domingo, 25 de enero de 2026

ROBERTO JUARROZ. CINCO POEMAS [1]


68 [2]

He descartado la mirada para conocerte.
He descartado también la dulce analogía
entre tu rostro y la vida.
He cortado los hilos, las certezas
y el tiempo inimitable de estar juntos.
Y aún más: he descolgado el vacío
para ponerlo entre ambos como un juego dormido,
como una nota sin instrumento.

He bajado a la tierra distante
de tu forma más callada,
al polvo donde la forma se reencuentra
con su propio nacimiento ya más libre.

Y sólo allí te he conocido.
Y he cercado a la muerte con tus manos.

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77 [3]

Buscaré lo perdido
para volver a perderlo
en el trámite oculto
de las nuevas cosechas.

Para que en cada grano
estén todas las germinaciones
y todos los fracasos,
todos los movimientos olvidados.

Para que el eco de la tierra
regrese a la tierra,
para que el eco del hombre
vuelva al hombre
como una palabra que no quiere partir.

Porque esta flor y su secreto
no pueden abrirse más que aquí.

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35 [4]

Ser nocturno.

La alegría tiene otro color de noche
y ya no se confunde
con los ensalmos despeinados de la felicidad.

La fe tiene otro color de noche
y apelando a sus múltiples mutaciones
acorrala a los templos más escondidos.

Tu rostro tiene otro color de noche
y también tiene otra forma,
más cerca del amor y de los límites.

Y hasta el día tiene otro color de noche,
encuentra otro sol en la sombra
y desprendido ya de su linaje
descubre sus raíces más finas.

Ser nocturno.

Pero la noche no se mueve.
Tampoco tiene color.
La noche está aquí.

Ser es ser noche.

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39 [5]

La nieve ha convertido al mundo en cementerio.
Pero el mundo ya era un cementerio
y la nieve sólo ha venido a publicarlo.

La nieve sólo ha venido a señalar,
con su delgado dedo sin articulaciones,
al verdadero y escandaloso protagonista.

La nieve es un ángel caído,
un ángel que ha perdido la paciencia.

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47 [6]

Los cipreses son índices erguidos,
pero no apuntan hacia arriba:
sólo levantan cierta materia extrema
para someterla a lo abierto.

Los cipreses no señalan nada.
O tal vez sólo a sí mismos
como lugares o estaciones predilectas
para detenerse los pájaros
o a veces una palabra abandonada,
que no es más que otro pájaro.

Pero los cipreses no son únicamente índices erguidos
que no señalan nada,
sino también ofertorios como lanzas,
misas que tampoco celebran ni propician a nadie,
salvo tal vez su propio gesto,
que ni los hombres ni los dioses comprenden.

Índices liberados
del abusivo sometimiento
de señalar nada más que una cosa,
lo mismo que el poema,
lo mismo que tus ojos,
como debieran ser todos los índices,
las señales, los signos:
celebraciones extendidas,
prolongaciones del ser
que señalan a la vez todas las cosas.
——————————
[1] En Poesía vertical, Madrid, Cátedra, 2012.
[2] De Sexta poesía vertical, 1975.
[3] De Séptima poesía vertical, 1982.
[4] De Octava poesía vertical, 1984.
[5] De Novena poesía vertical, 1987.
[6] De Décima poesía vertical, 1987.

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