domingo, 30 de marzo de 2025

MARIO SÁNCHEZ TERRADOS. CINCO POEMAS [1]


CABEZA JAULA

Le doy los buenos días al búho,
           errante por los caminos de raíles.
Noto este lento hervir de la prisa,
barcos que navegan por canales venas,
           el corazón latiendo tarde.

Se cocinan las horas,
           salto desde el fondo de la marmita.
Mi tiempo es devorado por monstruosos papeles,
           por el aliño de caminatas,
por tus latidos que humean.

El oleaje se acerca
a las patas de mi cama.
Estoy sujeto a la pared,
           anclado al mundo.

Estoy sujeto,
           tus brazos me agarran,
la caída no se pronuncia,
           no la pronunciamos,
pero está siempre a la vista
           con una exclamación brillante,
con una sonrisa
           de oreja a oreja,
de silla que espera,
           de día que pasa.

Este techo tiembla,
           estas ventanas saben
de ti y de mí, del vapor
           que las empaña.
Estas ventanas miran
           hacia afuera
y la calle ladra,
           las aceras queman,
pues dificultan
           la labor de las hormigas.

Un cartel anuncia
           vacante,
los escaparates
           atraen al naufragio
de las miradas y las vallas publicitarias,
una tras otra,
           sustituyen a los antiguos árboles.

Ya nadie me escribe cartas,
           releo las tuyas,
en mi cabeza
           también está la jaula.
Cuarto, ciudad, calle,
                                 ventana.

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LA PIEDRA VOZ

Piedra voz,
           me miras con los ojos de mis padres,
           con los ojos de los padres de sus padres.
Es tarde de hambruna amor,
           de rincones del mantel que siento
perderse por las calles de tus aristas.

Piedra voz,
           casi fuego como góndolas
por estas venas hechas trizas
           de la eléctrica espera del cambio.
Han pasado veinte años como quien
           mira para atrás.
           Temblorosa visión de paredes azules,
me dices que me vaya
           con las lágrimas como flechas ígneas,
           me marcho empapado por las aguas
de una gigantesca ola de soledad.

Piedra voz
tan anclada a mis entrañas,
           pájaro encadenado que bate las alas,
           muescas en la madera,
sonidos de continuo teclear,
           mareas vivas,
la luz del flexo oscilando,
           mis pies sobre el delgado hilo,
murmullo hecho hábito, pedregosa sensación,
           tu calor es llave
           de este vacío,
esta piedra voz
           que habla sola,
           espiral de invierno,
nada se materializa
           en estas mis manos mudas,
           en este rugido que casi es piedra

y casi todo es voz.

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LA DISTANCIA

Los restos de este barco
están por todas partes
           en esta habitación.
Tu ropa
           Desperdigada
           por el parquet
me alivia.
Acabo de atravesar
las dunas, los oasis, tus lunares,
           y te siento
al otro lado del planeta, me pregunto

¿acaso existe más lejanía
que este cigarrillo que compartimos
           cada uno
mirando hacia otro lado?

Esta roca extraña
           de besos
tiene su calor intacto, te miro de reojo,
           nada es lo mismo sin ti.
Te pintas los labios,
           te subes las medias,
mientras estoy sentado en la cama
           rodeado por bruma.

Son casi las 8
           y te tienes que ir a trabajar.

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LO EXTRAÑO

Lo extraño es
           ese amor que espera
           a la vuelta de la esquina.

El alambique de esperanzas,
           el torreón de poleo menta
dentro de las fortalezas tazas.
           La cuchilla de afeitar
           a escasos milímetros de la vena,
lámparas de los deseos
           perdidas entre la chatarra.

Días vienen y van
           en lo que tarda
la historia en olvidar un castillo de arena.
           Juego con mi sombra,
con un inmenso ovillo de lana,
           a solas del ruido
           que producen
alfiles, caballos, peones.

Es extraña la alambrada
de ceños fruncidos, el frenético baile
           de enamorados
           en el fuego.
No comprendo los enunciados,
           no despejo la incógnita,
todo me sorprende.

Qué extraño aroma
           en esta mañana de abrazos partidos,
hay plenitud en los últimos rayos de sol que entran
           por el ventanal
           de mirada ronca.

Estoy adentro ya
           de la cabaña gris.

Estoy tumbado,
           hormigón movedizo,
es tarde de no estar de acuerdo.

Extraño clima que compartimos
en tan escasos metros cuadrados.
           Nada entiendo
           y todo es extraño.

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EL POEMA

El poema que empiezo a escribirte,
           lo borro a la mitad
para empezar de nuevo, envuelto
en el silencio liviano, la revelación a dos palmos
           de donde no miro.

El poema que empiezo a escribirte
           se moja por la lluvia
           de esta mejilla,
desaparece a medio camino
           dejando solo un lecho seco
sobre la árida piel.

El poema que empiezo a escribirte
           me atraviesa la garganta
           y el pecho
como si fuesen espadas,
           abandono el poema,
o el poema me abandona a mí.

El poema que empiezo a escribirte
           me está pidiendo demasiado,
           remueve mis huesos y mis órganos,
mueve mis pies
           por la ensoñación
           hasta la absurda realidad del muro
que tengo justo delante.

El poema que empiezo a escribirte,
           me doy cuenta,
           es tan solo un fósil
de este dolor que quema, la soledad
           del día que pasa
sin que nada haya sido real.

El poema que quería escribirte,
           ya no lo escribo,
           se petrifica
en mi interior como crisálida
           hecha de hilos de la seda
           de los besos
           que todavía pienso en darte.

El poema que quise escribirte
           sigue en mí,
construyéndote con cada palabra
           no dicha.
——————————
[1] De La piedra voz, Cáceres, Cuatro hojas, 2016.

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