domingo, 11 de mayo de 2025

FRANCISCO JAVIER IRAZOKI. CINCO POEMAS [1]


ARNOBIO

Desde la ventana de mi habitación
veo declinar al jardinero enfermo.
A golpes de su hoz
gimen las hiedras, caen las zarzas.
En el suelo expiran fagotes de la maleza.
Se detiene para resollar
con una trémula mano apoyada en el limpio muro
y escucha voces jóvenes.
Acaso piense en el oro manso de los bosques.
Nuevamente empuña la hoz.
Cada golpe dado
tiene el sonido de un reloj que mide
lo que falta para la caída.

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UNIDAD

Lo innecesario nos dispersa.
En la desnudez convergen los fragmentos
de un ser disgregado.

El hábito de los menores fastos
—piadoso vino que guarda la seda del delirio,
ornamentos, exquisitos gestos donde se evaporan
las galas de la soberbia—
esparce nuestros jirones.

Desposeídos,
la unidad edifica su fortaleza.

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LA ETERNIDAD, EL JADEO

El deseo es la piedra que nos hereda,
inmóvil estela que apresta la beldad
para eludir el discurso del frío,
la arruga, la caligrafía agostada del tiempo.
Nos repite la urdimbre de esa sed
que pide ser colmada por una mano expuesta a la intemperie.

Entended su quietud célica
que en la última claridad de la tarde
de vuestros brazos indefensos recoge
la humedad insumisa
y, tras la suave batalla de dos semillas opuestas,
une torsos que, como serpientes
en escarpado diamante,
enlazados duermen en el centro del páramo.

Entreguen su eternidad los cuerpos
al desleírse en breve plenitud contra otro cuerpo.

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LIMITES

Morir es no interrumpir el crecimiento.

El tamo, la miga, el polen
que vivo acariciaras,
los papeles rozados antes de ser
tejido tenue del fuego,
el vaso donde los labios dejaron
su ligero temblor de pluma se aleja,
cuantos objetos pusieron su forma
a merced de tus hilos,
duelen por no encontrar el eco
cuando en la despedida inicias otra altura.

Queda lo que surte de la memoria
para unirnos a tu estatura antigua.

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HIPÓCRATES DESCRIBE LAS CARAS DE LOS MORIBUNDOS

Hay indicios de luz en los rostros
de los que concluyen sus vidas,
como si empezaran a arder unas cortezas
en lejanos riscos y bajaran
hasta los agonizantes las señales
que anuncian la hora de clarecer.

No les pertenece nuestro esfuerzo
indagando en su último vaso de agua.
La faz, ante la que una huella luminosa
primero se aviva y surca luego
en velamen suave, atisba el encuentro
con el verano que calma
del helor de continuar siendo hombre,
este monumento a la nada.

¿Inaccesible a los vivos,
discurre una primavera sin tregua?
——————————
[1] De Desiertos para Hades, 1988.
En Los descalzos. Poesía completa (1976-2023), Madrid, Hiperión, 2023.

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