VENTANA SOBRE LOS SERES Y LOS HACERES
Es lisa la piel de la planchadora.
Largo y puntiagudo es el arreglador de paraguas rotos.
La vendedora de pollos parece un pollo desplumado.
Brillan demonios en los ojos del inquisidor.
Hay dos monedas entre los párpados del usurero.
Los bigotes del relojero marcan las horas.
Tienen teclas las manos de la funcionaria.
El guardiacárceles tiene cara de preso y el psiquiatra, cara de loco.
El cazador se transforma en el animal que persigue.
El tiempo convierte a los amantes en gemelos.
El perro pasea al hombre que lo pasea.
El torturado tortura los sueños del torturador.
Huye el poeta de la metáfora que encuentra en el espejo.
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VENTANA SOBRE LA LLEGADA
El hijo de Pilar y Daniel Weinberg fue bautizado en la costanera. Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado. Recibió una caracola:
—Para que aprendas a amar el agua.
Abrieron la jaula de un pájaro preso:
—Para que aprendas a amar el aire.
Le dieron una flor de malvón:
—Para que aprendas a amar la tierra.
Y también le dieron una botellita cerrada:
—No la abras nunca, nunca. Para que aprendas a amar el misterio.
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VENTANA SOBRE EL ADIÓS
No podía dormir. Él había guardado todos los sueños juntos, en una bolsa de supermercado, y la bolsa se había abierto y los sueños se habían escapado, y él ya no podía dormir porque no tenía ningún sueño que soñar.
Eso decía. También decía que se le habían perdido dos días, un lunes y un martes, y él los buscaba, desesperado, y esos días no estaban en ningún lugar.
No fue breve la agonía. Cada vez tenía menos aire. Al final, crucificado por las sondas, sólo conseguía balbucear:
—Qué repecho tan largo.
Y se murió, sin encontrar los sueños ni los días que había tenido y se le habían ido.
Poca cosa más había tenido. Fernando Rodríguez nunca quiso tener. Fue dueño de nada, hombre desnudo; y desnudo anduvo, perseguido por los niños y los locos y los pájaros.
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VENTANA SOBRE LAS MÁSCARAS
EI Ñato García se hizo el loco en Australia.
Atardecía, y él estaba mirando el sol que se apagaba en Melbourne mientras en Montevideo se encendía, cuando decidió hacerse el loco.
Tuvo delirios y alucinaciones. Peleó contra los enemigos invisibles, lanzando puñetazos al aire, y pasó días y noches sentado contra una pared, sin cerrar los ojos. Se negó a hablar, porque el diablo de la locura se le metía por la boca abierta. Se negó a dormir, por pánico de morir de locura de la noche. Aguantó pastillas, inyecciones, choques eléctricos. Y por fin, después de cuatro años de prohibirse cualquier normalidad, los médicos australianos se convencieron de que él era un caso incurable.
Y así el Ñato consiguió pasaje de vuelta, y consiguió una buena jubilación para vivir sin trabajar todo el resto de su vida. Por última vez se miró al espejo en su casa de Melbourne, dijo adiós al loco y se subió al avión.
Y llegó a la ciudad de sus nostalgias.
En Montevideo, buscó. Buscó la casa de su infancia, y allí había un supermercado. El campo baldío donde había hecho el amor por primera vez, era una playa de estacionamiento. Buscó a sus amigos. Ya no estaban. Buscó y se buscó, y en ninguna parte se encontró, y entonces le entró la duda:
—¿Quién se habrá quedado allá, en Melbourne? ¿El loco o yo?
Una vez por año, solamente una vez, el Ñato se reconoce en el espejo. Llega el carnaval, con sus truenos de tambores, y el Ñato se reconoce. Eso ocurre cuando el espejo le devuelve su cara de murga: nariz de payaso, una risa grande pintada sobre los labios, la luna entre las cejas y las estrellas desparramadas por toda la cara.
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VENTANA SOBRE EL ERROR
Ocurrió en el tiempo de las noches largas y los vientos de hielo: una mañana floreció el jazmín del Cabo, en el jardín de mi casa, y el aire frío se impregnó de su aroma, y ese día también floreció el ciruelo y despertaron las tortugas.
Fue un error, y poco duró. Pero gracias al error, el jazmín, el ciruelo y las tortugas pudieron creer que alguna vez se acabará el invierno. Y yo también.
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[1]
De
Las palabras andantes,
Madrid, Siglo XXI Editores, 1993.

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