domingo, 29 de marzo de 2026

BEN CLARK. CINCO POEMAS [1]


EL REGRESO [2]

Regresar de la muerte es improbable.
Regresar del amor un imposible.

La persona que vuelve sin saber nunca a dónde,
bajo las tenues luces de farolas quebradas;

la persona que vuelve sin saber nunca a dónde,
sabiendo que sus viajes ya no sirven;

no conoce otra patria que el pecho de la ausencia.
No entiende ya la lengua de los hombres,
y todas sus costumbres le parecen banales.

Esa persona triste que ha visto medio mundo
buscando los dos cuartos desgajados del alma
no quiere volver nunca. No puede volver nunca.

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CAMPUS [3]

Algo funciona bien en este campus.
Es la hierba.
No son los cuerpos tersos, tan perdidos
en la mañana obtusa del deseo.
No son estas palabras; no es el agua
de esta fuente maltrecha y ponzoñosa.

Es la hierba.

Crece sin esperanza y crece verde,
constante, compasiva.
Y hay veces que se eleva
y viaja entre carpetas y entre apuntes estériles
de asignaturas muertas. Es la hierba.
Dolorosa y paciente. Su embajada y su lecho.
La hierba verde y triste.
Oda a la juventud recién cortada.

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CERES [4]

Para Fabio de la Flor

Admiro a los amigos que hacen pan
y los cuido y protejo con conjuros
inventados, escribo
poemas en su honor y, si se mudan,
vendo mi biblioteca y doblo mal
la ropa y la introduzco
en bolsas de basura y voy con ellos,
a su barrio, a su calle,
a su mismo edificio si es posible,
y así me dan el pan, el pan que han hecho
esta mañana, anoche, ayer, no importa,
tierno siempre, caliente aunque esté frío.
El pan. Y mis amigos me comprenden
y no se espantan, saben que no sé,
que no puedo, que nada
me gustaría más que no tener
que molestarlos siempre con el mismo
cuento; el pan, vuestro pan, me da la vida,
hace que me arrepienta y que me alegre
a la vez del tratado que firmamos
mucho antes de nacer: habrá personas
fecundas que harán pan, que enseñarán
a sus hijos el truco y que no tienen
a cambio que hacer nada.

Y habrá personas huecas como yo,
hijos sin hijos, nombres moribundos,
que a cambio de una pizca de ese amor
tendrán que proteger a los que saben,
cuidarlos siempre, amar a los que saben
y no pedirles nunca lo que es suyo
y agradecer las migas cuando falte
el pan, y ser amigo cuando no
haya nada de nada y sólo queden
palabras sobre el pan, y si eso ocurre
ser abrazo de roca y ser su barca,
porque esa es su tarea, la tarea
de un hombre que no puede y que no sabe,
pero que ama y comprende los milagros.

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LOS ROTOS [5]

Todas las divisiones son mentira
salvo la que divide los cuerpos en dos
grupos incomprensibles entre sí.
Aquellos que se han roto y los que no.

Los rotos no pedimos demasiado:
que se nos quiera, sí,
que los que no han vivido la fractura
tengan paciencia
si mascullamos viendo las noticias
o hacemos el amor
con un poco de miedo.

Entenderás, entonces, ciertas cosas.
Por qué en casa las tazas no se tiran
y por qué a veces quiero
estar solo después de que suene un portazo.
Los ritos de los rotos, amor mío.
Ademanes que espero que no comprendas nunca.

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PASSAR EL MISSATGE [6]

Todavía conservo tus mensajes
en el móvil. A veces los releo
en momentos de espera,
momentos anodinos en Correos
o en la pescadería
del barrio donde siempre hay cola y todos
piden la vez diciendo hola,
                                            ¿el último?

Quiero decirle al mero que estás muerto,
gritarle al langostino: ¡ha fenecido!

Eso te haría gracia. Que un poema
elegíaco hablara de un crustáceo
decápodo que escucha tu sei morto,
mientras él mismo muere entre salmones
y señoras pidiendo perejil.

¿Qué más?

Todavía conservo tus mensajes
en el móvil. Diálogo
de besugos, de imbéciles, de imbécil
que guarda todavía los wasaps de un amigo
como quien guarda fotos, libros, cartas.
Pero nadie teclea en el teléfono
pensando en la obra póstuma,
pensando esta carita sonriente
será un día un tesoro.

¿Qué más?

En mi isla, los difuntos inventaron
una forma sencilla
para anunciar su muerte entre los vivos.
El missatge. Noticia de un deceso
que había que passar de vecino a vecino
sin entrar en las casas,
hasta llegar al mar.
Y, para no quedarse con la muerte,
el último debía contárselo a una piedra.

Una piedra es mejor que un langostino
como imagen poética,
pero el muerto está muerto, eso no cambia,
pero el mensaje quema en el teléfono
y en la pescadería digo Yo,
yo soy el ultimísimo habitante
de su recuerdo; solo, con un pie
junto al acantilado
dejo caer tu nombre entre la espuma,
dejo caer tu nombre entre los peces
salvajes que jamás podrán pescarse,
sonriendo, me digo tu nombre, tan pequeño,
y cae entre las olas a las rocas
y entrego así el mensaje.

Te digo adiós y aprieto, al fin, Borrar.
——————————
[1] En Poética y poesía. Ben Clark, Madrid, Fundación Juan March, 2025.
[2] De Cabotaje, 2005.
[3] De La mezcla confusa, 2011.
[4] De La policía celeste, 2018.
[5] De La policía celeste, 2018.
[6] De Demonios, 2023.

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