domingo, 11 de enero de 2026

MARÍA TERESA GONZÁLEZ. CINCO POEMAS [1]


DE LA FRÍA SOLEDAD DE LAS ESTATUAS

I

Espérame
en las calles vacías
de esta hora nocturna y silenciosa.
Entre la bruma densa
que envuelve las estatuas,
en sus labios inútiles.

Espérame
sobre la escarcha fría
acariciando la piedra de sus pechos,
en el tiempo esculpido de sus auras.
En la inmovilidad eterna de sus brazos
condenados al cuerpo.

Espérame en las manos
cubiertas de oquedades,
sin latidos de venas, ni cartílagos,
sin el gozo erizando entre la carne
al vello suave, habitante del poro.

Espérame
en el cóncavo espejo
de sus pupilas ciegas,
que no pueden soñar mientras te miran.

II

Quizás cuando las sombras
dejen de aparearse en las esquinas,
y el rugido del viento
no arrastre en su embestida
los ecos de tu nombre.

Tal vez cuando la lluvia no muerda
de improviso las hojas polvorientas,
y no beba en mi piel la incertidumbre,
y el hastío diluya las cenizas
que cubren los estantes.

Cuando la copa vierta el agridulce
zumo de los ocres
en mi eterna resaca,
y la imagen deje de pasearse
borrosa e impúdica,
imperfecta.

Sólo entonces, quizás,
ya no te ame.

III

Nos arrebatarán las sombras de los sauces,
enterrarán sus cuerpos en estrechas aceras
y no diremos nada.

Arrancarán la hierba
donde estalla
la tempestad azul de la luciérnaga.

Rugirán las estatuas levantadas
bajo inmensas colmenas, desgarrando los cielos.
Amaremos sus cuerpos de alabastro,
beberemos la muerte de sus aguas
en los estanques muertos,
y no diremos nada.

Robarán la tersura de la arena,
y la sal de sus olas
habitará entre cóncavos cristales.

Sorberemos la luz de los espejos
y no habrá tiempo, ni rituales,
ni tierra para tantos cadáveres.

Y no diremos nada.
Nada.

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Gatos heridos de febrero
se persiguen. Olisquean
sobre oblicuos tejados
los húmedos aromas de los sexos.

Nos alcanza su celo
estallando en gemidos, deseos
rompiendo las penumbras
que engullen nuestros cuerpos.

En un súbito acorde
su lamento y mi grito,
alborotan las lunas de los pechos
de esta noche que quema
en los visillos.

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Te irás hacia las calles
con los oscuros dueños
que maúllan deseo en las
escalinatas.

Olearán en tu cuerpo
los íntimos vestigios de habernos
poseído
hasta quedarnos rotos,
como el tiempo que enhebran
las agujas.

Y sabrán que entre mis uñas
aún se quedan
pedazos de un desierto insatisfecho.

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De qué suero agridulce
se nutren los abrazos.
Qué gozo pudoroso,
perlándose minúsculo en las vellosidades,
ha domeñado al párpado y lo abate.

Qué corriente nacida
de mis pies y mis uñas
ha levantado un puente con mi cuerpo
a la encrespada vela
que viaja de tu océano
a mi encuentro

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Titilan como luciérnagas
las llamas de sus ojos.
Hay un ritual de patios
en sus lenguas.
Sobre el pelaje oscuro
gotean traslúcidas escarchas.

La noche es un ovillo
rodando entre sus patas,
rozando suavemente las auras
de sus pechos.
Las fauces entreabiertas
sisean diluviadas, del ungüento
del lodo,
del incansable tránsito
de todas las callejas.
——————————
[1] En Obra completa, Oviedo, Consejería de Cultura y Turismo del Principado de Asturias y Ediciones Trabe, 2008.

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