sábado, 6 de diciembre de 2025

JUAN RAMÓN BARAT. CINCO POEMAS [1]


EL BOSQUE

Abandoné a mi madre y a mi padre.
Y a todos mis hermanos.
Dejé la casa donde yo nací
y me adentré en el bosque misterioso
dispuesto a atravesarlo
a golpes de machete o de canciones.
Tuve esposa, cacé para mis hijos
y alimenté la llama de mi hogar
con vino y esperanzas.
Mas los años pasaron
con extraordinaria rapidez.
Mi mujer me dejó una noche de invierno
y mis hijos se fueron marchando poco a poco,
como se van los pájaros, dejando tras de sí
una estela de sombra y tristeza.
Al fin he conseguido atravesar el bosque
y estoy arrodillado frente al mar.

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EL TABLERO

No acabo de entender
muy bien en qué consiste
este maldito juego. Uno comienza
a caminar sin mapa o reglamento,
completamente a oscuras,
por un tablero extraño.
Va saltando casillas al azar.
Se tropieza con otros jugadores.
A veces los combate
o los ama con furia.
Se asocia, se disgrega,
se termina extraviando una y mil veces.
Un día, de improviso,
se topa con el fin de la partida.
Y sale del tablero para siempre.

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LOS PINOS

El olor de los pinos resucita
imágenes lejanas, extraviadas
en alguna región de tu memoria.
Escenas de otro tiempo que perduran
a pesar de la lluvia, de la sombra caída,
de la niebla astillándose en recuerdos.
Escenas donde ves
el rostro de tu padre, la luz de aquel verano,
el jazmín y el romero,
las cigarras ardiendo bajo el sol,
las tórtolas azules,
el silencio del agua detenida en la piedra.
El reino que perdiste para siempre.

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ACTA DE DESPOSESIÓN

No hay nada más azul que la tristeza,
esa desposesión
lentísima
que asciende como un mar
hasta los laberintos del espíritu,
esa música extraña que acontece
cuando la tarde cae y la existencia
es cálida orfandad, sospecha de una estafa,
profunda apelación a la cordura.

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DATOS PARA UNA BIOGRAFÍA

Ese niño que corre por la plaza
y juega a la pelota bajo el sol del verano.
Ese joven que tiembla con la música
de una balada triste y llora porque siente
que está predestinado a la felicidad.
El mozo que no sabe para qué
sirve un fusil. El hombre que sonríe,
hermoso como un dios invulnerable,
en la fotografía de su boda.
El profesor que intenta,
sin demasiado éxito,
hablar a sus alumnos de gramática.
El marido que ama a su mujer
hasta en sus más inconfesables sueños.
El padre que amonesta
como amor a sus hijos.
El abuelo que sienta en sus rodillas
a sus nietos y cuenta interminables
batallas de otras épocas.
Ese viejo que escribe en un banco del parque,
melancólico y solo, estrafalarios versos.
Esa sombra que nadie consigue recordar.
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[1] De Como todos ustedes, 2002.
En El héroe absurdo (Poesía reunida), Madrid, Hiperión, 2004.

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