OCHO DE LA MAÑANA
Le miro cómo duerme enredado en la sábana.
La esponja del descanso le borra los sentidos.
Deja pasar dos planchas moteadas de luz
la ventana entreabierta,
picotea en el borde de un tiesto de geranios
un gorrión tremante
con ojos de cabeza de alfiler
y el picoteo se hace
del ritmo de una frase inquisitiva.
Pero no se despierta.
Se abraza a la almohada, se hunde como en nubes
y me atrapa al volverse alzando una rodilla.
No sé si formo parte de su sueño.
Querer es una escala y no sé si alcanza al sueño.
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EL PESCADOR
Lo contaba fumando algunas tardes
cigarrillos sin filtro,
trabajando despacio la bruma de un recuerdo.
—Era allí —decía
mientras pisaba algas pegajosas,
la arena ennegrecida de alquitrán
o una medusa seca.
—Allí rompía el mar cuando vinimos.
El compás de su vida lo marcaban
un puñado de imágenes sin tiempo,
un tajo de cuchillo, un sexo de mujer
y un cadáver mojado.
—Aquí lo descubrí lleno de erizos.
Iba de una a otra, como de un cielo a un infierno
por el mismo camino, sin poder detenerlas.
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SÓLO
Sólo algunos objetos de tu casa
se reparten la sal de tu memoria.
El resto está a la espera de alimento,
o de servir para algo.
Te reclaman los unos y los otros
el veneno que irrumpe en los viajes.
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UNA BUENA RAZÓN
Ocurre que, de pronto,
se desmigajan las razones
como un trozo de pan
en el estanque de los patos.
Ninguna es sino un bocado fácil,
un cuerpo aguachinado sin destino
y sin movilidad,
sin reflejos, sin consistencia.
Ocurre que, de pronto, delante de los patos
no vales lo que vale tu desgana.
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BOSQUE DE LEIGHWOOD
A Luis Antonio de Villena
Los fui viendo llegar semana tras semana
con la misma explosión
de primera alegría, con la audacia espumosa
de sus brindis, cogidos de la mano
o evitando cogerse,
cruzar por los senderos, parar bajo los árboles,
respirar el profundo vapor de los confines
y creerse que todo estaba aquí,
igual que todo está, y lo parece,
en donde falta el mundo.
De la ausencia me he hecho como un alma gemela.
Soy para ella el hombro en que se apoya,
su juego de metáforas, su condición de nido,
su espejismo, y soy según el caso,
su sombra blanqueada, su envés de multitudes,
el hueco de su hueco y alguno de sus nombres.
Igual la sustituyo que la invento,
igual la recompongo que la acciono.
A los hombres los sigo como al buscarme el pulso.
Se tumban junto al lado,
descansan la cabeza sobre el otro,
se quitan la camisa, se hablan dulce,
del sol hacen la fiesta de sus cuerpos
y prometen ser siempre igual que en esta orilla.
Yo muevo entre las ramas sus deseos
y silbo con el viento de la tarde.
Conozco las esquirlas de sus dudas,
cómo temen y sueñan en la misma medida
y cómo creen mirar desde el futuro.
Quizá cuando se engañan a sí mismos
hacen volar su último horizonte.
Quizá valen el precio de engañarse,
el puñado de luces alentadas,
como hierbas de aroma, que arrancan a su paso
y el motor con que rondan su destino.
Se sumergen las brumas semana tras semana
y se funden al lado de los hombres.
Ellos se marchan lentos casi siempre
con la mirada clara, el pelo retumbado
y el tesoro de imágenes movido sin remedio.
Yo lo sigo y los mido y como en un pasatiempo
señaló las casillas, descubro las jugadas
y aventuro finales cada vez.
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[1]
De
El apetito,
1998.
En Limpiar pescado. Poesía reunida, Madrid, Visor, 2005.
En Limpiar pescado. Poesía reunida, Madrid, Visor, 2005.

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