domingo, 5 de febrero de 2023

FERNANDO LÓPEZ DE ARTIETA. CINCO POEMAS [1]


LA MUERTE

La muerte es esa solitaria vida
que hay detrás de la vida de la gente,
en donde no hacen falta para nada
ni el cuerpo, ni el dinero, ni los jefes,
en donde no se pagan las facturas
ni se coge la gripe por diciembre.
Así que ya lo saben, cuando muera
que a mi familia nadie le dé el pésame,
que se organice una reunión de amigos
donde pasen bandejas de entremeses
y se hable mal de mí.
                                            Pero que a nadie,
que a nadie se le pase por la mente
la idea de bailar sobre mi tumba;
no vaya a ser que el ruido me despierte.

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EL PUZZLE DE LA VIDA

Nuestra vida es un puzzle
que, paso a paso, hacemos;
escribir una carta
o contestar un beso,
ver alguna película
o aceptar un consejo,
son las pequeñas piezas
que rellenan los huecos.

Las piezas, por sí solas,
recuerdan a un camello
repleto de jorobas,
perdido en el desierto.
Y, en cambio, qué perfectas
cuando ha pasado el tiempo
y todo cristaliza
como el agua en el hielo.

La vida la pasamos
rellenando esos huecos
con vocación artista
y con manos de obrero.
A la desilusión
de terminar el juego
le salva la alegría
de que ya estamos hechos

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CREPÚSCULO

Se acaba el día
y lentamente
la luz se hunde
entre silencios

por los rincones
de todo el piso
las sombras posan
su verdín negro

se muere el día
y en la ventana
ya no se ven
los domingueros

que antes llevaban
caras alegres
guapas mujeres
niños traviesos

sino una calle
descolorida
por donde marchan
hombres maltrechos

que pasan gristes
ensimismados
y silenciosos
mirando al suelo

dentro de casa
sobre la mesa
sobre los libros
sobre el teléfono

junto a mis cosas
mis pobres cosas
se van posando
tantos recuerdos

al fin y al cabo
todo se acaba
todo lo arrastra
el paso ciego

ceremonioso
imperturbable
desconsolado
del dios del tiempo.

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EL ESPEJO

Me encontraba tan solo aquella noche
que me puse delante del espejo
buscando estar acompañado.

Al cabo de muy poco comprendí
que estaba doblemente solo
y despeinado.

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SUSANA

Bailaba sensual como una vela
y quemaba mirarla. Siempre tuvo
esa elegancia cadenciosa y triste
del misterioso humo.

Esa sonrisa etrusca que ponía
era, a la vez, el más sutil saludo
que se atreviera a imaginar Leonardo
y un humillante insulto.

Nadie la vio condescender a un hombre
del salón en el ángulo oscuro.
Nadie supo jamás si tuvo novio,
marido, amante o chulo.

Me la podría imaginar ahora
bailando un vals en un palacio ruso,
o fumando un pitillo solitario
en la azotea de cualquier suburbio.

Hoy su recuerdo es como un vago sueño
enrevesado, complicado, turbio…
del que yo siempre me despierto frío,
aturdido y confuso.
——————————
[1] De Jugar en serio, Madrid, Visor, 2004.

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