CÁSCARAS
Las cáscaras. Una cáscara, todas las cáscaras. La cobertura del gusano de seda; el capullo capilar de piel oleosa que envuelve el único par de alas, las alas evidentes, nunca vistas, del dromedario.
La corteza humana de la naranja, con su gruñido de poros macilentos; la cáscara que hace del caracol una fruta de lentitud perfecta; la cáscara de la ira, rojiza y creciente, delicada piel de bulbo al estallar bajo la luna rara.
Desollar, pelar, quitar una capa de cebolla, desvestirse.
Todas las cosas del mundo son frutas que requieren perpetuarse, desarrollar sus jugos físicos, su perla o pulpa cartesiana.
Entre lo duradero y lo efímero se dispone una cáscara cuyos atributos son los de la frontera y el límite. Perforar una cáscara o hablar a gritos, hacerse a un lado o desvestir un durazno, desollarlo en vida para, cuando se pudra, saciar la nada pudorosa con sus partes.
El sexo verde, abierto de un higo, la costumbre o glotonería que devora las cosas sin pensarlas, los moluscos bivalvos que abriendo y entregando el ánima desprecian la dureza que lo sostenía, son extremos vivos de la cáscara, ejemplos maximales de su recia posibilidad y de su falta.
Todas las cosas del mundo son frutas que requieren exactitud para no rodar y despellejarse. Pues hay un árbol central en quien las piensa, sostiene y acaricia. Pero al dormir o enloquecer, el árbol se perfuma de otro mundo. Cuando desnuda, la pulpa de un objeto malogra o dulcifica.
Leve bozo de pubis o durazno. Uva bruñida.
La cáscara preserva, finalmente, del delirio. Así el cráneo.
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ESTADO SÓLIDO
En toda pared hay un abismo ondeado ordenado. Una pared es un colmo, la principal apariencia del estado sólido: encalada, es un espejo que devuelve la imagen intestina, la blancura de una piel sin cuerpo, una ausencia notoria pero vulnerable, la falta completa de un objeto.
Desprovista absolutamente de glándulas, sin vísceras, la pared acumula una pureza que termina.
Es lo contrario a un órgano pero recuerda a éste por su membrana: todo órgano requiere de pared o de paredes, toda sospecha acude a su pared, no hay intimidad sin paredes.
Probablemente en la intimidad la verdadera, la posible víspera de las paredes, la intimidad con su mucosa oculta, su invención en penumbras que empieza y termina en la pared, aunque afuera, bajo la luz del sol, estire su pedúnculo, su fantasma de raíz rastrera, la acera o el camino, aplastados de horizontalidad.
Si la intimidad es la víscera de la pared, y la pared la protege, detrás de todo conjunto de paredes puede haber un misterio, cuya glándula invisible se constriñe, se apaga y precipita en los derrumbamientos, cada vez que hay un sismo.
Entonces la pared acude a su silencio: «Si las paredes hablaran...»
Las paredes hablan, sí, un idioma perfectamente vertical cuyo dominio exhiben los reclusos.
Una pared es muda en su estridencia, es lacónica a los gritos.
Las paredes hacen pensar en un pequeño mar despierto, en un agua puesta de pie en quejido. Pero a poco que se la toca se sabe que es un mar duro y prescindente, que no hay peces.
La pared no tiene orillas. Nadie naufraga en la pared salvo el desesperado, el que se estrella la cabeza, el que se rompe el casco del absurdo contra la pared.
Además, ¿cómo nadar un mar vertical? Un mar que va a ninguna parte, porque la pared desemboca en sí misma, aunque el piso y el techo sean excusas. La pared retrocede sin moverse, pues siempre está en su sitio, y en el proceso de ese movimiento imposible, de esa marea que no obedece a la luna sino al tiempo, se erosiona o agrieta, deja una resaca que se confunde con el polvo, que nadie ve y que se barre y expulsa como si fuera una materia floja, cuando en realidad es materia de la pared, polen de hueso.
Calcárea, obcecada, la pared simula una meditación. Pero no piensa.
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PALABRAS DE LA NOCHE
La noche es una desobediencia.
Los murciélagos conocen una razón distinta. Se posan en un eco, en la consecuencia de una palabra que pronuncian, en la respuesta persistente a una pregunta. Los silogismos del murciélago le sirven para andar. La noche está empedrada de palabras.
Un animal volador de la noche confía solamente en las ideas, cavila con sus ojos interiores, avanza por sus pelos.
A cada paso una contestación, el sonido refleja en las paredes que devuelven una mirada de palabras. Reflexiona. El paso del Murciélago es puro espíritu, es escritura.
La vergüenza también usa la noche, y el descaro. Pero ese uso implica un paso vacilante y una manera que termina por borrar su posibilidad y hacerse añicos, termina por descubrirse y degradarse. El uso de la vergüenza es efímero y pueril, y el descaro desvelado baja un grado, hasta dar con la luz.
El paso del murciélago, en cambio, es un paso firme y riguroso. La sombra del murciélago es la sombra. El miedo del murciélago es el miedo. En el vacilar oscila una palabra y esa palabra es única y exacta como la piedra negra de otra luna.
El mamífero nocturno no consiente del tiempo. La materia del tiempo siempre viaja en la luz y la luz está llena de augurio y de motivos, derrama una procacidad mayor que da paso a la ansiedad y a la memoria. La noche, en cambio, es la memoria misma. La noche es el día, pero de perfección insoportable.
Sólo el silencio resiste los brillos inauditos de la noche, y los refleja por momentos en el día, cuando todo se calla o pasa un ángel.
Algunas aves imitan la noche en su plumaje, se empeñan en procrear, ponen huevos melancólicos. Un hijo se pierde en la noche, y otro se recobra. Sueñan los mudos en la noche, y los sordos, un sueño sonoro y refulgente.
El canto del gallo, su cuchillada, también pertenece a la noche. No anuncia nada salvo una presencia. Los pasos que andan en la noche tienen algo cierto, pero se desprenden como criaturas solas del pie que los creó, y andan a tientas como bestias terrestres persuadidas.
Los hombres en la noche ignoran todo.
Membranoso, el murciélago sólo va en el pensamiento, como una cosa pura.
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EL AMOR DE LOS LOCOS
Un loco es alguien que está desnudo de la mente. Se ha despojado de sus ropas invisibles, de esas que hacen que la realidad se vele y se desvíe. Los locos tienen esa impudicia que deviene fragilidad y, en ocasiones, belleza. Andan solos, como cualquier desnudo, y con frecuencia también hablan solos («Quien habla solo espera hablar con Dios un día»).
Más difícil que abrigar un cuerpo desnudo es abrigar un pensamiento. Los locos tienen pensamientos que tiritan, pensamientos óseos, duros como la piedra en torno a la que dan vueltas, como si se mantuvieran atados a ella por una cadena de hierro de ideas.
El cerebro de un pájaro no pesa más que algunos gramos, y la parte que modula el canto es de un tamaño mucho menor que una cabeza de alfiler, un infinitésimo trocillo de tejido, de materia biológica que, con cierto aburrimiento, los sabios escrutan al microscopio para descifrar de qué manera, en tan exiguo retazo, está escrita la partitura.
Pero desde mucho antes, y sin necesidad de microscopio ni de tinciones, el loco sabe que el canto del pájaro es inmenso y pesado, plomo puro que taladra huesos, que se mete en el sueño, que desfonda cualquier techo y no hay cemento ni viga que pueda sostener su hartura, su tamaño posible. Por eso algunos locos despiertan antes de que amanezca y se tapan los oídos con su propia voz, con voces que sudan de adentro, de la cabeza.
Los pensamientos del loco son carne viva, carne sin piel. En el desierto del pensamiento del loco el pájaro es un sol implacable. El canto cae como una luz y un calor que le picara al loco en la carne misma de la desnudez.
Pero la desnudez del loco es íntima: de tanto exhibirla queda dentro. Es condición interior, pasa desapercibida a las legiones de cuerdos cuya ánima está cubierta por completo de tela basta, gruesa, trenzada por hilos de la costumbre.
El único instrumento posible para el loco, para defender su desnudez, es el amor. El amor de los locos es una vestimenta transparente. Esos ojos vidriosos, ese hilo ambarino que orinan por las noches, ese fragor y ese sentimiento copioso y múltiple que no alteran las benzodiacepinas, que no disminuye el Valium, permanecen intactos en el loco por arte del amor.
Es un martillo, y una cuchara, y un punzón. Es todo menos un vestido, no cubre sino que atraviesa, no mitiga sino que exalta. El amor de los locos tiene una textura, un porte y una sustancia.
La sustancia se parece al vidrio, pero es el vidrio de una botella rota.
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ARMA DE FUEGO
El cuchillo es la última de las armas blancas de las armas terrestres, y la primera de las armas de fuego.
Basta ver la hoja, el ánimo exacto de su llama.
Esa lengua de metal, seca, perpetuamente encendida en busca de saliva, de herida, que la apague, que la calme o mitigue, esa lengua seca en busca de una boca que no encuentra y abre para meterse dentro, en cualquier lugar de un cuerpo, esa lengua que hace una boca improvisada, abierta de súbito para ingresar y pronunciarse con su precioso instante, es la medida del fuego, es fuego duro.
Por eso el cuchillo es la primera de las armas de fuego, porque una llama de cuchillo ilumina con luz de vela y es la más primitiva de las manifestaciones del acechanza y la duda corporal, cuando todo lo demás se ha establecido.
El cuchillo entonces es vela horizontal u oblicua cuya llama no oscila ni se apaga en el viento, sino en la herida.
Cuando cesa, inflama e ilumina. Porque el cuchillo es un arma que trabaja con la parte más viva de la oscuridad: para alumbrar desgarra, para apagarse penetra, se envaina para resplandecer.
La llama de cuchillo es llama sólida, compacta y sistémica penumbra de lengua, de lengua endurecida, enfurecida, fija en un punto del espacio del lenguaje.
Artificio para iluminar de otra manera, para iluminar con lo oscuro, el cuchillo es solamente un signo. Por eso habla el fuego en el arma con su lengua más constante, que es una lengua opaca a pesar de su brillo, y por eso se instala ese viento de hierro, silencioso y tenaz, en la boca de la empuñadura, en la boca de fuego. La llama del cuchillo es la lengua del mudo.
En una única palabra, en un sitio, la punta de la lengua quema y quema el filo. Es combustión lacónica, calma dura.
Un cuchillo está encendido en la perplejidad, y al mismo tiempo es opaco. Por eso el cuchillo es la última de las armas terrestres y la primera las que apuntan a la Luna.
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[1]
De
Estado sólido,
Madrid, Visor, 1996.

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