TUS OJOS
Y tus ojos, tus pétalos de luz,
aquellos ojos que resumían el estío,
vasijas de pureza,
agonizan de sombra en su prisión de nieve
y de silencio.
El mundo es una catedral helada.
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BLANCA OLA
Encanecido mar, umbría selva, viejo desván del tiempo y sus anillos bajo llave. Kidd en la horca, el capitán. Y tú.
Fiel travesía de sosiego turbada sólo por tu música. Embravecido mar el de tus ojos. Penumbra en la sentina de mi alma.
Hay un indefinible reposo, un imposible clima de paz, de sí, de para siempre, no sé qué posesiva investidura de cohesión, de vida —esa impostura exquisita y azul—, una llamada luminosa en el infranqueado palacio de tu cuerpo, tu espíritu, la dualidad creíble e increada.
Sopor. Qué desolada sazón, qué madurez arrepentida, qué desierta niñez, qué solución de acordes inaudibles —delfines o ásperas canciones—, qué adolescente soledad. Te contemplo despacio. Habrá un mañana. Sí. Tú no estarás. No estabas cuando echaron a suertes tus vestidos los sabios de la tierra, los melancólicos escribas que rigen las catástrofes, las hadas.
Si todo —el sol arriba, la noche del océano, la cruz del frenesí o el hacha doble— fue pensado, forjado, sentido para ti, como el penacho para el pájaro mítico, la sed para el guerrero, qué puedo hacer sino besar el humo de tu ausencia. Qué si el pez, la gaviota, el débil lirio o la bahía multicolor te pertenecen, son ráfagas de luz, tiernos efluvios de tu ser.
Como el coral asume su secreta belleza, como el viento sus ondas, con precisión y ritmo y lejanía, sin espejos de agua ni suicidios, así tu corazón enciende los objetos y atesora su llama en torbellinos y vitrinas.
Íntima sensación de preexistir, almena inexpugnable del recuerdo.
Y era el esquife roto, la cadena, el galeón herido, los hierros del insomnio. Era un alto silencio de banderas vencidas. Las águilas traían letanías de inocencia en el pico. Tu sonrisa, bajeles argivos en la playa, dolor y llanto de los héroes. Tus cabellos, comicio de enlutadas espumas, yacimiento de rosas apagadas.
Pero basta por hoy. Los astrolabios se disuelven en ron. El ancla es una perla de quietud y de aroma portuario. El sextante desangra sus precisas arterias. Final de travesía. Poco importa la sutil controversia, el contubernio de ángeles y piratas teologales. Tú ya no estás y en Wapping, Inglaterra, ha sido ahorcado Kidd, el capitán.
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THE GETAWAY
Recoge tu equipaje.
Ven conmigo.
Compiten en la selva la serpiente y el águila.
Los héroes envejecen en los museos.
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CÓMO TE DEFIENDES DE MÍ
Cómo te defiendes de mí.
Cómo resistes,
desde la torre de la ausencia,
agitando el pañuelo para siempre,
sin forma ni color,
humo tan sólo,
aérea y rígida en tu nube,
diciendo adiós al mundo y a mis brazos,
muerta y levísima.
Cómo te defiendes de mí.
Cómo, al fin, me derrotas
y me sepultas, también a mí,
en la tumba sin flores del olvido,
donde el silencio reina.
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LA VELA
Una vela es el deseo.
Está encendida. Ilumina
la habitación. En los muros
hay desgarraduras viejas.
La vela baila. Se cierne
sobre el espacio. Divide
la sombra en dos. El deseo
tiene pulmones de cera.
Y es el ahogo. Las cosas
bajo llave. Las palabras
no dichas. Burbujas. Brillos.
O tu pecho: todo es cera.
Siempre en luz. Sobre el silencio
extiende su brasa el ojo.
Las paredes tienen grietas,
salpicaduras recientes.
Y ellos se alejan. Se ignoran.
No saben qué hacer. No saben
dónde esconderse. Son otros.
Sombras de la misma vela.
——————————
[1]
1, 2 y 3, de
Scholia,
1978.
4 y 5, de Necrofilia, 1983.
En Los mundos y los días. Poesía 1970-2002, Madrid, Visor, 2007.
4 y 5, de Necrofilia, 1983.
En Los mundos y los días. Poesía 1970-2002, Madrid, Visor, 2007.

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