CABEZA JAULA
Le doy los buenos días al búho,
errante por los caminos de raíles.
Noto este lento hervir de la prisa,
barcos que navegan por canales venas,
el corazón latiendo tarde.
Se cocinan las horas,
salto desde el fondo de la marmita.
Mi tiempo es devorado por monstruosos papeles,
por el aliño de caminatas,
por tus latidos que humean.
El oleaje se acerca
a las patas de mi cama.
Estoy sujeto a la pared,
anclado al mundo.
Estoy sujeto,
tus brazos me agarran,
la caída no se pronuncia,
no la pronunciamos,
pero está siempre a la vista
con una exclamación brillante,
con una sonrisa
de oreja a oreja,
de silla que espera,
de día que pasa.
Este techo tiembla,
estas ventanas saben
de ti y de mí, del vapor
que las empaña.
Estas ventanas miran
hacia afuera
y la calle ladra,
las aceras queman,
pues dificultan
la labor de las hormigas.
Un cartel anuncia
vacante,
los escaparates
atraen al naufragio
de las miradas y las vallas publicitarias,
una tras otra,
sustituyen a los antiguos árboles.
Ya nadie me escribe cartas,
releo las tuyas,
en mi cabeza
también está la jaula.
Cuarto, ciudad, calle,
ventana.
֍ ֍ ֍
LA PIEDRA VOZ
Piedra voz,
me miras con los ojos de mis padres,
con los ojos de los padres de sus padres.
Es tarde de hambruna amor,
de rincones del mantel que siento
perderse por las calles de tus aristas.
Piedra voz,
casi fuego como góndolas
por estas venas hechas trizas
de la eléctrica espera del cambio.
Han pasado veinte años como quien
mira para atrás.
Temblorosa visión de paredes azules,
me dices que me vaya
con las lágrimas como flechas ígneas,
me marcho empapado por las aguas
de una gigantesca ola de soledad.
Piedra voz
tan anclada a mis entrañas,
pájaro encadenado que bate las alas,
muescas en la madera,
sonidos de continuo teclear,
mareas vivas,
la luz del flexo oscilando,
mis pies sobre el delgado hilo,
murmullo hecho hábito, pedregosa sensación,
tu calor es llave
de este vacío,
esta piedra voz
que habla sola,
espiral de invierno,
nada se materializa
en estas mis manos mudas,
en este rugido que casi es piedra
y casi todo es voz.
֍ ֍ ֍
LA DISTANCIA
Los restos de este barco
están por todas partes
en esta habitación.
Tu ropa
Desperdigada
por el parquet
me alivia.
Acabo de atravesar
las dunas, los oasis, tus lunares,
y te siento
al otro lado del planeta, me pregunto
¿acaso existe más lejanía
que este cigarrillo que compartimos
cada uno
mirando hacia otro lado?
Esta roca extraña
de besos
tiene su calor intacto, te miro de reojo,
nada es lo mismo sin ti.
Te pintas los labios,
te subes las medias,
mientras estoy sentado en la cama
rodeado por bruma.
Son casi las 8
y te tienes que ir a trabajar.
֍ ֍ ֍
LO EXTRAÑO
Lo extraño es
ese amor que espera
a la vuelta de la esquina.
El alambique de esperanzas,
el torreón de poleo menta
dentro de las fortalezas tazas.
La cuchilla de afeitar
a escasos milímetros de la vena,
lámparas de los deseos
perdidas entre la chatarra.
Días vienen y van
en lo que tarda
la historia en olvidar un castillo de arena.
Juego con mi sombra,
con un inmenso ovillo de lana,
a solas del ruido
que producen
alfiles, caballos, peones.
Es extraña la alambrada
de ceños fruncidos, el frenético baile
de enamorados
en el fuego.
No comprendo los enunciados,
no despejo la incógnita,
todo me sorprende.
Qué extraño aroma
en esta mañana de abrazos partidos,
hay plenitud en los últimos rayos de sol que entran
por el ventanal
de mirada ronca.
Estoy adentro ya
de la cabaña gris.
Estoy tumbado,
hormigón movedizo,
es tarde de no estar de acuerdo.
Extraño clima que compartimos
en tan escasos metros cuadrados.
Nada entiendo
y todo es extraño.
֍ ֍ ֍
EL POEMA
El poema que empiezo a escribirte,
lo borro a la mitad
para empezar de nuevo, envuelto
en el silencio liviano, la revelación a dos palmos
de donde no miro.
El poema que empiezo a escribirte
se moja por la lluvia
de esta mejilla,
desaparece a medio camino
dejando solo un lecho seco
sobre la árida piel.
El poema que empiezo a escribirte
me atraviesa la garganta
y el pecho
como si fuesen espadas,
abandono el poema,
o el poema me abandona a mí.
El poema que empiezo a escribirte
me está pidiendo demasiado,
remueve mis huesos y mis órganos,
mueve mis pies
por la ensoñación
hasta la absurda realidad del muro
que tengo justo delante.
El poema que empiezo a escribirte,
me doy cuenta,
es tan solo un fósil
de este dolor que quema, la soledad
del día que pasa
sin que nada haya sido real.
El poema que quería escribirte,
ya no lo escribo,
se petrifica
en mi interior como crisálida
hecha de hilos de la seda
de los besos
que todavía pienso en darte.
El poema que quise escribirte
sigue en mí,
construyéndote con cada palabra
no dicha.
——————————
[1]
De
La piedra voz,
Cáceres, Cuatro hojas, 2016.

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