIENTO

Repentina extrañeza de ser reconocido
por un mendigo, y en la plataforma
de un tren, en una hermosa tarde del otoño.

Íbamos volcados sobre el campo
fugitivo detrás, junto a los perros
acurrucados de los cazadores
y unas cuantas mochilas, con algunos
viajeros de los que se apean
en el pueblo que viene.
                                            Y era dulce
respirar aquel aire atravesado
como un collar de olores, y hasta alegre
el ritmo de martillo en las traviesas.

Y es cierto, le conozco.
                                            Según dice
pasa dos veces en verano
andando por mi playa, y a la ida
vende sus molinillos.
                                            (Le recuerdo
con una bata gris, bajo la rosa
múltiple y casi abstracta de su carga.).

Y tiene por aquí, cerca, una casa
y un pedazo de tierra demasiado
pequeño. —Una choza, me explica,
donde estar en invierno...

... una silla de anea
frente al fuego apoyado en la pared ruinosa
y al lado un haz de cañas. Y encendidos
sus ojos de dragón, como al acecho
de un sol con muchos niños por la calle.

Vieja alimaña, tierna,
sobreviviente máquina... ¡Qué amargo
humo de tantos meses, como ahora,
doblándose en el techo de los túneles!

¿Por qué me sorprendió que recogiese
los restos de la fruta y que se fuera
casi de un salto y sin decir
las gracias?
                      Intentaba
catalogar su historia, revelarle
su condición de subdesarrollado
cuando empezó a reírse con un sordo
rumor de las entrañas, con un hueco
crujido de papel (como sus dedos
debían de arrancarlo en el invierno).

Aún tintineaba la cortina de cuentas
y vibraba su voz cuando salí a la calle.
Y estaba ya muy lejos, cuesta abajo,
y arrastraba el bastón, como si huyera,
chocando con las piedras del arroyo...

... oscuro garabato, inolvidable
figura de otro tiempo sacudida
por una tos henchida de desprecio.
——————————
[1] De Diecinueve figuras de mi historia civil, 1961.
En Carlos Barral. Poesía, Madrid, Cátedra, 1991.
[2] Se trata de la estatua del músico catalán Josep Ansem Clavé (1824-1874) fundador de los coros Clavé, ubicada en la Rambla de Cataluña, calle a la que daba un balcón de la casa de Barral. (N. d. E.)
[3] Son las esferas de mármol de una máquina de toscar. (N. d. E.)

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