EL SUEÑO
La noche en los cristales empañados de vaho
se aposenta despacio, como ceniza.
El viento remueve las sombras del jardín, sin pausa.
El nenúfar trepador ondea como el humo hasta lo alto de la tapia.
Y la luz embrujada de la luna, entre los pinos,
repta sigilosa, con su farol sombrío,
como si fuera en busca de su alma errante.
Yo me arrastro hasta el lecho,
harta de tanta angustia y apatía.
Dije: «¡Ay, sueño! Las yemas de tus dedos son como llaves que abren verdes jardines;
tus ojos, oscuros como estanques de calmos pececillos.
Abre tu fardo sobre el rostro lloroso de mi niño,
llévame a las tierras de color de rosa, donde viven las ninfas del olvido».
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UNA CUALQUIERA
Vete, mi corazón está roto.
Soy inestable y blanda y pecadora.
En mi pecho late un corazón loco.
Mil lujurias guardo en mis entrañas.
Pura es tu alma, y la mía impura.
De la inocente intimidad soy yo la amante.
Tú estás borracho de desear el vino de mis besos.
Yo con el vino y con la copa exulto.
Mil lenguas diferentes tienen mis ojos.
Soy la que escancia en la reunión de los borrachos.
¿Hasta cuándo vas a hablarme de tu pena?
Si quieres besos, cógelos de mis labios.
Tu amor es como el brillo de la luz de la luna.
Que, sin darse cuenta, un fangal ha iluminado;
una lluvia de bendiciones derramada
sobre el pedregal de un corazón maldito.
Soy la extinción, la eterna tiniebla.
Tú eres los rayos del sol de la esperanza
sobre mi rostro, ¡ay, tú, luz, gracia!
Tu resplandor viene a mí tarde.
Llego tarde, mi virtud se fue.
Llegas tarde, chapoteo en el pecado.
El temporal de deshonra y desgracia me hizo triste.
Me consumí en la nada, como una vela.
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LA DESPEDIDA
Destrozada, derrotada, sin fuerzas,
me voy a mi refugio en ruinas, arrastrándome.
Por Dios juro que lo que me llevo, lo que me habéis dejado,
es este corazón enloquecido, desahuciado.
Me lo llevo lejos, para limpiarlo
de la mancha de amor,
del color del pecado,
de las sordas y enmugrecidas súplicas.
Me lo llevo
para alejarlo de ti.
Sí, de ti, ay, bella ilusión, imposible.
Me lo llevo para enterrarlo vivo,
para que no se encapriche
con volver a abrazarte.
Tiembla el lamento, baila la lágrima.
Ay, deja que huya
de ti, de ti, donde hierve el pecado.
Es lo mejor.
Dios sabe que tan solo era una flor
que abrió sus alegrías
a la mano del amor que le cortó las hojas.
Mis lamentos suspiran, se queman,
mis labios no pueden ya alcanzar los tuyos.
La cuerda del partir ata mis pasos.
Me voy. Una sonrisa. El corazón sangrante.
Me voy. Saca tus manos de mis entrañas.
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UN RUIDO EN LA NOCHE
A media noche, al fondo del pasillo,
se oyeron unos pasos.
Mi corazón, como la primavera,
se llenó de certezas y rocíos.
Pensé: es él, que ha vuelto.
Pegué un salto, e ilusionada
me miré en el espejo sorprendido.
Y mis labios temblaron, de enamorada.
Nublé el espejo con un suspiro.
Temí que él me viera como una aparición.
Mi pelo enmarañado, mis labios secos.
Mis hombros desnudos en traje de sueño.
Pero en la oscuridad del pasillo
él se aproximaba.
Se me cortó el aliento.
Como si desde las ventanas viera
mi triste soledad,
el alma del viento.
Cubrí mi pelo enmarañado
con el perfume de las acacias, e impaciente
corrí a su encuentro.
En mi pecho los pasos resonaban
como el canto de la caña en el corazón de la pradera.
Pero se esfumaron
en la negrura de aquel pasillo.
Y el viento interpretó su canción triste.
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EL BESO
En sus ojos el pecado sonreía.
En su rostro la luz de la luna sonreía.
En el pasadizo de sus labios silenciosos
una desamparada llama sonreía.
Avergonzada, arrebatada de deseo, confusa,
con la mirada ebria,
le miré a los ojos y le dije:
«Vamos, recolectemos la cosecha del amor».
Una sombra se inclinó sobre otra sombra.
En la noche clandestina, confidente,
un aliento rozó la piel de un rostro.
Un beso se elevó, llameando, entre dos bocas.
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[1]
De
Cautiva,
1955.
En Eterno anochecer. Poesía Completa, Madrid, Gallo Negro, 2025.
(Trad. Nazanin Armanian)
En Eterno anochecer. Poesía Completa, Madrid, Gallo Negro, 2025.
(Trad. Nazanin Armanian)

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